miércoles, 2 de mayo de 2012


El inconsciente en la política, por Fernando Mires

Por Fernando Mires | 29 de Abril, 2012
  
Cuando Jacques Lacan, quien siempre manifestó hostilidad hacia la política oficial afirmó en su Seminario 10 que “el inconsciente es la política” no bromeaba ni incurrió en contradicción. Porque la política que el analista denostaba era antes que nada la política ideológica, la de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, esa que -para decirlo en clave freudiana- se convierte en esclava de un implacable “Sobre Yo”, sea éste individual o colectivo.
Probablemente Lacan presentía que además de convertirnos en alucinados ideológicos hay otras formas de hacer política. Una de ellas es la que tiene que ver con la liberación de todo aquello que en la escena pública oprime la necesidad de ser uno mismo. La ideología, y eso lo sabía muy bien Lacan a través de algunos pacientes -entre otros, connotados marxistas como Louis Althusser- puede convertirse en una barra que al clausurar los llamados que vienen desde el inconsciente, impide la plena manifestación del ser. Así, pienso que si Lacan viviera diría que la política ideológica tiene lugar de modo offline. En cambio, la otra, la existencial, de modo online. Ahora bien, el inconsciente actúa siempre de modo online.
Toda ideología incomunica el deseo de ser en uno y con los demás. Es por eso que un buen psicoanalista debe ser, por lo menos durante sus horas de consulta, enemigo declarado de cada ideología. En el fondo –creo que Lacan estaría de acuerdo con esa afirmación- la sesión psicoanalítica se guía por el propósito de des-ideologizar, mediante el balbuceo de cada palabra, la mente del paciente, y con ello, la del analista (el otro) pues del mismo modo que la liberación del oprimido libera al opresor (Hegel) la liberación del paciente (el uno) libera al analista (transferencia). Esa es la razón por la cual he afirmado que toda ideología es una patología colectiva así como toda patología es una ideología privada. Creo que alguna vez deberé patentar esa frase.
El inconsciente es político, pero no lo es sólo por analogía, como ha creído ver, siempre más lacaniano que Lacan, su apóstol Jacques-Alain Miller. Por cierto, desde el punto de vista analógico el inconsciente es político porque por una parte se construye a sí mismo de un modo gramático y, por otra, porque su deseo de ser va dirigido al “otro”. Pero, además, el inconsciente es político porque el mismo deviene de un conflicto insuperable: el deseo de ser más allá de sí. O dicho de otro modo: el inconsciente viene del conflicto inevitable entre el deseo de ser y el deber del estar. El inconsciente, cuando asoma, busca el poder: el poder ser y el poder del ser. Y eso es político.
Radicalizando sólo un poco una de las tesis centrales de Freud, podríamos decir que el inconsciente, al igual que la política, es un hijo de la cultura. Esa misma cultura que al dividirnos en dos produce un inevitable malestar, escisión necesaria para ser lo que somos, pecado original que pagamos con nuestros miedos y odios, algunos con tabletas, otros con las clínicas, también con los manicomios, y no por último, con las prisiones.
El inconsciente, por lo tanto, no es un subterráneo adonde van a parar los trastos viejos del alma, sino un agente activo que pugna por ser, es decir, el inconsciente no es más ni menos que uno mismo en su intención de ser. El inconsciente es tu propio cuerpo. En cada inconsciente late un deseo reprimido de libertad. Por lo mismo, siempre está (estamos) en disputa con lo que no nos deja ser. Más aún: el inconsciente sólo aparece discutiendo. Y si ese conflicto no existiera no habría inconciencia, y por tanto, tampoco habría conciencia. O dicho en tono de síntesis: no es el inconsciente “quien” genera el conflicto sino al revés: el conflicto genera al inconsciente del mismo modo como el deseo no origina la prohibición sino la prohibición al deseo (San Pablo fue el primero que así lo entendió). El inconsciente existe –eso es lo que estoy intentando decir- a partir del momento de su negación. Y si todavía no está muy claro, voy a poner un ejemplo:
A la disidente Yoani Sánchez de Cuba, el par de dictadores que rige los destinos de la isla le niegan su derecho natural a viajar lo que significa que ellos imaginan ser dueños del cuerpo de Yoani. El cuerpo de Yoani, a su vez, protesta; su cabeza piensa y sus manos escriben. Eso quiere decir: la protesta inconsciente del cuerpo de Yoani se hace consciente escribiendo. Ahora, la protesta y la búsqueda del “otro” son acciones esencialmente políticas y ellas no vienen de ninguna otra parte que no esté en el inconsciente de Yoani, o lo que es lo mismo: de su propio cuerpo oprimido que al escribir, clama y exige su libertad de movimiento.
Por lo demás, aunque vayamos donde vayamos, aunque hagamos lo que hagamos, vivimos en permanente confrontación, ya sea con “el otro” de afuera, ya sea con “el otro” de adentro. Y no hay otra posibilidad. Más allá del conflicto –ese es uno de los mensajes lacanianos- sólo habita la muerte.
¿Se entiende entonces por qué Lacan afirmó que el inconsciente es la política?
El inconsciente no sólo es conflictivo; es el conflicto y por eso mismo su forma natural de ser es el debate: la contra-dicción. El debate, a su vez, siempre será palábrico, y consecuentemente, gramático, sintáxico y retórico. O para decirlo en lacaniano: El inconsciente es inscrito en sí mismo sólo cuando habla o escribe, es decir, cuando se ex-presa, saltando la presión, o la o-presión. En eso no se diferencia en nada de la práctica política. Osaría decir incluso que sin esa lucha del inconsciente por abordar las orillas de lo consciente no sólo no habría conciencia; tampoco habría política.
Así se explica por qué la razón de ser de todo régimen antipolítico es la supresión del habla, la destrucción de la gramática y el desorden sintáxico a través de la mentira programada y el insulto sostenido. No hay libertad de opinión sin libertad de palabra (hablada, escrita, impresa, digitalizada). Ese último dictamen, como es sabido, no es de Lacan; es de Hannah Arendt.
También es de Hannah Arendt la siguiente afirmación: “el sentido último de la política es la libertad”. Pero no hay libertad sin deseo de libertad, deseo que habita, a veces adormilado, pero siempre vivo, en la casa de la inconciencia. Esa es otra de las razones que explican por qué el inconsciente es político. Creo que, en ese punto, Lacan estaba muy en lo cierto.

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