lunes, 25 de febrero de 2013




El capitalismo del ego engendra monstruos

Nadie cree ya en nada, solo en lo que cada uno quiere: de ahí se deriva la desconfianza de todos frente a todos. La ceguera del Fausto digital ha dado origen a una crisis europea que cuestiona el núcleo del sistema

 
Sobre el homo oeconomicus,la ideología neoclásica o neoliberal está todo dicho, si bien no por parte de todos. Ya el poeta favorito de Alemania, Goethe, predijo en 1832 en su drama Fausto el dominio universal del dinero… ¡Y en verso! Sin embargo, a comienzos del siglo XXI tenemos que añadir algo esencial, nuevo y original: el Fausto digital, o más exactamente: el atrevimiento y ceguera fáusticos del capitalismo del ego.
Frank Schirrmacher, coeditor delFrankfurter Allgemeine Zeitung,describe en su libro de reciente aparición, Ego, cómo la implantación de este “nuevo” egoísmo ha ido adquiriendo carácter normativo y, tras la guerra fría, ha sellado la victoria de la teoría de la elección racional hasta en los detalles más nimios del mundo de la vida; incluso en el alma digital del homo novus. Hasta el concepto sartriano de “mala fe” se queda demasiado corto, puesto que presupone la libertad de elección.
Los economistas afirman, naturalmente, lo de siempre: se trata solo de modelos. La del homo oeconomicus no es más que una hipótesis. Pero en el drama real, de desenlace abierto, en el que todos somos participantes y espectadores, víctimas y cómplices, lo que está en juego es cómo el homunculus oeconomicus —un ciborg, un androide, una figura artificial, a medio camino entre la máquina y el hombre— se ha escapado de los “laboratorios frankensteinianos de Wall Street”. Esa narración dramática también extrae su potencia de la brutal sencillez con la que se reacciona a la complejidad extrema del mundo: 1/0, sí/no, conectar/desconectar: es decir, los hombres actúan con códigos informáticos de acuerdo con las leyes de los economistas.
Nadie cree ya en nada, solo en lo que uno quiere. De ahí se deriva la desconfianza de todos frente a todos, de la que el mal se alimenta en todas partes. Aquí tenemos la paradoja: en un momento histórico en el que las instituciones del Estado de bienestar, los mercados financieros y la relación con el entorno natural sufren una crisis fundamental, surgen las “egomónadas”. Su funcionalidad no solo estriba en ocultar frente a otros las consecuencias de la propia acción. Más bien han de interpretarse como estrategias de evitación del riesgo en un mundo de riesgos globales: como una sociopatología del capitalismo del ego.
La política de ahorro con la que se responde a la crisis financiera es percibida como injusta
La crisis financiera y europea solo abre una primera perspectiva de esta ceguera del Fausto digital. Los mercados financieros no son más que los primeros mercados automatizados. Pero les seguirán otros. La comunicación social, los grandes datos, los servicios secretos, la manipulación de los consumidores, a quién se considera un terrorista, las universidades en la barahúnda reformista neoliberal, las relaciones amorosas digitalizadas, el choque de las religiones mundiales en el espacio digital, etcétera.
¿Qué tiene de novedoso el Fausto digital? En la Edad Media los alquimistas intentaban transformar en oro los metales innobles. Los actuales “alquimistas de los mercados” (Schirrmacher) transforman hipotecas tóxicas, de alto riesgo, en productos de primera clase, calificados con notas tan altas que incluso pueden ser adquiridos por los fondos de pensiones. ¿Puede uno comprar una casa sin dinero y gastar además un dinero inexistente? Sí, puede, replican los malabaristas financieros, esos neoalquimistas de bancos mundiales demasiado grandes para caer.
Ante nosotros se abre el nuevo mundo de la manipulación digital del alma. Innumerables agentes digitales, con frecuencia completamente estúpidos, están tan fascinados con sus ideas que no se dan cuenta en absoluto de cómo, a partir de los ingredientes de egoísmo, codicia y capacidad de engañar, surgen monstruos. Entre ellos, monstruos políticos. La política de ahorro con la que Europa responde en este momento a la crisis financiera desencadenada por los bancos es percibida por los ciudadanos como una monstruosa injusticia. Son ellos quienes tienen que pagar con la moneda contante de su existencia por la ligereza con la que los bancos han pulverizado sumas inimaginables. Sin embargo, quienes se dedican a entender al capital, los hermeneutas de los monstruos, han desarrollado un lenguaje curiosamente terapéutico. Los mercados son “tímidos” como cervatos, afirman. No se dejan “engañar”. Pero los verdugos económicos, denominados “agencias de calificación de riesgos”, que también rinden tributo a la religión terrenal de la maximización del beneficio, basándose en las leyes del capitalismo del ego emiten juicios que alcanzan a Estados enteros en el corazón de su ser económico: a Italia, España o Grecia.
“Cada hombre tiene que convertirse en el mánager de su propio yo(Schirrmacher). Ya ha pasado el tiempo en el que los empresarios eran empresarios y los trabajadores, trabajadores. Ahora, en el nivel del capitalismo del ego, ha surgido la nueva figura social del “empresario de sí mismo”: es decir, el empresario descarga la coerción de autoexplotación y autoopresión sobre el individuo, que tiene que aceptar con entusiasmo esta situación, porque ese es el hombre enteramente nuevo que ha nacido en el nuevo mundo feliz del trabajo. El empresario de sí mismo acaba siendo el “cubo de la basura” de los problemas irresueltos de todas las instituciones.
Y, sin embargo, la “individualización”, entendida en un sentido sociológico, es mucho más que eso, es “individualismo institucionalizado”. El proceso de individualización en este último sentido no se refiere únicamente a una ideología social, o a una forma de percepción del individuo, sino que hace referencia a instituciones centrales de la sociedad moderna, como los derechos civiles, políticos y sociales fundamentales, dirigidos todos ellos al individuo. De ahí surge una generación global, interconectada de forma transnacional, que ha de ensayar cómo volver a armonizar individualismo y moral social y cómo conjugar la libertad de arbitrio y la individualidad con una existencia orientada a los otros.
Sindicatos, partidos políticos, iglesias, se están convirtiendo en jinetes sin caballos
Muchos jóvenes ya no están dispuestos a ser soldados en la ejecución de las instrucciones jerárquicas en las organizaciones sociales, ni a renunciar a tener voz propia siendo previsibles peones de un partido. Antes al contrario, las instituciones —sindicatos, partidos políticos, iglesias— se convierten en jinetes sin caballos. La agitación anticapitalista que existe en el mundo probablemente tenga que ver con ambas cosas: el choque de la individualización de los derechos fundamentales con la mercadotecnia del yo que sigue reglas económicas transparentes.
El riesgo de colapso, cada vez más palpable, también ha despertado el sueño de una nueva Europa.
Vivimos en una época en la que ha ocurrido algo que hasta no hace mucho parecía inimaginable, esto es: que los fundamentos del capitalismo global —antes considerado racional, pero que ha terminado siendo irracional— se han hecho completamente políticos, es decir, cuestionables, e incluso políticamente modificables. Existen versiones radicalmente distintas del futuro de Occidente, donde entretanto tiene lugar casi una guerra fría civil: ¿se quiere un capitalismo regulable, que busque un equilibrio con los movimientos sociales y esté abierto a las cuestiones del clima, o se apuesta por la autorregulación del capitalismo globalizado del ego y por más intervenciones militares, de modo que se intente mantener la cohesión nacional aplicando el esquema de amigo/enemigo? Ese es el núcleo del conflicto.
Los riesgos globales son una especie de recordatorio colectivo forzoso de que el potencial de aniquilación al que nos hemos expuesto incluye nuestras decisiones y nuestros errores. Estas impregnan todos los ámbitos de la vida, pero al mismo tiempo abren nuevas oportunidades de transformación del mundo. Es la paradoja en virtud de la cual los riesgos globales dan aliento a la acción. En ello estriba la opción europea: plantear sistemáticamente la pregunta de qué alternativas hay al capitalismo digital del ego. La pregunta de cómo, mediante una Europa distinta, es posible más libertad, más seguridad social y más democracia.
Ulrich Beck es sociólogo y profesor de la London School of Economics y de la Universidad de Harvard. Su último libro publicado en España es Una Europa alemana, Paidós 2012.
Traducción de Jesús Alborés Rey.

Fuente...EL PAIS
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lunes, 18 de febrero de 2013

Posted: 18 Feb 2013 05:36 AM PST
Referencia: NewScientist.com .
por Emma Young, 14 febrero 2013 

"Cualquiera puede enfadarse, eso es fácil; pero enfadarse con la persona adecuada, en la medida correcta, en el momento oportuno, con el conveniente propósito y de la forma apropiada, eso ya no es tan fácil".

Así escribía Aristóteles, hace más de 2000 años, en su obra clásica "El arte de la Retórica". Sus palabras no cuadran muy bien con nuestro moderno concepto de la ira. Hoy día, tendemos a pensar que es una emoción destructiva que puede arruinar relaciones y derribar carreras profesionales. De hecho, el manejo de la ira es un campo lleno de teorías sobre la mejor manera de controlar o reprimir la ira excesiva. Pero la ira, parece ahora, que no es del todo mala. De hecho, haríamos bien en cultivar nuestra ira en algunas situaciones, en las relaciones personales, en la negociación de algunos negocios y dentro de los grupos de acción social, por ejemplo.

"En la medida que la ira suele ser una experiencia desagradable, se ve como una emoción negativa", dice el psicólogo Brett Ford, de la Universidad de California, Berkeley. "Pero experimentar la ira puede ayudarnos a perseguir nuestras metas, y ser más feliz y saludables a largo plazo". Para cultivar estos beneficios, la destreza, tal como entendía Aristóteles, es saber cuándo, dónde, cómo y por qué te enojas. Tenemos que aprender a utilizar nuestra ira de manera estratégica, en lugar de dejar que nos controle.

Los filósofos han reflexionado largo y tendido acerca de las causas de la ira, pero en general la reconocen como una respuesta emocional a ser provocado. Una llamada de atención de un empleado, un insulto dirigido a tu hijo, la decisión que sugiere tu jefe acerca de que tus sentimientos son irrelevantes, todas estas cosas tienden a desencadenar sentimientos de ira, y por lo general son vienen acompañadas por cambios físicos, como el aumento de la frecuencia cardíaca y los niveles de adrenalina. El cómo respondemos a estos desencadenantes, cuánta rabia sentimos y en qué medida lo expresamos, varía de una persona a otra (ver anexo 2 "La brigada de la ira"). No hay duda de que las personas que experimentan y expresan enojo con frecuencia, padecen de una rabia desinhibida. Aunque el impacto sobre su salud sea discutible, el efecto en sus relaciones está claro. "Sus hijos, esposas, jefes, familias les temen, y asustan a cualquiera", señala Mike Fisher, director de la Asociación Británica de manejo de la ira, con sede en East Grinstead. "No te creerías la cantidad de personas que hay así. No tienen amigos. Su familia les ha dejado. Todos ellos funcionan o actúan con toda una variedad de adicciones".

Desde la rabia desencadenada en las revueltas, nadie está discutiendo que la ira no pueda ser enormemente destructiva, sin embargo, la idea de que a veces también puede ser beneficiosa está ganando terreno. Un estudio de especial influencia se produjo a raíz de los ataques terroristas del 11/9 en EE.UU. Jennifer Lerner, ahora en la Universidad de Harvard, recopiló información sobre las emociones y actitudes de los casi 1000 adultos y adolescentes estadounidenses, apenas a nueve días tras dichos ataques, con estudios de seguimiento en años posteriores. Ella encontró que las personas que se sentían molestos con el terrorismo se mostraron más optimistas sobre el futuro que los que tenían miedo al terrorismo. Los hombres del estudio estaban más enojados que las mujeres, y en general, eran más optimistas. También encontró que, el enfoque de las historias de los medios de comunicación para enojar a la gente, les hacía tener menos miedo a ser heridos en un atentado terrorista y más dispuestos a apoyar una respuesta pública agresiva en lugar de conciliadora (Psychological Science, vol 14, p 144).

Una ira sana

En un estudio de laboratorio, Lerner descubrió que la gente enojada, en vez de miedo por una situación de estrés, tienen una menor respuesta biológica, en términos de presión arterial y niveles de estrés hormonal (Biological Psychiatry, vol 61, p 253). Esto demuestra, señala ella, que cuando estás en una situación desesperante, y tu ira está justificada, la emoción no es necesariamente mala para usted. Investigaciones recientes de Ford dan un paso más allá. Trabajando con Tamir Maya, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, Israel, descubrieron que las personas tienden a sentirse enojadas en vez de felices, cuando se confrontan otros casos de mayor bienestar general (Emotion, vol 12, p 685). La naturaleza irascible también puntuó más alto en inteligencia emocional, que puede parecer contrario a la intuición, sin embargo, es coherente con la idea de sentirse enojado, aunque desagradable, puede tener sus usos.

La investigación de Lerner del 11/9, también pone de relieve la importancia de la ira que provocó la acción colectiva contra una amenaza común, una idea que está siendo explorada por Andrew Livingstone, de la Universidad de Stirling, Reino Unido. Su equipo estudió a grupos de personas con algo en común (p. ej., procedentes de Gales del Sur) y grupos al azar, y midió las reacciones emocionales de los participantes a factores desencadenantes, como la sugerencia de que iba a ser retirado el apoyo gubernamental a lugares de patrimonio en el sur de Gales. Ellos encontraron que la ira, más que cualquier otra emoción, ayudaba a unir a las personas con una convicción compartida, y les planteó que pasaran a la acción.

"Por su naturaleza, la ira tiende a ser una emoción muy energizante", dice Ford. Su trabajo sugiere que el sentirse enojadas hace que las personas busquen recompensas (Psychological Science, vol 21, p 1098). Si el deseo de recompensa promueve la mejora las condiciones de trabajo, por ejemplo, o cambios sociales más amplios, la ira puede jugar un papel muy importante para ayudar a alcanzar estos objetivos. "Mahatma Gandhi y su resistencia pasiva, es un bello ejemplo de la ira controlada", afirma Fisher. "Se ha visto con Nelson Mandela, con Malcolm X, estas son enormes figuras de nuestra historia que se destacan como líderes increíbles, que han canalizado su ira y han transformado naciones. Sin embargo, esta canalización de su ira se ha dirigido a curar en lugar de hacer daño."

La ira es de vital importancia para la movilización que apoya a un movimiento social, señala Nicole Tausch, de la Universidad de St. Andrews, Reino Unido. Cuando examinaron las protestas estudiantiles contra los costes de matrícula en Alemania, la respuesta de los musulmanes indios a la desigualdad en la India, o cómo los musulmanes británicos reaccionaron ante la "guerra contra el terrorismo" del gobierno británico, Tausch y sus colegas hallaron que la ira jugaba un papel positivo. En particular, la gente estaba motivada a realizar manifestaciones pacíficas esperando persuadir a su adversario para rectificar las injusticias sociales ((Journal of Personality and Social Psychology, vol 101, p 129). En contextos políticos, la ira puede ser la señal de que las personas todavía se sienten conectadas y representadas por un sistema político, "las expresiones de enojo, como en las protestas, podrían no ser vistas como una amenaza para el sistema, sino como signos de una democracia saludable".

Si la ira puede servir a una causa superior, también puede ser aprovechada para nuestros fines personales. Hay muchas pruebas de que la ira puede ser beneficiosa en un contexto profesional, siempre y cuando se tenga cuidado de cómo se expresa y ante quién.

La explosión de ira puede pagar dividendos en el lugar de trabajo, si los gerentes posteriormente abordan los problemas de fondo, en lugar de simplemente castigar a las personas agraviadas (Human Relations, vol 64, p 201). Algunos gerentes con visión de futuro, incluso quieren fomentar la ira, al menos en determinados momentos, parece que las personas que se sienten enojadas producen una lluvia de ideas de forma más estructurada, coherente además con una resolución creativa de problemas (Journal of Experimental Social Psychology, vol 47, p 1107).

La ira profesional

También hay pruebas de que los líderes políticos y empresariales que se enojan más que sentir tristeza, en respuesta a un escándalo se les concede un estatus más alto (Revista de Personalidad y Psicología Social, vol 80, p 86), siempre y cuando sea hombre, es así. Tanto los hombres como las mujeres confieren un menor estatus a las mujeres profesionales montadas en cólera que a sus homólogos profesionales masculinos, ya sea la mujer un CEO o una aprendiz. Las reacciones emocionales de una mujer se atribuyen generalmente a su carácter ("ella es una persona enojada") mientras que en los hombres se percibe como una mera reacción a las circunstancias externas. La secretaria de Estado de EE.UU., Hillary Clinton, es una mujer política que ha sufrido críticas por ser "demasiado iracunda", reseña Victoria Brescoll, de la Universidad de Yale (Psychological Science, vol 19, p 268).

Diversos estudios han descubierto que los negociadores enojados pueden obtener un mejor resultado en su haber. Pero en 2010, Hajo Adán, de INSEAD, una escuela de negocios en Francia, halló una importante excepción. Su investigación se inspiró, en parte, al observar cómo sus colegas en INSEAD (que cuenta con campus en todo el mundo) reaccionaban de manera distinta a los arrebatos de ira, y cómo los enviados comerciales de Japón respondió negativamente al ex presidente de EE.UU. Bill Clinton tomó una postura enojada en las negociaciones a principios de 1990. En los estudios en laboratorio con estudiantes voluntarios de la Universidad de California, Berkeley, el equipo de Adán descubrió que los estadounidenses de ascendencia europea hacían más concesiones a un rival enfadado que a uno no-emocional, en tanto que los asiáticos y asiático-americanos hacían menos concesiones (Psychological Science, vol 21, p 882). Adán piensa que esto refleja las normas culturales acerca de cuándo es o no apropiado enojarse.

Advertencias aparte, la ira, usada juiciosamente, tiene todo tipo de beneficios tanto en el ámbito laboral como en la más amplia esfera social. Sin embargo, ¿qué ocurre con la vida familiar? Sin duda, cuando se trata de tus seres queridos, ¿es siempre mejor mantener la calma y evitar un altercado?

No, dice Ernest Harburg, profesor emérito de la Universidad de Maryland, en la Escuela de Salud Pública en Washington DC. Él cree que una pelea con tu pareja en realidad podría ser saludable. Su equipo ha encontrado que, las personas que suelen reprimir su ira en disputas con su compañero/a mueren antes que aquellos que permiten su ira y resuelven conflictos. Y últimamente, en los resultados aún no publicados de un estudio que abarca más de tres décadas, las parejas donde ambos expresan su enojo tienen una vida significativamente más larga. Harburg cree que la represión de la ira aumenta la presión arterial y, a largo plazo, esto afecta la vida útil. "La idea de inhibir la ira todo el tiempo, lo cual es promovido por las religiones y los pacifistas, no da lugar a un pensamiento saludable."

Fisher advierte que al enojarse en una relación, hay que ser respetuoso. "Es tan simple como decir: Me siento mal y enojado, necesito que me escuches y me tomes seriamente, que te ocupes de mi y me hagas caso". Eso, admite, no es lo que la gente suele decir.

Como ya reconoció Aristóteles, el control de la ira no es nada fácil. Pero hasta eso no es suficiente. También tenemos que aprender a responder adecuadamente a la ira de los demás. Si se le impulsa a más ira, o incluso simplemente se le ignora, las consecuencias pueden ser graves. Todo el mundo tiene una experiencia personal de esto, y si esto se da en un contexto político, los resultados pueden ser desastrosos. Tausch y su equipo, han encontrado que si el objetivo de la ira expresada por un grupo político no responde a los cambios, el grupo puede llegar a ser desdeñar el objetivo (quizás al gobierno), y dedicarse a lo que se llama "fuera de sistema" de la acción política, es decir, la violencia o el apoyo al terrorismo.

Razón de más, entonces, para "enfadarse con la persona adecuada, en la medida correcta, en el momento oportuno, con el conveniente propósito y de la forma apropiada". Y razón de más para prestar atención a la ira, en lugar de ignorarla. La ira no debe ser vista como una forma destructiva del comportamiento, subraya Tausch, sino más bien como una forma de fomentar los comportamientos para que sean positivos y constructivos para las relaciones sociales.


Anexo 1. La fisiología de la furia
El estallido de ira tiene efectos poderosos en el cuerpo humano
  •     Los ojos se fijan
  •     La cara enrojece
  •     Se aprieta la mandíbula
  •     La voz se vuelve estridente (mujeres)
  •     La voz se profundiza (hombres)
  •     El corazón late fuerte
  •     Nerviosismo en el estómago o náuseas
  •     Las extremidades tiemblan
  •     La adrenalina se dispara
  •     Incremento del flujo de sangre en las manos
  •     Respiración más fuerte
  •     Aumenta la sudoración
  •     Elevación del torso
  •     Se abren los orificios nasales

Anexo 2. La brigada de la ira

El mismo rol social puede hacer a una persona ansiosa, a otra irritada y a una tercera tan enojada que reaccione con los puños. Nadie está muy seguro de por qué algunas personas tienen miedo cuando se les provoca y otros se enojan, pero lo cierto es que hay gente que tiende a enojarse más que otros.

Para empezar, los hombres se enojan más que las mujeres. Y dentro de cada sexo, los hombres físicamente fuertes son más iracundos que los débiles, y las mujeres hermosas suelen enojarse más que las mujeres menos atractivas, de hecho, la diferencia está en un 20 por ciento de variación en la ira masculina, según Aaron Sell, de la Griffith University, Queensland, Australia (Human Nature, vol 23, p 30). "La teoría es que la fuerza y ​​el atractivo conduce individualmente a hombres y mujeres a sentirse con más derecho". En nuestro pasado evolutivo, tales atributos les habría dado una ventaja en la competencia con los demás. "Si el mundo no les da estos beneficios, son más propensos a volverse furiosos como consecuencia de ello", señaló Sell.

Siguiendo una lógica similar, algunos investigadores creen que una alta autoestima crea a gente más enojada. Sin embargo, Mike Fisher, director de la Asociación Británica de Control de la Ira, cree que lo contrario también es cierto. Su experiencia le ha convencido de que las personas con baja autoestima (que puede incluir a alumnos de alto rendimiento) sufren más de estrés, lo que alimenta su ira. La gente se enoja más en momentos de estrés como ahora, cuando gran parte del mundo desarrollado se preocupa por la economía, argumenta Fisher.

La susceptibilidad al estrés también podría explicar el por qué de un alto nerviosismo, Las personas Tipo A, se cree que se enojan más que el más relajado Tipo B. La fisiología, a veces, podría ser responsable: hay un vínculo entre un pobre control de la glucemia y el estado de ánimo alterado, incluso enfadado (Diabetes Technology & Therapeutics, vol 14, p 303). La ira incluso se ha relacionado con un gen, el MAO-A, conocido como el gen "guerrero". Sin embargo, mientras que las personas con este gen tienden a ser más agresivos, esto no significa necesariamente que sea porque se sienten más enojados.

Y nadie sabe realmente lo que hay detrás de un trastorno explosivo intermitente, dice Ronald Kessler, de la Harvard Medical School. Es una enfermedad psicológica caracterizada por erupciones de ira incontrolable, que generalmente se desarrolla en la infancia tardía. En 2012, el equipo de Kessler informó que alrededor de 1 de cada 12 adolescentes y adultos estadounidenses lo padecen, una tasa mucho más alta de lo que nadie habría sospechado (Archives of General Psychiatry, vol 69, p 1131).

Cualesquiera que sean las causas, no existe una "cura" para la ira excesiva. Una persona que se siente con frecuencia inapropiadamente enojada, por lo general, debería siempre trabajar en su gestión, señala Fisher. Como él mismo lo sufre, sabe lo difícil que puede ser. Pero hay un rayo de esperanza. Como regla general, tendemos a estar menos enojados, o por lo menos menos agresivos, a medida que envejecemos.

Anexo 3. Hacer unos tests

¿Controlas tu ira, o la ira te controla a ti? La Asociación Británica de Control de la ira tiene un test en línea que le dirá dónde se sitúa.

Mike Fisher, director de la Asociación Británica de Control de la ira, es también el fundador de Stress Experts, un test de estrés de la compañía en línea puede dar una guía de lo bien que está hacer frente a las pruebas de la vida.


Artículo original: "Do get mad: The upside of anger", apareció en prensa como "Do get mad".
Imagen: La ira.

Fuente..Pedro Donaire, BITNAVEGANTES
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lunes, 17 de septiembre de 2012



Commentary invited by editors of Scientific American
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This Is Your Brain on the Internet (Maybe)



Headlines like “Is Google Making Us Stupid?” or “Is the Internet Making Us Dumber?” quite clearly show that people are concerned about what the Internet is doing to our cognition. Some have speculated that the Internet has become a kind of external hard drive for our brains, eliminating our need to really learn or process information. Others point to the obvious advantages of having more information available to more people than at any other time in history. As our lives become increasingly wired, we are now stepping back to see just how deep down the connections go.
In the late 1980s, communication researchers began shifting to a view of human communication that was more cognitively based. Out of this shift came a few now very successful theories that sought to describe how we seek and process information. One of the most widely applicable theories to come out of this “cognitive revolution,” developed by researchers Alice Eagly and Shelly Chaiken, was dubbed the “Heuristic Systematic Model” (or HSM). Like the highly popularized theory of “System 1” and “System 2” thinking advanced by Nobel laureate Daniel Kahneman, the HSM separates our information processing strategies into two distinct modes. Our heuristic thinking is characterized as a rough and ready approximator relying on basic cues. Being that this style of thought is cognitively less costly, it is our default, applying stereotypes, models, and gut-reactions to the processing of information. Conversely, our systematic thinking is an in-depth look at the evidence where we internalize information and connect it to other ideas. The organizing concept of the HSM is that people are cognitive misers. It takes real mental effort to process information deeply, and as such we rarely do so, or only do so when properly motivated.
The trigger to transition between styles in this dual-process cognition is partially dependent on the sufficiency principle. Generally, when making a decision, we weigh how much we know against how much we need to know to make a confident judgment about a topic. If this gap between what we know and what we need to know is small, heuristic-style thinking is more likely. Conversely, if there is a large gap, we need to expend more mental resources to close it, thus encouraging systematic thinking. This Scrooge-like mental calculus determines how much we process the information we are inundated with everyday. And we readily recognize this game of cognitive economy, especially when browsing the web. For example, going through a stuffed RSS feed can be a fairly disengaged experience, with only the topics that are interesting, confusing, or contentious garnering real attention. This “surf or stay” mentality is easily grafted onto the HSM.

Where I think many of the “the Internet is making us stupid” claims get it wrong is that these detractions also apply to other mediums. The Internet is young and revolutionary, to be sure, but the brains we explore it with are the same that peruse the sports section or catch up on the Colbert Report. It should stand to reason that our theories of information processing, like the HSM, should then apply to this new medium. Rather than call a change in processing strategies a “dumbing down” of the populous, we should be just as willing to first understand without judgment how we think on the Internet as we do with newspapers and television.
So what is the Internet doing to our thinking? It is hard to say. Current research has a hard time keeping up with the break-neck pace of online culture, and only the more conventional mediums like television and newspapers have been evaluated in any rigorous sense. Applying successful models of human information processing to the Internet could be a real boon for science. Are there certain aspects of websites that encourage critical thinking? How do people determine if something is credible on the Internet? Could we craft websites with an understanding of cognition to better promote in-depth thought? These are questions that are hard to answer in specific ways without a general foundation of research, which is lacking. Ever the intrepid graduate student, I believe this deficiency needs remedying.

Faced with an open chasm separating ignorance from less ignorance, I have been trying to apply the HSM to the Internet. Of course I would like to pare down this vague goal, perhaps looking at how people evaluate scientific information on the web, but with a grand canyon of research before me, I had to start general. I reasoned that if people are to apply a certain style of thought to information, the information must first go through the requisite credibility checks. An accuracy motivation, one of three motivations outlined in the HSM (the others being defense and impression management), would then be a good place to begin. Everyone has had the experience of trying to find good information on the Internet, and examining the cognitive pursuit of this goal could inform how people glean information from it. If I could instill an accuracy motivation in participants and then ask them what factors of websites indicate credible information, I would be one step closer to learning how these factors modulate thinking styles.
I should state up front that the following discussion is the result of a small pilot study that I completed during my graduate work. What I have made of the results is largely speculative, but then again, given the state of the literature, I have to be.
After delving into the communication literature on what factors indicate credibility (there have been some studies looking at this in an online context), I crafted a questionnaire. It first asked participants to imagine that they needed to find information on the Internet about a scientific topic and then asked what website characteristics would steer them towards a credible site. Based on the results, I found a grouping of five factors that informed the credibility of a website:
1.       Heuristics: This factor is comprised of the appearance of a “like button,” attractive graphics, and professional design. Because these are superficial characteristics of a website and are linked to the presence of accurate information, it was decided that this factor measures a heuristic judgment.
2.       Need for Outside Verification: This factor is comprised of the appearance of scientific references and links to other websites. The items in this factor were interpreted to represent a value in outside verification for accurate information. For example, a website that has scientific references to back up the information on that website has externally validated information. Similarly, a website that has links to other websites that a person recognizes may indicate that the website is as credible as the other websites that the person knows or trusts.
3.       Authority: This factor is comprised of valuing an organization’s website over an individual’s (e.g. NASA versus a lone person) and valuing an authority-run website. This factor is similar to the Heuristic factor, as an appeal to authority is a cognitive heuristic, but is separate because authority is not a superficial characteristic like attractive graphics is, for example. This factor represents a value in the authority of the website for an indication of accurate information.
4.       Skeptics: This factor is comprised of the appearance of advertisements, impressive author credentials, and available author contact information. This factor is interpreted as a skeptical mindset because it represents respondents who think advertisements on a website make the website less credible, who do not trust high author credentials, and who value author contact information. This factor rejects some superficial characteristics of credibility and values the ability to contact the author of the information on a website directly.
5.       Domain: This factor is only comprised of a website’s domain (.gov or .edu versus .com). Interestingly, this item does not fit into any other superficial characteristics. This may indicate that an official domain is the bar to pass when searching for a credible website.
These factors capture much of what I think people look for in assessing the credibility of a website. But how does this inform how we think within digital confines? The next step would be to vary these factors experimentally. Perhaps the more authoritative the website, the more heuristically people will process the information found there. Maybe a website with a “.com” domain triggers more systematic processing to verify the information (given a strong motivation). But the work on this still needs to be done.
When the data is laid bare, finding the triggers of heuristic and systematic thinking could inform science communication and scientific literacy. If we know what cues give that superficial gleam of accuracy, we can better inform the public on how to sort the sites that only look good from the ones that actually are good and encourage more systematic processing. Science educators could craft websites that hit all the right switches, separating the science wheat from the pseudoscience chaff. Furthermore, it could be the case that the uniqueness of the Internet is actually affecting the way we think. Perhaps persistent “surfing” has fundamentally changed the size of our perceived information sufficiency gap; heuristics may rule the day. Of course, without the necessary cognitive resources or motivations, it is hard to get us to think critically about anything. In this way, promoting scientific literacy and effective science communication is still critically important.
Research into how we process information on the Internet is in its infancy, simultaneously announcing a grand ignorance and inspiring novel ideas. The meticulous plod of science in the Internet age is reminiscent of the tortoise and the hare, yet there seems to be no better way to win the race than to look at digital culture with our emerging tools which investigate cognition. I’d speculate more about how the Internet has changed our information processing strategies, but I have 500+ RSS items to get through…
Images:Schematic by author, Internet Map by Opte Project
Kyle HillAbout the Author: Kyle Hill is currently working as a research assistant at Marquette University in Milwaukee, Wisconsin, where he graduated magna cum laude with a bachelor's degree in Environmental Engineering and is now pursuing a master's degree in Communication with a focus on science, health, environment, and sustainability. His research is focused on how personal motivations and website characteristics affect the depth of information processing. Hill is also a research fellow with the James Randi Educational Foundation and a blogger for Nature Education Student Voices. He writes daily at the Science-Based Life blog and you can follow him on Twitter under the name @Sci_Phile. Follow on Twitter @Sci_Phile.
The views expressed are those of the author and are not necessarily those of Scientific American.
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domingo, 19 de agosto de 2012

IMAGING CONFLICT RESOLUTION

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Rebecca Saxe
Associate Professor Of Cognitive Neuroscience, Mit
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Desde cualquiera perspectiva que no sea política, Rusia y Venezuela no tienen nada en común. Pero desde la política tienen algo que las une: las dos naciones son gobernadas por autocracias electoralistas; un nuevo tipo de dominación que ha hecho escuela en el primer decenio del siglo XXl. De ahí que no deba extrañar que en ambas ocurran acontecimientos similares, y en el caso del cual nos ocupamos, paralelos. En efecto, los dos autócratas, Putin y Chávez, se encuentran enfrentando movimientos sociales caracterizados por un mismo signo: El de la desobediencia civil.
Cabe precisar: Desobediencia civil significa, aunque parezca redundancia, la realización de actos que no contravienen a la ley, sino que simplemente surgen frente a una mala o injusta aplicación de la ley. Eso es lo que ocurrió en Rusia con la protesta del grupo “punk”, Pussy Riot.
Como es ampliamente conocido, las integrantes del grupo Pussy Riot, María Aliójina, María Yaketerina Samukevich y Nadia Tolokónnikova, han sido condenadas a dos años de prisión por el “delito” de haber cantado en contra de Putin en la Catedral del Cristo Redentor de Moscú. Frente a tan arbitraria medida se ha pronunciado la gran mayoría de los intelectuales, artistas, políticos y gobiernos civilizados del mundo.
Efectivamente, ninguna de las tres niñas cometió, desde el punto de vista religioso, legal y político, nada que contravenga a la ley, a la moral, a las creencias y a las costumbres de su nación
Desde el punto de vista legal ellas hicieron uso del derecho a la libertad de expresión garantizada por la Carta de las Naciones Unidas y subscrita por el propio gobierno de Rusia. Desde el político, realizaron una manifestación pública en un lugar público (una iglesia). Y desde el religioso, han pedido a Dios, en su post-moderno estilo (Dios no sólo es barroco) que las libere de lo que ellas consideran –y con buenas razones- de un “mal”: Putin
Putin, sin vacilar, las envió a prisión. Los objetivos del autócrata son, en este punto, muy claros. Se trata de aplastar, en estilo zarista y estalinista, cualquiera oposición. Pero hay algo más. A través de la injusta condena, Putin, a diferencia de Stalin quien persiguió a la Iglesia, intenta aparecer como protector de la religión ortodoxa. Con ello está diciendo a los fieles: “ustedes a rezar, yo a gobernar”. Gran parte de la ortodoxia, acobardada después de tantas persecuciones, acata el dictado de Putin. No así el mundo político civilizado en el cual el mismo Putin quisiera ser aceptado. De ahí se explica que las chicas de Pussy Riot reciban más apoyo en el exterior que en el interior de Rusia.
En Venezuela, aliado “estratégico” de Rusia, se ha producido algo similar, pero en sentido inverso. El CNE, organismo destinado a velar por la ecuanimidad de la contienda electoral, intentó prohibir al candidato Henrique Capriles el uso de una gorra con los colores patrios; hecho que habría sido lógico en cualquier país del mundo, menos en la Venezuela de Hugo Chávez.
Porque si hay alguien que ha abusado de los símbolos nacionales ese es Chávez. No sólo porque se embute en la bandera venezolana. No sólo porque ha cambiado el escudo nacional, torciendo el pescuezo al caballo de la nación. No sólo porque ha manoseado el cadáver del Gran Libertador. No sólo porque considera a Bolívar un profeta de Chávez. No sólo porque ha mutilado el rostro del héroe a “su imagen y semejanza”. No sólo porque ha regalado la espada de Bolívar a cuanto criminal anda suelto por el mundo. No sólo porque no considera ciudadanos a quienes no lo siguen (“Quien no es chavista no es venezolano”)
Fueron esas y otras más las razones por las cuales la mayoría del pueblo democrático sintió la prohibición de usar la gorra tricolor como una radical injusticia. De ahí que en lugar de acatar la orden del oficialismo, los seguidores de Capriles han hecho uso del derecho a la desobediencia. La gorra ha llegado a ser así, símbolo de las marchas y concentraciones de Capriles.
La desobediencia civil venezolana se dirige, para ser más preciso, en contra de tres grandes injusticias. La primera, en contra del grosero ventajismo electoral de un presidente que cuenta con todo el aparato comunicacional del Estado. La segunda, en contra de la abierta parcialidad del organismo electoral. La tercera –la más importante- en contra de la apropiación indebida de los símbolos patrios que ha hecho suya el chavismo.
La política, lo sabemos todos, supone la lucha por la apropiación de símbolos. De ahí que Chávez, a través de una orden injusta, convirtiera los colores de la bandera en un símbolo de la desobediencia civil. En cambio, el color de Chávez seguirá siendo el rojo: el mismo de tantas revoluciones traicionadas.
La canción de Pussy Riot y los colores de la gorra de Capriles son símbolos de la desobediencia civil de nuestro tiempo. Así sucedió una vez con la melena de Ángela Davis, con el signo inconfundible del nombre Solidarnosc en Polonia, con los pañuelos de las Madres de la Plaza de Mayo, con los vestidos blancos de las damas que hoy protestan en las calles de La Habana. Y con tantos, con tantos otros más. 
Fuente: POLIS- Politica y Cultura
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