domingo, 23 de enero de 2011

LA HISTORIA DE DON ALEJO GARZA Y EL DESTINO DE COSTA RICA

En Costa Rica la historia de don Alejo Garza que con harto desenfado cuenta Perez Reverte ya no es posible. Dia a día asistimos al triste y denigrante espectáculo de que en todos los círculos sociales la narcoactividad penetra hasta en los huesos. Y comenzó con los políticos y  siguió con los comerciantes y empresarios o con ambos-al fin y al cabo han resultado una unidad en la que no e dable discernir donde acaba y por donde comienza.  Es ya una realidad triste,tanto que cala el alma -lo ultimo puro que queda- y habrá de acabar hasta con el ultimo de los de a a pie,salvo un milagro ,que debe comenzar por la clase política misma. Aunque  jamas he oído hablar de auto-milagros.


Patente de corso, por Arturo Pérez-Reverte,                        Fuente : http://xlsemanal.finanzas.com/web/firma.php?id_edicion=6007&id_firma=12754

 
  La historia de don Alejo Garza
 
 


Hay un episodio reciente que ha pasado inadvertido para la mayor parte de los medios de comunicación españoles. Quizá porque no es modelo de mansedumbre y buen rollito, y resulta socialmente incorrecto al haber pistolas, escopetas y toda clase de armas de por medio. Y en este país imbécil que habitamos y que nos habita, de ahí a llamarle ultraviolento y facha -etiqueta adhesiva polivalente- a su protagonista, incluso a quien se refiera a él, hay menos que el canto de un euro. Pero me importa un carajo. Como decía mi abuelo, hay cosas que alientan la virtud, o al menos cierta clase de ella, aunque no se trate de la que anda al uso. Así que, bueno. Quien sepa ver virtudes en esta historia, que las aproveche. Y el que no, pues oigan. Que le vayan dando.

Se llamaba Alejo Garza Támez, tenía 77 años y era empresario maderero con rancho en Tamaulipas, México. Nadie le había regalado nada: llevaba toda la vida trabajando, y cuanto tenía lo ganó con sudor y trabajo. Aficionado a la caza y la charla con los amigos, era respetado por sus vecinos; de esos hombres cuyo apretón de manos y palabra valen más que un contrato firmado. Su desgracia fue que, en los últimos tiempos, Tamaulipas, como buena parte de México, se ha convertido en territorio comanche: narcos hasta en la sopa. Y hace dos meses, el sábado 13 de noviembre, con precisión de corrido de los Tigres del Norte, los sicarios del cártel de allí fueron a decirle muy gallitos que ahuecara. Que su propiedad les interesaba, y que debía arreglarse con ellos. Veinticuatro horas para pensarlo, dijeron. Luego aténgase a las consecuencias. Que, tal como andan las cosas en esa tierra, se resumían en una: velatorio con cuatro cirios encendidos en las esquinas y ataúd en medio. El suyo.

Don Alejo se lo pensó, en efecto. Con casi ochenta tacos de almanaque, concluyó, lo mío anda más que amortizado. Se le hacía cuesta arriba cambiar de rancho, a su edad. Así que, parafraseando a Cervantes, se dijo aquello de balas tengo, lo demás Dios lo remedie. Hasta aquí hemos llegado. Reunió a los trabajadores del rancho, les pagó lo que les debía, y ordenó que al día siguiente no fuese ninguno a trabajar. Quiero estar solo, dijo. Luego hizo recuento de armas y municiones -ya he dicho que era cazador- y pasó el resto del día en preparar la casa para su defensa, poniendo barricadas en las puertas y disponiendo escopetas y cartuchos para disparar en cada ventana. La noche fue larga, de poco sueño y mucha alerta, atento a cualquier ruido exterior. Supongo que se quitaría el frío con una botella de tequila y mataría las horas con cigarrillos. Tal vez había dejado el tabaco años atrás, por la salud, y volvió a fumar esa noche. Es así como imagino a don Alejo: sentado en la oscuridad con un rifle semiautomático entre las piernas, los bolsillos llenos de cartuchos, un tequila en una mano y la brasa roja de un cigarrillo en los labios, entornados los ojos para escudriñar la noche, atento a los sonidos del exterior. Recordando a ratos su vida. Esperando.

A las cuatro de la madrugada sonaron motores. Bajando de varias camionetas, armados hasta los dientes con fusiles de asalto y muy seguros de sí, como suelen, una veintena de sicarios se encaminó a la casa, gritando que tomaban posesión del rancho. Que todo el mundo saliese afuera, con las manos en alto. Entonces, en el interior, don Alejo apuró el tequila, apagó el último pitillo con el tacón de sus botas de piel de iguana y empezó a pegar tiros.

Fue un verdadero combate, largo e intenso. Hasta granadas usaron. Desde los ranchos cercanos se oyó mucho rato el crepitar de las balas y el retumbar de las explosiones. Don Alejo vendía cara su veterana piel. Y cuando a la mañana siguiente tropas de la Marina mejicana llegaron al lugar, aquello parecía un campo de batalla. La casa todavía olía a pólvora, acribillada por centenares de disparos e impactos de granadas. El interior, destrozado a tiros, se veía alfombrado de casquillos de bala disparados por don Alejo; que yacía muerto junto a una ventana, con el rifle todavía cerca. Se había llevado por delante a cuatro gatilleros, cuyos cadáveres estaban tirados delante de la casa. Dos sicarios más, gravemente heridos, a los que sus compañeros habían dejado atrás por creerlos muertos como los otros, vivieron lo suficiente para contar la historia. El viejo peleó como una fiera, dijo uno. Hasta el último cartucho.

Colorín, colorado. Ésta es la vida y la muerte, real como la vida y como México mismo, de don Alejo Garza Támez. Si el ejemplo es edificante o no, allá cada cual con lo que entienda. Yo me limito a contar la historia de un abuelete de Tamaulipas a quien los poderosos -los narcos, en su caso- dijeron que se hincara de rodillas, y no quiso. Le daba pereza.
   

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LA CIVILIZACION DEL ESPECTACULO ..QUE SIGUE LUEGO...????

Si debo definirme digo que soy Realista. Los que me conocen dicen que soy Pesimista.  Dios que me conoce mejor que yo no opina nada. Y de frente a mi familia debo aparentar que soy Optimista. Pero a decir verdad conforme envejezco,conozco mejor este mundo, trato a mas personas, indago en las interioridades de manejo de todo lo que han pergeñado las relaciones humanas,  me convenzo de que hemos perdido el paso,si es que alguna vez habia alguno.

Y quien mejor para escribir por lo que siento que el ultimo premio Nobel de Literatura.
Dice así Vargas Llosa citado por  Juan Dolio :

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Espíritu, ideales, placer, amor, solidaridad, alma. El Nobel Mario Vargas Llosa se pregunta si estas palabras significan algo todavía. Con este texto inédito para nuestro número 1.000 -el prólogo de su próximo libro- responde al papel de la cultura hoy, define lo que ha bautizado como la "civilización del espectáculo" y desarrolla su Alegato de defensa de los valores eternos
Lima / Madrid 2010
En el pasado, la cultura fue a menudo una conciencia que impedía a las personas cultas dar la espalda a la realidad
"Las horas han perdido su reloj"
Vicente Huidobro
Este ensayo fue naciendo en los últimos años sin que yo me diera cuenta, a raíz de la incómoda sensación que solía asaltarme a veces visitando exposiciones, asistiendo a algunos espectáculos, viendo ciertas películas, obras de teatro o programas de televisión, o leyendo ciertos libros, revistas y periódicos, de que me estaban tomando el pelo y que no tenía cómo defenderme ante una arrolladora y sutil conspiración para hacerme sentir un inculto o un estúpido.
Este libro es mi alegato de defensa. Cuando comencé a escribirlo descubrí que llevaba tiempo tocando algunos de sus temas de manera fragmentaria en artículos y polémicas, y eso explica que cada capítulo tenga como colofón unos "antecedentes" que reproducen aquellos textos tal como fueron publicados (con la ocasional corrección de una errata o una falta de puntuación). Pero he utilizado también, en algunos capítulos, partes, a veces muy amplias, de ensayos y charlas, introduciendo en estos textos, allí sí, enmiendas importantes. Pese a todos esos collages creo que el libro es un ensayo orgánico que fui elaborando a lo largo de años aguijoneado por un tema inquietante y fascinante: cómo la cultura dentro de la que nos movemos se ha ido frivolizando y banalizando hasta convertirse en algunos casos en un pálido remedo de lo que nuestros padres y abuelos entendían por esa palabra. Me parece que tal transformación significa un deterioro que nos sume en una creciente confusión de la que podría resultar, a la corta o a la larga, un mundo sin valores estéticos, en el que las artes y las letras -las humanidades- habrían pasado a ser poco más que formas secundarias del entretenimiento, a la zaga del que proveen al gran público los grandes medios audiovisuales, y sin mayor influencia en la vida social. Ésta, resueltamente orientada por consideraciones pragmáticas, transcurriría entonces bajo la dirección absoluta de los especialistas y los técnicos, abocada esencialmente a la satisfacción de las necesidades materiales y animada por el espíritu de lucro, motor de la economía, valor supremo de la sociedad, medida exclusiva del fracaso y del éxito, y, por lo mismo, razón de ser de los destinos individuales.
Ésta no es una pesadilla orwelliana sino una realidad perfectamente posible a la que, insensiblemente, se han ido acercando las naciones más avanzadas y libres del planeta, las del Occidente democrático y liberal, a medida que los fundamentos de la cultura tradicional entraban en bancarrota, se iban desintegrando, y los iban sustituyendo unos embelecos que han ido alejando cada vez más del gran público las creaciones artísticas y literarias, las ideas filosóficas, los ideales cívicos, los valores y, en suma, toda aquella dimensión espiritual llamada antiguamente la cultura, que, aunque confinada principalmente en una elite, desbordaba en el pasado hacia el conjunto de la sociedad e influía en ella dándole un sentido a la vida y una razón de ser a la existencia que trascendía el mero bienestar material del ciudadano. Nunca hemos vivido como ahora en una época tan rica en conocimientos científicos y hallazgos tecnológicos ni mejor equipada para derrotar la enfermedad, la ignorancia y la pobreza y, sin embargo, acaso nunca hayamos estado tan desconcertados y extraviados respecto a ciertas cuestiones básicas como qué hacemos aquí en este astro sin luz propia que nos tocó, si la mera supervivencia es el único norte que justifica la vida, si palabras como espíritu, ideales, placer, amor, solidaridad, arte, creación, alma, trascendencia, significan algo todavía, y, si la respuesta es positiva, qué es exactamente lo que hay en ellas y qué no. Antes, la razón de ser de la cultura era dar una respuesta a este género de preguntas, pero lo que hoy entendemos por cultura está exonerada por completo de semejante responsabilidad, ya que hemos ido haciendo de ella algo mucho más superficial y voluble, o una forma de diversión ligera para el gran público o un juego retórico, esotérico y oscurantista para grupúsculos vanidosos y de espaldas al conjunto de la sociedad.
La idea de progreso es engañosa. Quién, que no fuera un ciego o un fanático, podría negar que una época en la que los seres humanos pueden viajar a las estrellas, comunicarse al instante salvando todas las distancias gracias al Internet, clonar a los animales y a los humanos, fabricar armas capaces de volatilizar el planeta e ir destruyendo con nuestras prodigiosas invenciones industriales el aire que respiramos, el agua que bebemos y la tierra que nos alimenta, ha alcanzado un desarrollo sin precedentes en la historia de la humanidad. Al mismo tiempo, nunca ha estado menos segura la supervivencia de la especie por los riesgos de una confrontación atómica, la locura sanguinaria de los fanatismos religiosos y la erosión del medio ambiente, y acaso nunca haya habido, junto a las extraordinarias oportunidades y condiciones de vida de que gozan los privilegiados, el contraste de la pavorosa miseria y las atroces condiciones de vida que todavía padecen, en este mundo tan próspero, centenares de millones de seres humanos, y no sólo en el llamado Tercer Mundo, también en enclaves de horror y vergüenza en el seno mismo de las ciudades más opulentas del planeta.
En el pasado, la cultura tuvo siempre que ver con esos temas y fue a menudo el mejor llamado de atención ante semejantes problemas, una conciencia que impedía a las personas cultas dar la espalda a la realidad cruda y ruda de su tiempo. Ahora, más bien, lo que llamamos cultura es un mecanismo que permite ignorar los asuntos problemáticos, distraernos de lo que es serio, sumergirnos en un momentáneo "paraíso artificial", poco menos que el sucedáneo de una calada de marihuana o un jalón de coca, es decir, una pequeña vacación de irrealidad.
Todos estos son temas profundos y complejos que no caben en las pretensiones, mucho más limitadas, de este libro. Éste sólo quiere ser un testimonio personal, en el que aquellas cuestiones se refractan en la experiencia de alguien que, desde que descubrió, a través de los libros, la aventura espiritual, tuvo siempre por un modelo a aquellas personas cultas, que se movían con desenvoltura en el mundo de las ideas y que tenían más o menos claros unos valores estéticos que les permitían opinar con seguridad sobre lo que era bueno y malo, original o epígono, revolucionario o rutinario, en la literatura, las artes plásticas, la filosofía, la música. Muy consciente de las deficiencias de mi formación escolar y universitaria, durante toda mi vida he procurado suplir esos vacíos, estudiando, leyendo, visitando museos y galerías, yendo a bibliotecas, conferencias y conciertos. No había en ello sacrificio alguno. Más bien, el inmenso placer de ir, poco a poco, descubriendo que se ensanchaba mi horizonte intelectual, que entender a Nietzsche o a Popper, leer a Homero, descifrar el Ulises de Joyce, gustar la poesía de Góngora, de Baudelaire, de T. S. Eliot, explorar el universo de Goya, de Rembrandt, de Picasso, de Mozart, de Mahler, de Bartók, de Chéjov, de O'Neil, de Ibsen, de Brecht, enriquecía extraordinariamente mi fantasía, mis apetitos y mi sensibilidad.
Hasta que, de pronto, empecé a sentir que muchos artistas, pensadores y escritores contemporáneos me estaban tomando el pelo. Y que no era un hecho aislado, casual y transitivo, sino un verdadero proceso del que parecían cómplices, además de ciertos creadores, sus críticos, editores, galeristas, productores, y un público de papanatas inconscientes a los que aquellos manipulaban a su gusto, haciéndoles tragar gato por liebre, por razones crematísticas a veces y a veces por pura frivolidad.
Quiero dejar sentada mi protesta, por lo que pueda valer, que, lo sé, no será mucho. Hay demasiados intereses de por medio, helás. Probablemente, el fenómeno que este ensayo describe en unos cuantos apuntes no tenga remedio, porque forma ya parte de una manera de ser, de vivir, de fantasear y de creer de nuestra época, y que lo que este libro añora sea polvo y ceniza sin resurrección posible. Pero podría ser, también, ya que nada se está quieto en el mundo en que vivimos, que ese fenómeno, la civilización del espectáculo, perezca sin pena ni gloria, por obra de su propia inanidad y nadería, y que otro lo reemplace, acaso mejor, acaso peor, en la sociedad del porvenir. Confieso que tengo poca curiosidad por el futuro, en el que, tal como van las cosas, tiendo a descreer. En cambio, me interesa mucho el pasado, y muchísimo el presente, que sería incomprensible sin aquél. En este presente hay innumerables cosas mejores que las que vieron nuestros ancestros, desde luego: menos dictaduras, más democracias, una libertad que alcanza a más países y personas que nunca antes, una prosperidad y una educación que llegan a muchas más gentes que antaño y unas oportunidades para un gran número de seres humanos que jamás existieron antes, salvo para ínfimas minorías.
Pero, en un campo específico, aunque de fronteras volátiles, el de la cultura, creo que hemos retrocedido, sin advertirlo ni quererlo, por culpa fundamentalmente de los países más cultos, los de la vanguardia del desarrollo, los que marcan las pautas y las metas que poco a poco van contagiando a los que vienen detrás. Y asimismo creo que una de las consecuencias que podría tener la corrupción de la vida cultural por obra de la frivolidad, podría ser que aquellos gigantes, a la larga, revelaran tener unos pies de barro y perdieran su protagonismo y poder, por haber derrochado con tanta ligereza el arma secreta que hizo de ellos lo que han llegado a ser, esa delicada materia que da sentido, contenido y un orden a lo que llamamos civilización.
Juan Dolio, diciembre de 2010.
Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936, premio Nobel de Literatura 2010) ha publicado El sueño del celta (Alfaguara) y prepara La civilización del espectáculo. www.mvargasllosa.com

Fuente: http://www.elpais.com/articulo/portada/civilizacion/espectaculo/elpepuculbab/20110122elpbabpor_1/Tes 
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sábado, 15 de enero de 2011

Relaciones Internacionales sostenibles

FUENTE: EL PAIS.COM TRIBUNA: PHILIP PETTIT / ANTONIO ESTELLA



"Un periodista le preguntó hace mucho tiempo a Mahatma Gandhi qué pensaba sobre la civilización occidental: "Que sería una muy buena idea", contestó Gandhi. Su respuesta contenía en realidad dos mensajes diferentes, uno valorativo y el otro fáctico. La perspectiva de la existencia de una civilización occidental era algo atractivo e inspirador; pero la materialización de algo parecido a un "estado de civilización" en Occidente estaba muy lejos todavía de poder alcanzarse, según Gandhi.

Apostamos por un ideal que ponga el acento en la no dominación más que en la no interferencia
Si a cualquiera de nosotros nos preguntaran qué pensamos no sobre la civilización occidental, sino sobre el mundo de relaciones internacionales que hoy día se abre ante nuestros ojos, seguro que podríamos estar tentados de responder de forma muy parecida a como lo hizo Gandhi: estaría bien tenerlo, pero estamos muy lejos de conseguirlo. ¿En qué debería consistir por tanto ese mundo, esa comunidad global de ciudadanos, a la que tendríamos que aspirar? ¿Cómo podríamos conceptualizarla si, por ejemplo, quisiéramos otorgarla un papel de "guía ideal" que orientara el despliegue de nuestra acción política en el mundo? Ahora que Trinidad Jiménez ha sido nombrada ministra de Asuntos Exteriores y Cooperación del Gobierno de España, creemos que es un buen momento para volver a plantear este tipo de cuestiones. Y más que asignar "tareas" para la nueva ministra, lo que pensamos que falta es una idea, o ideal, que sirva de guía y de leitmotiv de la acción exterior de nuestro país.
Al menos desde los Tratados de Westfalia y el final de las guerras religiosas en Europa, la imagen más habitual del orden internacional ha sido más bien algo lúgubre, en la que cada Estado miraba por sus propios intereses y en la que, en la medida en que las fronteras estatales eran respetadas, no se producían interferencias entre unos y otros Estados. Este ideal de independencia como no interferencia ha permanecido bastante inalterado hasta la actualidad, a pesar de la emergencia de nuevas pautas de organización internacional, de resistencia ante el abuso de los derechos humanos y, sobre todo, del despliegue de la ayuda al desarrollo. Sobre la base de la emergencia de estas nuevas pautas, algunos han intentado reemplazar este ideal de independencia como no interferencia por una aspiración moral en pro de una justicia global. Pero hay que reconocer que aunque esta idea ha prosperado entre filósofos, ha tenido bastante menos suerte entre los políticos.
Nosotros pensamos, sin embargo, que es fundamental rellenar esta laguna que existe en el ámbito de las relaciones internacionales, apostando por un ideal que ponga el acento en la no do
-minación de los ciudadanos del mundo, y no simplemente en la no interferencia. La gente, los ciudadanos, serán dominados por otros si estos tienen el poder de entorpecer el desarrollo de su libertad, presionándolos para que se dobleguen ante su voluntad. Y esa dominación puede materializarse incluso -y este punto es fundamental- cuando en la práctica no se produzca ningún tipo de interferencia: bastará para que haya dominación con que los ciudadanos, preventivamente, acomoden sus propios deseos a los de aquellos que podrían ejercer interferencia.
En este sentido, venimos trabajando durante algún tiempo en la cuestión de cómo conceptualizar un ideal en el ámbito de las relaciones internacionales que gire en torno a la idea de que nadie debería ser dominado por otro. En lo que sigue ofrecemos simplemente un primer esbozo de este nuevo concepto, que hemos denominado relaciones internacionales sostenibles, y que gira en torno a las siguientes 10 reflexiones:
1. Estados cooperativos: el ideal internacional de independencia como no dominación solamente puede desplegarse por Estados cooperativos que tengan la voluntad de plantear sus relaciones con los demás Estados en términos de igualdad. A esos Estados se les requiere que, como primer paso a la hora de alcanzar dicho ideal, adopten un papel efectivo de mantenedores de la paz y limiten a los Estados que rechacen esta constricción.
2. Estados eficaces: más específicamente, dicho ideal solamente puede ser avanzado por aquellos países que sean eficaces a la hora de proveer paz y prosperidad a sus propios ciudadanos. Se debería requerir, como segundo paso, que esos países establezcan un sistema de ayuda al desarrollo. Dicha ayuda debería estar destinada, en particular, a conseguir que los receptores se convirtieran también en países eficaces, en el sentido en el que describimos ese concepto aquí.
3. Estados representativos: en tercer lugar, la tarea de alcanzar un ideal de no dominación, solamente debería recaer en aquellos Estados que representen a todos sus miembros: como mínimo, Estados que no violen los derechos humanos de sus ciudadanos. A estos países se les exigiría, como tercer paso, que adopten medidas razonables para que aquellos Estados que no respetan esta condición cambien sus prácticas de no respeto de los derechos humanos.
4. Estos Estados cooperativos, eficaces y representativos deberían adoptar medidas que les permitieran disfrutar de independencia como no dominación entre ellos y en relación con otros actores internacionales: es decir, también frente a corporaciones multinacionales, bancos, confesiones religiosas, etcétera. Esa independencia les permitiría disfrutar de un poder de resistencia frente a la dominación militar, económica, financiera o cultural que se pudiera ejercer desde fuera
5. Concretamente, deberían adoptar medidas que permitieran el establecimiento de un orden internacional formado por Estados no dominados, pero que a la vez no dominaran. Dicho orden debería ser sostenible a través de las generaciones. Cuanto más sostenible fuera dicho orden, más perfecto sería ese orden internacional basado en la no-dominación.
6. En dicho orden internacional, cada Estado debería desarrollar medidas autodefensivas, concretamente, medidas por las cuales los Estados más débiles hicieran causa común frente a los actores más fuertes.
7. Para el establecimiento de un orden internacional sostenible basado en la independencia como no-dominación también son necesarios la promoción y el desarrollo de instituciones internacionales que puedan establecer y ejecutar acuerdos en áreas como el control de los armamentos, el comercio, las finanzas, áreas todas ellas en las que la independencia de los Estados siempre está en juego.
8. La necesidad de dichas instituciones se refuerza por el hecho de que existen varios "bienes públicos comunes" que no pueden ser promovidos por Estados de manera individual; nos referimos a la lucha contra el cambio climático, la transformación de nuestro modelo económico, la salud pública, el crimen internacional, etcétera.
9. El problema reside en que dichas agencias internacionales podrían ser, a su vez, el origen de dominación, ya que, a menudo, el abandono de dichas instituciones por parte de sus miembros no constituye una alternativa realista. Por tanto, otra medida que habría que adoptar es que dichas instituciones internacionales fueran democráticas y estuvieran sujetas a control político.
10. Debería ser posible evaluar hasta qué punto el mundo en su conjunto, y los Estados que lo componen, se encaminan hacia este ideal de independencia sostenible que hemos trazado aquí. Proponemos, en este sentido, la creación de un Índice de Relaciones Internacionales Sostenibles, que se publicaría anualmente y en el que se daría cuenta de los progresos realizados".

Autor: Philip Pettit : profesor de la Universidad de Princeton y Antonio Estella es responsable del Departamento Internacional de la Fundación Ideas. El informe al que hace referencia el texto será publicado por la Fundación Ideas en el primer semestre de 2011.
Fuente: 
http://www.elpais.com/articulo/opinion/Relaciones/internacionales/sostenibles/elpepuopi/20110114elpepiopi_4/Tes 
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lunes, 3 de enero de 2011

La maldad totalitaria

La maldad totalitaria

Fernando Mires

Lunes, 3 de enero de 2011

La masa y el líder no constituyen de por sí una religión, como repitió muchas veces H. A. Son su simple simulacro, o si se quiere, una visión degradada de lo divino en lo más banalmente humano



El libro The Origin oft Totalitarism (1951) ocupa un lugar importante en la obra de H. A., lugar que ella probablemente no buscó sino que fue impuesto por el devenir histórico. Esa suerte de selección que, en última instancia es política, ocurre por lo demás con muchos otros autores quienes permanecn en el recuerdo no por los temas a quienes ellos dedicaron mayor atención sino por otros que, debido a circunstancias difíciles de predecir, obtuvieron una mayor publicidad. La publicidad de un texto – quiero afirmar- la determina el tiempo en que vive un autor, no el autor.
En el caso de H. A. es fácil constatar que la centralidad obtenida por sus trabajos acerca del fenómeno totalitario obedece a dos razones históricas: la primera, derivada de los imperativos de la Guerra Fría, surgió de la necesidad política de caracterizar al “enemigo” internacional de la democracia occidental: en ese tiempo el estalinismo.
Como es sabido, gran mérito de H. A. fue estudiar el totalitarismo en sus dos formas principales de expresión, la nazi y la comunista, pero no como “sistemas sociales” conceptualmente petrificados sino como revueltas “hacia” y luego “desde” el Estado, revueltas dirigidas no sólo en contra de la democracia occidental sino sobre todo en contra de ese legado que recibimos desde la Atenas filosófica: la política como forma de vida destinada a reglar conflictos ciudadanos.
Si quisiéramos definir en clave arendtiana el sentido del totalitarismo, habría que decir que el totalitarismo es la anulación de la política mediante el Estado, anulación que lleva a la sustitución de la política por el terror del Estado que sin sustento político se convierte en un Estado total. El Estado total es a la vez el terror total. Y como trataré de demostrar es, desde una perspectiva política, la maldad total o la maldad radical. Con ello ya estoy adelantando que el tema del mal (o de la maldad) y el tema del totalitarismo no constituyen en el pensamiento de H. A. dos “teorías” diferentes sino dos ángulos destinados a abordar la misma realidad: la negación del pensamiento, y en este caso, la negación del pensamiento en la política: el pensamiento político.
La segunda razón que explica la centralidad del tema del totalitarismo en la obra de H.A. viene del periodo “post- guerra fría” surgido a partir del derribamiento del muro de Berlín en 1980, símbolo gráfico y real de las diferentes revoluciones democráticas que tuvieron lugar en la Europa del “Este político”.
De más está decir que a partir de la caída del nefasto muro, el mundo político vivió una suerte de fiesta democrática. Muchos intelectuales liderados por las visiones de Fukujama y otros, imaginaron que la historia de la anti-democracia quedaba atrás, y en ese ambiente festivo los análisis del fenómeno totalitario realizados por H. A. alcanzaron una ardiente actualidad. El tema del totalitarismo pasó, a su vez, a formar parte del currículum en diversos institutos socio y polito-lógicos y, en ese marco, el texto de H. A. Los Orígenes del Totalitarismo llegó a ser un objeto de imprescindible consulta.
Quizás habría que agregar una tercera razón para explicar el relieve político acanzado por el libro de H. A. acerca del totalitarismo, y ella tiene que ver con el hecho ya comprobado de que las visiones ultraoptimistas acerca de una rápida democratización del orbe no tuvieron ninguna justificación. En efecto, después del derrumbe del comunismo no sólo no tuvo lugar la ansiada democratización planetaria sino, además, han sido consolidados nuevos proyectos cuyos objetivos pueden ser calificados, en algunos casos, como para-totalitarios. En breve: los estudios acerca del fenómeno totalitario no han perdido actualidad.
Todavía nadie está muy seguro, por ejemplo, si el término totalitarismo, de neta raigambre europea, puede ser aplicado a las teocracias islamistas consolidadas en los últimos tiempos como reacción a la cruzada emprendida por el presidente Bush después del 11.09. Tampoco son avances democráticos los proyectos de poder total que se anidan en las jefaturas ideológicas en algunos países sudamericanos cuyos representantes sostienen ya abiertamente la tesis (de origen fascista) de que el pueblo, la nación, el partido, el gobierno y el Estado deben ser entendidos como una unidad absoluta (por ejemplo, García Linera 2010) En fin, ni el peligro dictatorial, ni las visiones totalitarias han desaparecido del todo. Del mismo modo es imposible afirmar que las democracias de tipo occidental están protegidas para siempre del peligro totalitario. No hay que olvidar que tanto el fascismo como el nazismo emergieron desde el interior de formaciones democráticas. Incluso puede ser posible que en nombre de la propia democracia emerjan proyectos antidemocráticos, ideológicos, fundamentalistas y misionales. Por ejemplo, John Gray, en su ya popular obra Apocalyptic Religion and the Death of Utopía” (2007) ha demostrado con lógica y hechos irrebatibles como al interior del gobierno Bush yacían concepciones totalizantes cuyo objetivo era realizar la utopía democrática mundial no importando los medios que se utilizaran, incluyendo violaciones a los derechos humanos, guerras “preventivas” y -como sabemos por Guantánamo- campos de concentración y torturas.
En fin, el ser humano no es democrático por naturaleza –lo que siempre destacaba H. A.- de modo que la tentación totalitaria asoma en tiempos y lugares menos esperados. Incluso en nombre de la democracia. Es en ese sentido que, siguiendo a Kant, H. A. manifestó en diversas ocasiones que la capacidad de pensar va siempre anudada con la capacidad de mentir. O dicho así: casi siempre olvidamos que la razón porta consigo no sólo la posibilidad de razonar sino también la de racionalizar. De este modo somos siempre proclives a justificar los peores actos en nombre de ideales superiores y cósmicas ideologías.

2.
De acuerdo a un tratamiento sociologista del tema del totalitarismo, H. A. es considerada como la teórica de los sistemas totalitarios por excelencia. Craso error. Los estudios de H. A. con respecto al tema están muy lejos de ser un análisis de determinadas estructuras sociales, sociológicas  o sociologistas de “tipo” totalitario. Del mismo modo será necesario destacar algo que gran parte de quienes se han ocupado de la obra de Arendt han pasado por alto: jamás H. A. desarrolló una teoría del totalitarismo como sistema social. Y no lo hizo porque jamás pretendió ser una teórica social.
H. A fue, antes que nada, una pensadora  filosófica – y teológica- de la condición humana, sobre todo cuando esta condición se hace presente bajo la luz radiante de la política. Eso quiere decir que ella estaba muy lejos de ocuparse de determinadas teorías sistémicas. Su preocupación central fue siempre el ser humano en relación consigo y con los demás. Ésa, la humana, no es para H. A. una condición antropológica o social, sino – siguiendo la ruta trazada por Husserl y Heidegger pero elevada hacia “lo público”- la de aquel ser humano que “existe siendo” pero sin acceder nunca hacia la totalidad del Ser que es, de acuerdo a la teología arendtiana, Dios. Dios: palabra que no se atrevió a pronunciar Heidegger, pero que sobredetermina toda su concepción del Ser, como ha demostrado, desde su perspectiva judía, Marléne Zarader (1990) en su hermoso estudio sobre la filosofía heideggeriana. Es por eso que afirmo aquí que para alguien como H. A. el totalitarismo no es “un tipo de sistema social”, sino el resultado institucional de la degradación del espíritu, tanto colectivo como individual.. En fin, lo que quiero decir es que H. A. no era Max Weber, ni nada parecido.
El totalitarismo (o Estado total) para escribirlo de modo simple, surge, o puede surgir, sobre las ruinas del pensamiento político que es a su vez la condición de vida de esa construcción imaginaria que los sociólogos denominan “la sociedad”. O dicho en exacto sentido arendtiano: allí donde desaparece la diferencia entre el mundo del pensar y el del actuar desaparece la política y así el Estado ya no será de todos sino todos seremos del Estado.
Habiendo perdido la condición política, dejamos objetivamente de ser ciudadanos y con ello nos convertimos en seres banales. Y si somos banales, todos nuestros actos, incluyendo nuestras maldades, serán banales. Ese es el sentido original de la “banalidad del mal”. No puede pensarse entonces en la banalidad del mal sin pensar en la banalidad de los malvados, lo que no quiere decir, por supuesto, que el mal será siempre banal. El mal es banal cuando es cometido por seres banales y, sobre todo, banalizados. Los ideólogos, los hechores, los grandes fundadores del Estado totalitario estaban, por el contrario, muy lejos de ser seres banales. Eran, sí se quiere, no demonios, pero sí, seres demoníacos. Pero las innombrables maldades de los seres “demoníacos” no habrían podido jamás cometerse si no hubiesen contado con la colaboración de multitudes de seres banales.
Anticipo entonces una tesis: la banalidad del mal es para H. A. una de las condiciones imprescindibles de la radicalidad del mal. O mejor dicho: hay una relación de estrecha colaboración entre la maldad radical y la maldad banal hasta el punto que la primera sólo puede hacerse presente sobre la base de la primera.
Al escribir las últimas frases resulta más que evidente que estoy tratando de hacer una relación entre dos textos “clásicos” de H. A. El ya mencionado sobre los orígenes del totalitarismo, y el controvertido estudio sobre el caso Adolf  Eichmann: Eichmann en Jerusalén (1964). Dos textos que jamás deberían ser leídos separados el uno del otro. Dos textos que no encierran dos “teorías” diferentes. Dos textos que son tentativas respuestas surgidas frente a esa pregunta que perseguía a H. A. ¿Cómo fue posible tanta, pero tanta maldad en un país supuestamente culto como era la Alemania pre-hitleriana? En el primer texto nos son presentados algunos escenarios y descripciones del horrendo crimen. En el segundo, los banales individuos que hicieron posible el crimen de los cuales Eichmann fue para H. A. sólo un representante entre varios.
El libro sobre los orígenes del totalitarismo es, visto de un modo formal, un tomo que contiene tres libros que podrían haber sido publicados perfectamente de modo separado. El primer libro es “El Antisemitismo”, el segundo, “El Imperialismo”. Recién el tercero está dedicado al tema de la dominación totalitaria. Como señala Karl Jaspers en su prólogo a la edición alemana (1955), se trataría de un libro de historia. Pero no es, en estricto sentido, un libro de historia. Analizando la estructura general del libro se observa que los dos primeros textos son de verdad, de historia, pero ellos están puestos al servicio del tercero, que no es de historia. Ese tercer texto titulado “la dominación totalitaria” pese a estar al final de libro es, a su vez, y paradójicamente, el centro del libro. Y si hubiera que definirlo, habría que decir que se trata de un texto político que contiene profundas connotaciones filosóficas, mas no de un texto histórico.
H. A. comienza estableciendo una premisa aparentemente sociológica, a saber, que los orígenes del totalitarismo hay que encontrarlos en el derrumbe (desintegración) de las estructuras que conforman la llamada sociedad de clases. Con esa formulación, H. A. se sitúa en polémica abierta con la tesis marxista que confiere un rol progresivo al derrumbe de las estructuras sociales de clase. No así para Arendt. Para ella las clases constituyen el andamiaje arquitectónico que da sentido y forma a la sociedad. Efectivamente: sin clases no hay alianzas de clases ni asociaciones de clase. Cada clase comporta la existencia de asociaciones, las que son inter y extraclasistas. Sin clases no puede hablarse de asociaciones y sin asociaciones no hay, por supuesto, “sociedad”.
De acuerdo a Arendt el derrumbe de las estructuras clasistas –que no es lo mismo que la desaparición de las clases- no proviene ni da origen a una sociedad igualitaria sino a una sociedad de masas la que a su vez origina la desigualdad más radical posible que es la que se da entre un pueblo masificado y un Estado que reclama para sí el monopolio absoluto de la política. Mas todavía, según H. A. todo régimen totalitario es precedido por movimientos sociales de masa que se articulan simbólicamente en torno a la figura de un Führer (conductor). De este modo, las clases, aún existiendo, asumen la forma de masa y la masa la forma de populacho (Mob). Este, al que podríamos llamar “momento populista del totalitarismo”, es una condición ineludible a toda formación totalitaria. Por lo demás, H. A. no está muy sola con esa opinión. De una u otra manera es muy similar a la de autores que han visto en la “masificación de lo social” un signo de desintegración no sólo social, sino sobre todo político y espiritual. Entre varios podemos mencionar a Gustavo le Bonn (1951), Sigmund Freud (1993), Elías Canetti (1980) y Ortega y Gasset (1971)
“Movimientos totalitarios son movimientos de masa y ellos son hasta ahora la única forma de organización que han encontrado las masas modernas y que parece ser adecuada para ellas”, escribió H. A. (1955:499). Formulando la misma tesis en términos actuales, podemos decir que todo régimen totalitario tiene un origen populista aunque no todo movimiento populista culmina necesariamente en un régimen totalitario. Ese es, por cierto, uno de los postulados principales de quienes han dedicado esfuerzos para estudiar el populismo moderno, entre otros, Ernesto Laclau (2005). El movimiento totalitario sería, en ese sentido, una forma de re- articulación que surge de la desarticulación clasista la que a su vez lleva a la “sociedad de masas”. La desarticulación clasista tiene entonces dos posibilidades: o no es sucedida por ninguna re-articulación y deriva en aquella situación de “anomia” o desintegración general descrita por Durkheim (1967) o encuentra nuevas formas de rearticulación dentro de las cuales las más conocidas son las populistas las que, bajo determinadas condiciones dan origen a sistemas de dominación totalitaria.
Ahora, el segundo momento que lleva a la consolidación de un sistema de dominación totalitaria ocurre cuando tiene lugar aquello que H. A. llama alianza entre el populacho (Mob) y la elite. En este punto será necesario precisar que ni el concepto masa (populacho) ni el concepto de elite son usados por H. A. de acuerdo a su significado sociológico tradicional. Según ese significado, la masa estaría formada por los sectores más pobres de la sociedad y las elites, por grupos selectos de profesionales. Para H. A. en cambio, la masa no son “los más pobres” sino todos aquellos que, independientemente a sus pertenencias sociales se ponen bajo la disposición de un líder y de un Estado totalitario. A su vez, las elites no son para ella los grupos más selectos sino articulaciones que se desligan de las relaciones sociales con el objetivo de convertirse, de acuerdo a una expresión de Poulantzas (1968), como “clase en el poder” .
Las elites en el sentido arendtiano pueden estar constituidas por una banda de demagogos (caso del nazismo) o por un partido leninista. Hoy podríamos agregar, de acuerdo a casos  latinoamericanos (pinochetistas y castristas) por una jefatura militar o, en el caso islamista, por una teocracia impenetrable (ejemplo: Irán). En síntesis, el concepto de elite tiene para H. A. una connotación política y no social, y mucho menos sociológica. Las elites de Arendt no tienen nada que ver con las de un Gaetano Mosca o las de un Wilfredo Paretto.
Hechas estas precisiones podemos entonces mencionar el tercer momento que lleva, según H. A., a la construcción del edificio totalitario. Dicha construcción está condicionada por aquello que la filósofa llama la propaganda totalitaria.
La propaganda totalitaria precisa, de acuerdo a A. H., de una ideología totalitaria y de un líder totalitario. De ahí que el objetivo de esas propaganda está destinado a minar las reservas espirituales de cada ser humano, su capacidad de reflexión y juicio, es decir, a sustituir las ideas por ideologías. Eso pasa, evidentemente, por la destrucción de las instituciones destinadas a producir ideas, sobre todo las Universidades, las que en un regimen totalitario son convertidas en museos ideológicos. Las ideologías son, en este caso, el sustituto de las ideas o, como formulé en otra ocasión: son sistemas de ideas petrificadas (Mires 2002)Y efectivamente; quien es poseído por una ideología no piensa, es pensado por la ideología. Pero a la vez, las ideologías están representadas por encarnaciones terrenales, y si las ideologías son infalibles, sus representantes también lo serán. La creencia en la infabilidad de líder es, según H.A., uno de los atributos inherentes a todo régimen totalitario.

3.
Para muchos autores, la fusión entre ideología, masas y líder contiene en sí los elementos que llevan, tanto desde una perspectiva dogmática como ritual, a la formación de un nuevo tipo de religión. Pero la ideología, la masa y el líder no constituyen de por sí una religión, como repitió muchas veces H. A. Son su simple simulacro, o si se quiere, una visión degradada de lo divino en lo más banalmente humano.
Así se explica porque todos los regímenes totalitarios, o con pretensiones de serlo, han entrado siempre en conflicto con las religiones y las confesiones, y uno de sus objetivos principales ha sido y será, si no destruirlas, reducirlas a un status marginal. En fin, de lo que se trata mediante la aplicación sistemática de la propaganda totalitaria es de reducir la capacidad espiritual de cada individuo. Pero como la espiritualidad no puede ser separada de la capacidad de pensar –no olvidemos: el pensamiento es el medio que lleva al espíritu- la reducción de la espiritualidad no puede significar otra cosa que la banalización de cada ser humano a fin de que sea sometido al arbitrio ideológico y policial del líder total, representante del pueblo, de la nación, del partido y del Estado, a la vez.
La banalización del ser humano precisa, en consecuencias, de su des-moralización radical, la que no ocurre, por cierto, de un día a otro; se trata más bien de un proceso, y en Alemania, como en otras naciones, ese proceso comenzó aún antes de que Hitler se hiciera del poder. Los estudios de Max Weber acerca de la racionalización de las empresas y del Estado son bastante útiles para todos aquellos a quienes interese analizar los orígenes del totalitarismo moderno, sobre todo si se tiene en cuenta que Hitler y su banda llevaron la lógica de la racionalización al espacio de la política y luego la pusieron al servicio de su objetivo final: el genocidio. De este modo, los campos de concentración eran vistos por sus técnicos y administradores como simples fábricas. Y efectivamente: eran fábricas destinadas a la producción en masa de la muerte.
Ahora, des-moralización, desde el punto de vista filosófico significa la supresión de esa segunda voz que potencialmente todos portamos en aquel órgano virtual que llamamos “conciencia”, voz que nos indica, a través de ese dialogo dinámico que es el pensamiento, cuales son las diferencias entre lo bueno y lo malo, entre lo justo y lo injusto, entre lo verdadero y lo falso. Sólo cuando esa voz interior calla, o es enmudecida, seremos definitivamente banales, esto es, seres en condición de dejarse llevar por la voz altisonante del líder supremo que todo lo sabe, que todo lo piensa y en quien sólo necesitamos creer para alcanzar la redención sobre la tierra. Es por esa razón que la des-moralización desde el punto de vista teológico recibe otro nombre: demonización.
Para que exista demonización se requieren, como en el Fausto de Goethe, dos entidades. El demonio que nos posee, y el personaje faústico; es decir, el demonio y el demonizado. ¿Y qué es el demonio desde el punto de vista teológico? En primer lugar, un vacío producido por la ausencia de Dios en el alma. Eso significa que si Dios se presenta en lo bueno que hay en cada uno, el demonio no se presenta como presencia sino como ausencia, es decir: como ausencia de bien. Luego, el ser banalizado es el ser vaciado de bien. Sólo a través de ese vacío (o vaciamiento) de las nociones del bien puede penetrar en plenitud la presencia del mal, presencia que sólo emerge frente a la radical ausencia del bien. Pero a la vez, y aquí reside la perversión final de cada proceso de banalización colectiva, la presencia del mal no se presenta en nosotros como mal, sino como bien supremo. O en otros términos: cuando perdemos la noción del mal, perdemos a su vez la noción del bien. Y al no poder o saber diferenciar entre la maldad y la bondad, caemos en la banalidad total, condición a su vez -ésta es la idea de H. A.- de la maldad radical representada en los campos de exterminio: el triunfo del principio de muerte (el mal) por sobre el principio de vida; el asesinato masivo configurado como un simple proceso de producción técnica del cual, en definitiva, nadie aparece como ejecutor total. Es en ese sentido que H. A. vio en los campos de concentración y de exterminio, o en la visión inerranable del Holocausto, aquello que Emmanuel Kant ni siquiera imaginó al acuñar el término del “mal radical” (1995).
El mal total, o mal radical puede, a su vez, ser entendido desde la perspectiva de una teología negativa, que eso es al fin la demonología, como la demonización del humano entendiendo por demonización el proceso sistemático que lleva a la anulación pensante del ser (espiritualidad). Esa es, a la vez, una tesis de Hannah Arendt, tesis que fue desarrollada en profundidad en su libro Zwischen Vergangenheit und Zukunft (Entre el Pasado y el Presente)
De acuerdo con H. A. es imposible establecer una relación de equivalencia entre ideología y religión (2000: 324) La razón es que mientras la ideología bloquea el desarrollo del pensamiento (espíritu) la religión, para que sea tal, requiere, más allá de sus rituales, de altas cuotas de espiritualidad.
Creer en Dios es pensar en Dios, luego no podemos acceder a Dios fuera del pensamiento que es precisamente la instancia que anula cada ideología, sobre todo cuando esta ideología es impuesta desde un Estado total. Ahora, según H. A., una de las propiedades de las ideologías modernas (marxismo, fascismo, liberalismo) es haber eliminado el temor al demonio, o lo que es igual: la creencia en el infierno. El demonio y el infierno no son, por lo tanto, dos entidades materiales –y en ese punto Arendt está de acuerdo con la teología moderna- sino la negación del bien, negación que llegó en Alemania a radicalizarse hasta el punto que lo hechores de los crímenes más horrorosos no se reconocían ni ante sí mismos ni antes los demás como culpables. Con su ironía acostumbrada, dijo una vez H. A. al visitar Alemania, después de la guerra. “Ahora resulta que en Alemania nunca hubo un solo nazi”.
“Si el demonio no existe, todo está permitido”, podemos decir invirtiendo la frase del Fedor Karamazov de Dostoyevski. Eso significa que sin la presencia amenazante del mal no reconocemos la posibilidad del bien, y al no poder diferenciar el mal del bien nos convertimos en seres no pensantes (banales). Como escribiera H. A. en su libro Ich will verstehen (Yo quiero entender): “Yo estoy segura que toda la catástrofe totalitaria no habría sobrevenido si la gente hubiera creído más en Dios, o por lo menos en el infierno” (1998: 85). Eso quiere decir que los hombres que llevaron a cabo el Holocausto no sólo eran seres que no conocían la noción del mal. Tampoco –y por lo mismo- eran capaces de sentir culpa. Y, por cierto, como ocurrió con Eichmann, no sabían pedir perdón.
El Holocausto es la presencia real de la consumación del mal total, aquella que se expresa en el proyecto de convertir a los humanos en cosas superfluas que pueden y deben ser eliminados por un designio ideológico concebido por seres demoníacos. Ahora, que ese proyecto hubiese sido implementado no sólo por los más radicales malvados de la historia universal sino por seres humanos banales, no sólo no disminuye la radicalidad del mal. Por el contrario: la sobre-dimensionaliza hasta llegar a un punto donde, aún después del horrendo crimen cometido al pueblo judío, ni siquiera el pensamiento puede alcanzar la presencia del mal. Y no lo puede alcanzar porque la banalidad del mal presupone, en primera línea, la eliminación del pensamiento. O dicho así: el pensamiento no puede pensar lo que está afuera del pensamiento: la total, la absoluta, la radical banalidad del mal. La banalidad del mal no es, luego, un atenuante de la radicalidad del mal. Es, si se quiere, su complemento, su condición necesaria. Sin extrema banalidad la maldad radical no podría ser posible.

4.
En crónicas después compiladas bajo la forma de un libro, H. A. creyó encontrar en Eichmann el prototipo representativo de la banalidad del mal.
Que con su seriedad de gran historiador Hans Mommsen (1964: l- XXXll) hubiese descubierto después de la publicación del libro de H. A. que Adolf Eichmann no era el representante más adecuado de la banalidad del mal sino un gran actor que ante el juicio simuló ser banal con la esperanza de salvar su miserable vida, no devalúa en nada la idea de H. A. en el sentido de que su descripción de Eichmann corresponde, si no con Eichmann, con la biografía de miles de ciudadanos alemanes cuya conciencia fue minada desde el poder y cuya noción del bien fue sepultada bajo el peso de una ideología del mal. Miles de seres vaciados de sí mismos, individuos atomizados que dejaron de ser personas para convertirse en hordas, piezas de una maquinaria infernal puesta al servicio de la muerte colectiva.
Los Eichmann, descubrió Hannah Arendt, pueden ser incluso muy inteligentes, prolijos y responsables en sus trabajos. Pueden cultivar incluso, y con gran dedicación, todas las llamadas virtudes secundarias (puntualidad, limpieza, orden, disciplina, etc.) Pueden ser, además, excelentes “jefes” de familia. Pero no saben o no quieren pensar. Y pensar, para H. A. - en ese punto sigue a Kant quien siempre hacía la diferencia entre el pensar y el entender- viene de una actividad, no de una pasividad del espíritu. Sólo a través del pensamiento activo –hay que repetirlo- podemos reconocer la diferencia entre el bien y el mal.
H. A. vio en Eichmann lo que fueron muchos cómplices y actores del nazismo: un ser incapacitado para pensar y por lo mismo alguien que al no saber distinguir la diferencia entre el bien y el mal sólo podía funcionar, pero no vivir. Un funcionario, es decir, alguien que funcionaba y nada más. Sin esos seres funcionales ninguna dictadura totalitaria puede ser  posible. Sin la horrible banalidad del mal –“frente a la cual la palabra falla y el pensamiento fracasa” (Arendt 1964:300) - el mal, en su expresión total y radical, nunca habría podido existir.



Referencias:

Arendt, Hanna Ich will verstehen Piper, München 1996
Arendt, Hanna Über das Böse, Piper,  München 2007
Arendt, Hanna Zwischen Vergangenheit und Zukunft, Piper, München 2000
Arendt, Hannah Eichmann in Jerusalem, Piper, München 1964
Arendt, Hannah The Origin oft Totalitarism Harcout Brace Jovanovich, New York 1951. La edición alemana lleva como título Elemente und Ursprünge totaler Herrschaft, Piper, München 1955
Canetti, Elias Masse und Macht, Fischer, Frankfurt 1980
Durkheim, Emile Les regles de la méthode sociologique, París 1967
Freud, Sigmund Massen Psychologie und Ichanalyse, Fischer, Frankfurt 1993
Gray, John Apocalyptic Religion and the Death of Utopía” Farrar, Straus, and Giroux, New York 2007
Kant, Immanuel Methaphysik der Sitten, Werke 5, Könemann, Köln 1995
Laclau, Ernesto La razón Populista,  FCE, Buenos Aires 2005
Le Bon, Gustave Psychologie der Massen, Kroner, Stuttgart 1951
Linera García, Alvaro  Del Estado aparente al Estado integral. Revista Nueva Crónica, La Paz (26 de febrero hasta el 11 de marzo de 2010) Núm. 51, pp 10-12
Mires, Fernando Crítica de la Razón  Científica, Nueva Sociedad, Caracas 2002
Mommsen, Hans Hanna Arendt und der Prozeß gegen Adolf Eichmann en Arendt 1964
Ortega y Gasset La Rebelión de las Masas, Alianza, Madrid 1971
Poulantzas, Nicos Pouvoir Politique et classes sociales de lé état capitaliste, Maspero, Paris 1968
Zarader, Marléne La dette impensée, Heidegger et l’héritage hébraique, Du Seuil, París 1990
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viernes, 17 de diciembre de 2010

Curriculum de Daniel Ortega ,Presidente de Nicaragua

Esta información reveladora de quien es Daniel Ortega,Presidente de Nicaragua me ha llegado en un correo electrónico.A solicitud del remitente me reservo su nombre. 
 De comentario solo cabe uno: Esto es increible ,pero cierto.

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José Daniel Ortega Saavedra : Nació en una familia clase baja nicaragüense en La Libertad, Chontales, Nicaragua, el 11 de noviembre de 1945.
Estudios primarios y secundarios: Se le expulsó de la escuela a la que asistía en su población natal, La Libertad, viéndose obligado a marchar a Managua, donde consiguió reanudar los estudios en el Instituto Pedagógico, regido por los Hermanos de La Salle, de donde también fue expulsado, para finalmente terminar con dificultad sus estudios de secundaria en el colegio público Maestro Gabriel.

Estudios universitarios: En 1963 ingresa a la Universidad Centroamericana en Managua, a la facultad de Derecho y ése mismo año, seis meses después, abandona sus estudios.
Ejecutorias: Entre las mas notarias destacan las siguientes:
• En 1967, es detenido por asaltar un banco (robo con intimidación)
• El 27 de diciembre de 1974 asaltó a mano armada la casa del Doctor José María Castillo Quant, Presidente del Banco Nacional de Nicaragua (BNN), ubicada en el Colonial Los Robles, en Managua.
• En marzo de 1998 Zoila América Narváez Murillo, su hijastra, lo denuncia penalmente y ante la Corte Internacional de Derechos Humanos, de que éste le había infligido abusos sexuales y diversas agresiones físicas y psicológicas desde los 11 años de edad hasta fecha reciente. Por ser diputado en ése momento José Daniel Ortega Saavedra, se acogió a la inmunidad parlamentaria. Su caso prescribió y no se le pudo juzgar nunca.


Otras actividades:
Siendo Presidente de la República de Nicaragua, participó en uno de los más grandes fraudes que se conocieran en la historia de ése país, la llamada “PIÑATA”; donde él se repartió con sus allegados, familiares y líderes del FSLN, miles de valiosas propiedades, autos de lujo, jets privados y millones de dólares de cuentas bancarias de ciudadanos honrados que huyendo de su régimen déspota, perdieron todo su patrimonio en un abrir y cerrar de ojos.

Sus hijos estudian en una universidad privada costarricense , se desplazan en autos de 100 mil dólares con placas de la embajada Nicaragüense y viven en San José en un residencial de lujo conocido como Vista Real.

En otras palabras, el flamante presidente de la  República de Nicaragua ha tenido como únicos cuatro oficios los siguientes:
Ladrón
Pedófilo (sátiro)
Guerrillero sin preparación militar y
Presidente de la República de Nicaragua en dos períodos diferentes

Y todavía estupefactos no logramos entender:
- Cómo éste delincuente casi analfabeta, ha logrado ocupar en dos ocasiones diferentes, la presidencia de la República de Nicaragua?
- Cómo un pedófilo de ésta magnitud ha osado hablarle al mundo de que en Costa Rica el narcotráfico es quién manda la política exterior?
- Cómo un guerrillero empírico y sin ideología vigente hoy en el mundo, intenta desestabilizar a un país que NO es el suyo, pero que le da educación, comida y techo a un millón y medio de sus compatriotas - incluidos sus dos hijos – todos refugiados en Costa Rica, dada la imposibilidad de vivir en un país por el cuál José Daniel Ortega Saavedra NUNCA ha hecho ni hará nada más que robarle?

Tampoco es justo, que una población de un país que diariamente se esfuerza por salir adelante y que NO OCULTA que tiene problemas graves como Costa Rica, deba prestar atención a un; repito, analfabeta y pedófilo, que intenta perpetuarse en el gobierno de su país para seguir robando, y que además, intenta trasladar cobardemente su responsabilidad de la pobreza y hambruna en la que tiene sumida a su propia Nación.
Nicaragua ocupa el puesto 115 de 169 países en el mundo según el Coeficiente de Desarrollo Humano (CID) , muy cerca de Haití que ocupa el puesto 145
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America Latina...Un balance Preliminar - Corte a 17 Diciemre 2010


América Latina: Un balance preliminar.
Crecimiento con brechas por cerrar. Estabilidad política con alarmas encendidas.
Débil y dispersa movilidad social. Una integración declamada
1.       A vuelo de pájaro.

Corren los últimos días del año, y a vuelo de pájaro,  pasamos nuestros ojos por sobre los acontecimientos acaecidos  en nuestra región. Una forma de recuerdo para  fortalecer nuestra débil memoria,  tratando de evitar los errores que repetimos con frecuencia  como sociedades. Mirar el pasado reciente  desde el presente, nos debe ayudar a percibir con mayor claridad el futuro mediato y actuar mejor individual y colectivamente.

2.       Mejor pero insuficiente.

América Latina, incluyendo al Caribe en sus diversas expresiones, ha podido superar la recesión económica que sufriera el pasado año, consecuencia de la crisis que golpeó al denominado primer mundo. Según El Informe Preliminar de las Economías de América Latina y el Caribe, presentado por Alicia Bárcena, Secretaria Ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL),la región terminará el presente año con un crecimiento promedio de un 6 por ciento de su Producto Interno Bruto (PIB), frente a un decrecimiento de 1.9 por ciento el pasado año. Paraguay con un 9.7 por ciento, Uruguay con un 9 por ciento y Argentina con un 8.4 por ciento, son los tres países con mayor crecimiento en la región. Los tres ubicados en el Cono Sur y miembros del MERCOSUR. Haití con un menos 7 y Venezuela con un menos 1.6 por ciento, son los únicos países en la región con un decrecimiento en sus economías.
Como consecuencia de este crecimiento se reduce la pobreza, presentando índices similares a los de 2008. La CEPAL estima que un 32.1 por ciento de la población de la región vive en la pobreza (180 millones de habitantes), de los cuales el 12.9 por ciento se encuentra en la indigencia. El desempleo se ubica en un 7.4 por ciento, con una pequeña reducción de un 0.7 por ciento, destacándose que el desempleo juvenil es tres veces mayor que el desempleo en los adultos. Estos datos primarios muestran que la región ha podido detener el deterioro que sufriera el pasado año, logrando obtener resultados económicos por encima de regiones como Europa.
Sin embargo, crecimiento no es desarrollo. América Latina continúa siendo el continente con mayor desigualdad en los ingresos de su población. Este crecimiento no ha cerrado las profundas brechas existentes en nuestras sociedades.
CEPAL considera que el próximo año será distinto, proyectando  el crecimiento del PIB,  entre un 3 y un 4.2  por ciento. .Advierte que las debilidades en las economías del mundo desarrollado impactarán negativamente. Por ello también expresa recomendaciones,  confiando en que estamos mejor preparados  para encarar los vientos de tormenta económica mundiales.

3.       Estabilidad política con alarmas.

En el presente año continuaron realizándose las consultas electorales en la región donde no se registraron sorpresas. En Costa Rica, la candidata del oficialismo, Laura Chinchilla, llegó a la presidencia de la pequeña República centroamericana, logrando un holgado triunfo. En Chile, la denominada “Concertación”, deja el poder después de 20 años gobernando, ante el anunciado triunfo del millonario conservador Sebastián Piñera, quien derrotara en una segunda vuelta al candidato oficialista, el ex presidente Eduardo Freí. En Brasil, la también candidata oficialista Dilma Rousseff, obtuvo una clara  victoria  en la segunda vuelta, para asumir el cargo el próximo 1º de enero.
En Honduras se realizaron unas muy polémicas elecciones presidenciales, después del derrocamiento del no menos polémico Manuel Zelaya, resultado electo Porfirio Lobo, candidato del opositor Partido Nacional. Estas elecciones dividieron a la región. Un grupo de países ha reconocido al nuevo gobierno hondureño y otro grupo le rechaza. La OEA no ha aceptado el reintegro de Honduras a su seno.
Finalmente en cuanto a consultas electorales, en Haití, bajo condiciones muy precarias producto del terremoto acaecido el pasado mes de enero y la epidemia de cólera que se ha desatado recientemente, se realizaron el pasado 28 las elecciones presidenciales.
Según los resultados oficiales, concurrirán a una segunda vuelta el próximo 16 de enero, la ex primera dama Mirlande Manigat, a quien le asignan un 31 por ciento de los votos emitidos y el candidato oficialista Judy Celestin. El tercer candidato en discordia, Michel Martelly ha rechazado los resultados, con una secuela de duros enfrentamientos entre sus partidarios y las autoridades.
Lamentablemente, para muchos dirigentes políticos en el mundo,  Haití es considerado un Estado “fallido”, incapaz de su autogobierno. De hecho, sus habitantes sobreviven bajo el protectorado de las tropas de la ONU y con las limitadas ayudas que aportan algunos gobiernos y organismos internacionales. Más de un millón de haitianos viven en carpas, dependiendo de los alimentos que les entregan las instituciones de ayuda. Por ello existen dudas sobre la capacidad de un nuevo gobierno para encarar este drama.
En el marco general de la estabilidad política de la región, además del derrocamiento de Zelaya en Honduras y la muy compleja situación de Haití, en Ecuador supuestamente por demandas laborales, se insubordinaron un grupo de policías. El gobierno calificó el hecho como un intento de “golpe de estado”, provocando una amplia movilización de los gobiernos de la región en apoyo al gobierno del Presidente Rafael Correa.
El accidente de Honduras y el incidente de Ecuador han prendido las alarmas. Considerando que la Carta Interamericana Democrática, aprobada por la OEA en 2001, es insuficiente para encarar un quiebre constitucional, como sucediera en el caso de Honduras, la Unión de Naciones del Sur, UNASUR, acordó la denominada “cláusula democrática”, la cual recoge una serie de resoluciones para encarar colectivamente, cualquier intento de romper el orden constitucional. En el mismo sentido y en un escenario más amplio, se pronunció  la XX Cumbre Iberoamericana de Presidentes y Jefes de Estado, realizada los días 3 y 4 de diciembre en Mar del Plata, Argentina.
4.       Una lectura más completa.
Son saludables las decisiones de los gobiernos de la región, para encarar con firmeza cualquier intento de quebrar el orden constitucional en nuestros países. Pero no es honesto limitar su acción solamente para defender la denominada “legitimidad de origen”, en referencia a los gobiernos electos por la voluntad popular. Esto es válido pero insuficiente. Hay que vigilar y actuar con la misma firmeza, en contra de quienes no hacen un ejercicio democrático en el poder.  Hay claros parámetros para  realizar una valoración más amplia de la democracia. La real separación de poderes, el pleno respeto a los derechos humanos, las libertades de expresión, organización y movilización y la alternabilidad en el poder, son algunos de esos parámetros para medir una democracia entendida como un derecho humano fundamental.
Por lo anterior no basta la condena frente a un hecho de fuerza tradicional. Ahora es necesario prender también las alarmas frente a los denominados “golpes de papel”, donde mediante acciones “legales” muy discutibles o claros abusos en el uso del poder, se violenta la democracia.  En consecuencia, la legitimidad de origen tiene que complementarse con un ejercicio democrático del poder. En nuestra región hay ya claros indicios de gobiernos que se rasgan las vestiduras  defendiendo su legitimidad de origen, pero un muy cuestionable  ejercicio del poder.  En el futuro mediato este tema estará muy presente en la agenda para la defensa de la democracia.
5.       Una insuficiente movilidad social efectiva.

Nunca antes en la historia política de nuestra región se ha invocado con tanta fuerza la  “participación” y la “inclusión” del pueblo organizado en la toma de decisiones. Es el discurso de orden tanto para los que se denominan de “izquierda”, como aquellos calificados  de “derecha”.
Sin embargo, la participación e inclusión de los sectores populares en la toma de decisiones no se ha hecho efectiva. Las movilizaciones populares reclamando atención a sus múltiples necesidades y en general el poco éxito que obtienen, es una muestra  de la distancia entre el discurso y los hechos.
Es preocupante el claro debilitamiento de las organizaciones  para la defensa de los derechos y libertades de los trabajadores. Por supuesto que en ese debilitamiento hay factores internos que no han logrado superar, pero hay importantes factores externos. Si bien es cierto que “legalmente” en términos generales se les reconoce y no se les persigue abiertamente. No es menos cierto que frecuentemente se les desconoce en sus reclamos y en algunos casos, se les reprime solapadamente. Para muchos, el mejor sindicato es el que no existe. Hoy el movimiento de los trabajadores no es una fuerza social capaz de encarar el poder neoliberal. Pero lo interesante es que en donde se dice gobierna la “izquierda”, tampoco se ha desarrollado esa fuerza y mucho menos es un factor de poder social
Hay una fuerte insurgencia de múltiples organizaciones populares, pero en el marco de una diáspora que les hace débiles, sin sinergia entre ellas, y en su mayor parte, ubicadas bajo el paraguas del gobernante de turno. La democracia política no ha sido capaz de desarrollar organizaciones populares con plena autonomía e independencia  de pensamiento y acción,  en su accionar  en favor de los sectores que representan.  El riesgo de una “explosión  social “no parece inminente, pero  dado que los problemas persistirán y en algunos casos se agravarán, no debemos ser muy optimistas con relación a la llamada “paz social” que tanto anuncian nuestros gobernantes.

6.       Una integración declamada.

Así como se declama la participación e inclusión del pueblo en el plano interno, con no menos fuerza se declama la necesidad de la integración de América Latina y el Caribe. Sin embargo, estamos lejos de su concreción La Organización de Estados Americanos (OEA), ha dejado de ser, sí  alguna vez lo fue, un punto de encuentro para nuestras naciones. Los esfuerzos integracionistas subregionales, no pasan de ser lugares de encuentros comerciales, donde se marcan diferencias y en algunos casos confrontaciones entre sus miembros y con el resto de la región.
La iniciativa brasileña de conformar la Unión de Naciones del Sur (UNASUR), primer paso para posteriormente incorporar al resto de los países de la región, sin la presencia de Estados Unidos y Canadá, para en el fondo, quedar el gigante del sur como el único o por lo menos, el principal interlocutor de la región con esos países y el resto del mundo. Pero la UNASUR no ha podido superar sus contradicciones internas.  Las discrepancias entre los grandes y los chicos, la pugna por los liderazgos, no le han permitido crear un  peso propio en la comunidad internacional. No parece factible a corto plazo una ampliación de ese grupo regional y tampoco la creación de otro organismo que sustituya a la agonizante OEA.  Mientras, como ahora nos revela el “cable gate”, la mayoría trata de mantener buenas relaciones con el imperio del norte
El plano integracionista de complica con la conformación de la Alianza Bolivariana para las Américas, ALBA. Este grupo de países que giran en torno a los petrodólares venezolanos, al margen de abrazos y  discursos, parece están tan lejos de UNASUR como de la OEA. Sus políticas de alianzas extra regionales apuntan a generar tensiones y separaciones.
En cuanto a las tensiones binacionales, unas se congelan o se mantienen soterradas, mientras otras reaparecen. Los gobiernos de Colombia y Venezuela disfrutan  por ahora, de una luna de miel en sus siempre complejas relaciones. Los gobiernos de  Argentina y Uruguay parece han llegado a un acuerdo en su diferendo  por las papeleras instaladas por Uruguay en el río del mismo nombre. El triangulo conformado por los gobiernos  de Chile, Perú, Bolivia, mantienen bajo control sus diferencias, mientras que de nuevo  los gobiernos de Costa Rica y Nicaragua recurren al Tribunal de La Haya para dirimir sus discrepancias. Lo interesante a destacar es que ni los organismos subregionales, ni los regionales son capaces de lograr mediar entre las partes en conflicto.
En ese escenario, además de las injerencias externas, hay una clara ausencia de virtudes domesticas. Continuamos bajo el torrente de palabras que expresan buenos propósitos, pero con magros resultados. No hay razones para pensar que en el futuro mediato cambie esa situación.

7              Sin  graves crisis predecibles
La mayoría de los analistas de nuestra región apuntan que para el próximo año, hay pocos indicios sobre  posibles crisis políticas en la región, que puedan comprometer la estabilidad regional. El drama haitiano seguirá tutelado,  aunque no resuelto, por la comunidad internacional. Pero Haití no es de interés para la humanidad. Los diferendos entre algunos de nuestros países, no pasarán de gestos para la galería, ocupando espacios en los medios de comunicación locales. En  el caso  de Cuba, no se espera que en el Congreso del Partido Comunista Cubano, se produzcan cambios significativos en el modelo político y hay muchas dudas sobre la viabilidad de las propuestas reformas económicas.
Seguramente, la mayor atención estará volcada sobre la situación de Venezuela y la implementación del Proyecto denominado Socialismo del Siglo XX,  impulsado por el ^Presidente Hugo Chávez, el cual puede aumentar las tensiones al interior, mientras su política exterior comprometida con países como Irán, puede provocar conflictos  con otros actores de la Comunidad Internacional.
Es de esperar y desear, que la estabilidad política continúe prevaleciendo, en el marco de una democracia participativa, impulsando  la implementación de programas  económicos y sociales,  orientados a superar el flagelo de la miseria, la injusticia y la marginalidad que golpea a uno de cada tres latinoamericanos.
Por encima de los fríos análisis, son los buenos propósitos que nacen con la Navidad y esperamos  se reealizen en el transcurrir del nuevo año.
Autor: Carlos Moris. Venezuela, Diciembre 2010.
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miércoles, 15 de diciembre de 2010

SEXO - GENERO - POLITICA

SEXO -GENERO- POLITICA

Así como los Santos Libros - llámense Biblia, Tora, Corán - rigen las formalidades de los creyentes; o la Carta Magna de los países gobiernan nuestro comportamiento legal, de la misma manera el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), máxima autoridad del idioma castellano, dicta las normas de nuestra conducta gramatical.

Entre sus reglas sobresale una muy clara en particular que reza así: Aunque tanto el sexo como el género femenino sea superior numéricamente que el masculino, ante cualquier grupo de personas, animales o cosas, debe emplearse el masculino. (La condición de sexo está reservada exclusivamente a personas y animales, mientras que la de género se aplica a cosas. Una silla es de género femenino pero no es de sexo hembra. El oro es masculino pero no macho).

Algunos neófitos, para llamar la atención y aparentar vastos conocimientos idiomáticos, o bien para singularizarse como miembros de las olas de liberalizacion del sexo o bien de izquierdistas del siglo XXI , alardean de haber un toque racista en tan idóneo precepto o recurren a la manifestación de estarse discriminando a la mujer, en vez de invocar la simplificación gramatical como objetivo primordial del idioma.

La palabra “alumnos”, por ejemplo, agrupa tanto a niñas como niños. Basta con expresar “niños” para que las niñas estén incluidas en tal expresión; o incluso decir “ciudadanos”, “diputados”, “usuarios”, “lector”, “todos”, “costarricenses”, etc. para encerrar tanto el masculino como el femenino.

En tal sentido, por ineludible mandato gramatical debe evitarse decir “niños y niñas”, “diputados y diputadas”, “usuarios y usuarias”, “elector y electoras”, “todos y todas” “costarricenses y costarricensas ”, etc.

Cuando Jesús dijo: “Dejad que los niños vengan a mi” también hacía referencia a las niñas. Ello no significaba el tener que descartarlas o imaginar que era racista.

¿Habría entonces que cambiar el nombre de “Los Derechos Universales del Hombre”` por el de “Los Derechos Universales del Hombre y de la Mujer”; o también el de “Los Derechos del Niño” por el de “Los Derechos del Niño, de la Niña, del Adolescente y de la Adolescente”?

La palabra “hombre” entraña en sí misma el significado de “humanidad”; o sea, nadie más ni nadie menos que al hombre, la mujer, el adolescente, la adolescente, el niño y la niña; por no mencionar a los bebitos y las bebitas, el embrión  masculino o el embrión femenino… En redundantes palabras: al ser humano como tal.

El DRAE, precisamente, a lo que exhorta es a abreviar el orden gramatical, utilizando las menos palabras posibles en las definiciones; es decir, la dicción precisa y apropiada que corresponda a los señalamientos.

Por ello, deben eludirse las precipitaciones personales de ignorantes lingüísticos por ser ellas empobrecedoras, artificiosas y ridículas que más bien destrozan la economía del lenguaje de manera grotesca. Son meras piruetas lingüísticas sin ningún valor que tienden hacia una vulgarización del idioma, además de degradarlo ,así como inducir a groseras confusiones que nada agregan de luz,sino que obscurecen todo.

La simplificación es la regla básica y esencial en cualquier lengua.
Lo propio es decir, por ejemplo: 1) “Las aves de corra1” en lugar de “Los gallos, las gallinas y los pollitos”;
2) “Un juego de sala” en lugar de “Un sofá, dos poltronas, una mesa de centro y dos mesitas laterales”; o
 3) “Pescadería” en lugar de “Aquí se vende pescado fresco”.

A despecho de la existencia de los discursos sosos, sin sentido de los diputados   que contrarían, sin sentido, las normas gramaticales del castellano  y dejan constancia de esa ignorancia en las nuevas leyes que pergeñan , ello no significa de manera alguna que el idioma pueda ser modificado por voluntad oficial.

Simplemente tales preceptos están idiomáticamente mal redactados, lo que los priva de toda valoración lingüística, aunque no por ello pierden en absoluto su legalidad esencial y acatamiento obligatorio. Pero, lo propio es lo correcto.

A pesar del decaimiento del modo apropiado en el vestir, intentemos evitar el modo impropio de expresión tanto oral como escrito.
Nada más degradante que un pueblo inculto o ignorante.
La idiosincrasia es una cosa y la cultura otra.
No tendamos a confundirlas…ni fundirlas con el folclore.

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domingo, 12 de diciembre de 2010

PASA AMERICA LATINA POR UN MIEDO A LA LIBERTAD...???

Opinión: América Latina: o el miedo a la libertad.
Fernando Mires  (Chile)


El presente texto es la versión escrita de la intervención  del Dr. Fernando Mires, Catedratico de Ciencia Política de la Universidad de Oldemburg, Alemania, en el “XVI Foro Eurolatinoamericano de Comunicación“ que tuvo lugar durante el 1. y 2 de Diciembre de 2010 en Buenos Aires (Universidad Torcuato di Tella) en la sección dedicada a analizar“los nuevos nombres de la política”, título que alude a los nuevos gobiernos que emergen y emergerán en América Latina.

1.
El título del grupo de análisis –“los nuevos nombres”- indica, aparentemente, la posibilidad de que estamos entrando a una nueva era. Pero bien pudiera ser que sólo los nombres cambian y la vida sigue igual. Para averiguar entonces el sentido de los nuevos nombres, entre otros: Chinchilla, Lobo, Mujica, Piñera, Rousseff, Santos, habría que preguntarse entonces sobre el significado de los ya antiguos como Arias, Bachelet, García, Kirchner, Lula, Tabaré Vasquez, Uribe, y en otra lista: Correa, Chávez, Lugo, Morales, Ortega, y, sobre todo, el más antiguo de todos: Castro.
Los “antiguos nombres” en su gran mayoría, provenían de la llamada izquierda latinoamericana. Razón que llevó decir a tanto publicista que en América Latina después de las dictaduras militares las izquierdas estaban llegando al poder. Mas, pronto fue descubierto que detrás de la jabonosa palabra izquierda podían esconderse realidades muy diversas.
A fin de simplificar la complejidad representada por los gobiernos emergentes en el periodo de la post-guerra fría, algunos autores levantaron la tesis -en términos muy generales, correcta- de la existencia de “dos izquierdas”: una ultra-radical; la otra democrática y social. La primera representada en los países del ALBA, creación castro-chavista orientada a formar un polo geopolítico “antimperialista y socialista”. La segunda, en gobiernos como los de Brasil, Chile, Uruguay, y en parte Argentina y Perú. No faltó así quien imaginara que en América Latina estaba renaciendo el antiguo conflicto entre socialdemócratas y comunistas, repetición del vivido en Europa durante los años veinte y treinta del pasado siglo.
Para comenzar el presente análisis es necesario destacar que no estamos hablando de izquierdas demasiado nuevas. Efectivamente, las izquierdas de los “antiguos nombres” que alcanzaron los gobiernos después de los periodos dictatoriales de Argentina, Chile y Uruguay, podríamos denominarlas como izquierdas históricas. ¿Qué significa dicha denominación? Significa simplemente que desde hace mucho tiempo esas izquierdas ya eran partícipes de la política tradicional. Eran, dicho así, parte de las respectivas formaciones políticas nacionales.
Los socialistas chilenos o el peronismo de izquierda o el Frente Amplio uruguayo, son entidades pre-dictatoriales de modo que cuando dichas izquierdas accedieron a los respectivos gobiernos se trataba más bien de un nuevo comienzo -pido retener este término- y no de un simple “comienzo”. Así, y ese es un dato que quisiera resaltar, el proceso de democratización iniciado en los tres países mencionados puede entenderse también como una normalización política pues el poder regresó a quienes ya –en parte- lo habían tenido (o compartido) antes de que en esos países irrumpieran las luctuosas dictaduras de los años setenta y ochenta. Luego, el hecho de que algunas de las izquierdas pre-dictatoriales hubiesen accedido al gobierno en el periodo post-dictatorial, no tiene nada de espectacular ni asombroso.
Con el retorno de las izquierdas políticas tuvo lugar un restablecimiento parcial de la correlación de fuerzas del tiempo pre-dictatorial. Anormal habría sido lo contrario: que después de las experiencias dictatoriales no las izquierdas sino las derechas hubiesen llegado al gobierno. Algo imposible si se considera que las derechas “clásicas”, en los países mencionados, habían delegado su representación a los estamentos militares.
Dos son, a mi juicio, las razones que llevaron a las izquierdas referidas a asumir con convicción la práctica democrática. La primera, surgida de traumáticas experiencias, demostró que la existencia de la izquierda estaba ligada a la de la democracia, y viceversa. La segunda, y parece ser más decisiva, fue que las instancias antidemocráticas internacionales a las cuales esa izquierda rendía cierto tributo, a saber, el imperio soviético y el castrismo cubano, son hoy simples ruinas históricas.
El fin del llamado mundo comunista y de la “guerra fría” significó - ¡cuánta ironía! - la liberación política de gran parte de la izquierda democrática latinoamericana, izquierda que parece al fin haber encontrado su propio destino no en el exterior sino dentro y a través de las instituciones. Dicha liberación ha ocurrido, por cierto, de un modo parcial. Por una parte participa regularmente del juego republicano. Pero, por otra, mantiene ciertas nostalgias con un idealizado pasado ideológico pro-totalitario (regresiones), las que se reflejan en su ausencia escandalosa de solidaridad con los perseguidos y presos políticos de Cuba, Venezuela o Nicaragua. En otras palabras, la izquierda democrática del continente padece todavía de algunas fijaciones anti-políticas, huellas de un pasado que fue tal vez combativo, mas no muy democrático.
Interesante en todo caso es constatar que los países donde en este momento imperan las más sólidas democracias son aquellos en que el avance de las izquierdas fue orientado hacia el centro político, buscando coaliciones o acuerdos con partidos e instancias centristas. Más interesante aún es constatar que también algunas derechas han comenzado a perseguir una orientación centrista. Y con eso, ya estamos hablando de otros y posibles “nuevos nombres” quienes, desde la izquierda o la derecha, serán los encargados de consolidar la política latinoamericana. Uno de esos nombres es, entre otros, el del chileno Sebastián Piñera.
2.
Probablemente la llegada de Sebastián Piñera al gobierno de Chile no será ni la única ni la última vez que las derechas ganen elecciones en América Latina. Quizás muy pronto tendremos tres o cuatro “nombres nuevos” -pero esta vez de derecha- sentados en mullidos sillones presidenciales. Y lo más seguro –apostaría- es que no van a faltar analistas que hablarán del “retorno de la derecha”, de “la nueva derecha”, del “fin de la izquierda”, o de cualquier otro tópico apocalíptico similar. Olvidando que lo más lógico y predecible que puede ocurrir a una democracia, es que una vez gobierne la derecha y otra vez la izquierda. Sin rotaciones políticas, el principio de alternabilidad no sería más que una hueca frase.
A riesgo de ser reiterativo, sostengo entonces que lo más importante de la llegada de la derecha al gobierno chileno reside en el hecho de que, al igual que la izquierda, busca apoderarse del centro, e incluso, avanzar desde ahí hacia los bastiones tradicionales de la izquierda. En otros términos, los nuevos nombres de la derecha, apuntan, como ya lo hicieron los viejos nombres de la izquierda, hacia la despolarización política. Hay otros países (¿Colombia?) en los cuales está ocurriendo algo parecido. Lo decisivo en el caso chileno –y eso puede ser reiterativo en otras naciones- reside en el fenómeno que me atrevería a denominar como civilización política de las derechas. También podríamos hablar de “la transición que va desde una derecha salvaje hacia una derecha política”. La alternativa de la civilización política ya fue, por lo demás, elegida por una buena parte de la izquierda latinoamericana. Ahora puede ser el turno de la derecha.
3.
Naturalmente, tanto la izquierda (hoy) democrática como la derecha (hoy) democrática deberán realizar la re-inserción en la política a través de rupturas con el pasado reciente. En ese sentido es posible hacer un paralelo, a primera vista insólito, entre Sebastián Piñera y el uruguayo José Mujica. El primero proviene de una derecha golpista que renunció a la política para ponerse al servicio de una de las dictaduras más infames de la historia latinoamericana. El segundo viene de una izquierda políticamente salvaje, los Tupamaros, quienes con su violencia declarada no sólo desafiaron al orden republicano; además, colaboraron directamente en su derrumbe. Y, sin embargo, nadie que no sea fanático ni obcecado podría decir que José Mujica y Sebastián Piñera no son demócratas.
Mujica ha demostrado, al igual que su antecesor, no sólo un profundo respeto por las instituciones; además, una llamativa tolerancia frente a opiniones adversas. Piñera, a su vez, ha realizado ingentes esfuerzos para demostrar que se puede ser de derecha (conservador, ultra-católico y millonario) y al mismo tiempo mostrar una cierta (o mínima) sensibilidad social que hasta hace poco era sólo patrimonio de las izquierdas. Esa imagen que recorrió el mundo, la de los 33 mineros desenterrados al recibir en su “regreso a la vida” el saludo presidencial tiene –más allá de gustos estéticos - un significado simbólico enorme (y la política hay que leerla también a través de sus símbolos). Quiero decir, mientras la izquierda abre sus puertas a la democracia, la “nueva” derecha intenta asumir la posibilidad de cumplir compromisos sociales que la “vieja” derecha desestimó.
En breve, todo parece indicar que a través de la civilización (re-politización) del antagonismo izquierda- derecha en países como Chile y Uruguay, también en Brasil, más difícil en Argentina, pueden darse alguna vez relaciones similares a las que imperan en la vida política norteamericana o en las democracias más avanzadas de Europa. Ahora, la más importante de esas relaciones reside, a mi juicio, en la creación de un campo de pertenencia común a todos los actores de la política: un campo destinado a asegurar condiciones para que el juego político sea realmente jugado. Si ese campo político de convivencia común a izquierdas y derechas es aceptado en algunas naciones latinoamericanas, significará que ellas no sólo estarán saliendo del subdesarrollo económico sino, sobre todo, de su casi nunca percibido subdesarrollo político. Eso pasa, por cierto, por la ubicación de la política en un juego de posiciones sometido a reglas y leyes.
4.
¿La política como un juego?
Todo lo que no tiene que ver directamente con la guerra y con la muerte –es una tesis- es un juego. La política, en tal sentido, también sería un juego. Y un juego puede ser dramático sin dejar de ser un juego. O de modo inverso: pronunciada la palabra guerra, o la palabra muerte, ya no hay política. Lo que quiero afirmar es que así como no hay un juego sin reglas, no hay reglas sin juego. De ahí que lo que caracteriza a las democracias emergentes de América Latina es la aceptación de las reglas del juego de la política, reglas que a su vez establecen los límites entre lo que es político y lo que no lo es. Las reglas pueden ser muchas o pocas, pero ninguna práctica democrática puede prescindir de ellas. Por lo menos hay algunas que no pueden ser nunca violadas a fin de que el juego continúe; entre otras:
  • El reconocimiento de la validez de una Constitución común
  • El reconocimiento de la universalidad de la declaración de los derechos humanos
  • El reconocimiento del otro como un adversario gramático y no como un enemigo militar al que hay que destruir
  • La existencia de un poder judicial y de un poder parlamentario independientes del ejecutivo
  • Libertad de reunión y de opinión (prensa)
  • Elecciones libres y soberanas
No obstante, afirmar que la política es un juego que debe ser jugado en un campo rayado y sometido a reglas, puede llevar a algunos malos entendidos. Puedo suponer por ejemplo que quienes siguen las ideas que ayer representara Carl Schmitt y hoy Chantal Mouffe y Ernesto Laclau (entre otros) imaginarán que el campo pre-constitutivo de la política, así como su reglamentación, son proposiciones destinadas a minimizar la conflictividad del antagonismo político. Aquí, sin embargo, se piensa exactamente al revés.
Un juego sin espacio pre-constitutivo y sin reglas o normas deja el juego librado a la voluntad de los contrincantes, o lo que es peor, permite que la normatividad del juego sólo sea dictada por quien ocupa el poder, como ya está ocurriendo en Venezuela. Eso significa que en aquellas naciones en las cuales las reglas del juego apenas existen, no hay juego político. En ellas la política no es suprimida pero toma un sentido diferente ya que la ciudadanía es dividida entre quienes apoyan el fin del juego y los que luchan por su recuperación. En esas condiciones no hay lucha política sino lucha “por” la política. La diferencia que establece la preposición “por”es más que importante.
En la lucha política sus actores resuelven o no resuelven sus antagonismos. En la lucha “por” la política, en cambio, los actores no luchan ni a favor ni en contra de sus antagonismos sino por la creación (o supresión) de un espacio para resolver los antagonismos. Más aún, los antagonismos sólo pueden alcanzar su máximo grado de intensidad si es que existe un espacio normativizado que los contenga, mantenga y sujete. No existiendo ese espacio, los antagonismos son disueltos, avasallados por el peso del Estado, convertido en un actor sin contra-actor. En fin, la lucha política siempre tiene lugar sobre la cubierta de un barco desvencijado en medio de la tormenta. Sin ese barco, no puede haber ninguna lucha política.
Quiero así señalar que aún más decisivo que la recuperación democrática de las izquierdas y que la conversión democrática de la derecha resulta la aparición y luego, consolidación, de un espacio común de lucha que hace posible la existencia (y la contienda) de izquierdas y derechas. Es ese espacio común de lucha un factor que lleva, en gran medida, a la aparición de una nueva contradicción política la que no sólo coexiste con la contradicción clásica entre izquierdas y derechas sino, además -y esto es lo decisivo- la sobrepasa. Me refiero a esa contradicción que se da entre naciones que disponen de un campo destinado a sustentar la lucha política y aquellas cuyos Estados son instrumentalizados por sectores ideológicos cuyo objetivo declarado apunta hacia la supresión del juego político. Se trata de una contradicción cualitativamente nueva, y es la que en el plano internacional se da entre los gobiernos demócratas de nuestro continente (de izquierda o derecha, para el caso da lo mismo) y aquellos que no lo son tanto. Los últimos, de neto origen populista, intentan utilizar la maquinaria del Estado y ponerla al servicio de los objetivos meta-históricos de determinados gobernantes. En este caso estamos hablando de los gobiernos estatistas de América Latina.
El estatismo, visto desde esa perspectiva, no sólo es una ideología. Ha llegado a ser la fase superior (o estatal) del populismo, fase que aparece no tanto cuando un movimiento populista alcanza el gobierno sino cuando la dirección populista se emancipa del movimiento que la llevó al Estado. En otras palabras: sostengo que el principal peligro que acosa a las emergentes democracias latinoamericanas ya no reside en el imperio de una economía librada a su arbitrio –como ocurrió durante la era de las dictaduras militares “clásicas”- sino en todo lo contrario: en el avance del estatismo político.
5.
Para evitar confusiones conviene diferenciar entre el estatismo político y el económico. Bajo este último término entiendo la hegemonía que ejerce el Estado en los niveles de la producción, inversión y circulación de bienes. O también, cuando el aparato del Estado, aún sin prescindencia del capital privado, asume los comandos del desarrollo económico.
En la Europa decimonónica el sistema clásico de estatismo económico fue el llamado bizmarquismo (de Bizmark) sistema que fue posible bajo dos condiciones: la debilidad del sector económico privado alemán y la existencia de una burocracia y tecnocracia estatal altamente eficiente. Hoy, el caso más avanzado de estatismo económico está representado sin dudas por la China post-maoísta, nación que reúne dos condiciones estructurales básicas. Por una parte, un Estado gestor, con una burocracia y una tecnocracia (clase gestora) muy eficaz, y por otra, un “proletariado” disciplinado, sin derecho a huelga, formado previamente durante el periodo comunista, periodo que desde la actual perspectiva puede ser considerado como la “fase de acumulación originaria” del hoy poderoso capitalismo estatal de China.
Bajo estatismo político debe ser entendido, en cambio, la supresión de la política en aras del cumplimiento de un objetivo supremo situado en un futuro indeterminado, objetivo que requiere de la eternización en el poder de una nueva clase de Estado dirigida por una determinada camarilla (pandilla) la que a su vez se representa en la imagen estrambótica de un caudillo popular. El napoleonismo (no confundir con bonapartismo) durante el siglo XlX, y los fascismos y socialismos (soviéticos) del siglo XX, son modelos históricos “clásicos” de estatismo político.
Por cierto, el estatismo político puede ser también un estatismo económico, de la misma manera que este último tampoco prescinde del primero. La diferencia reside, sin embargo, en los objetivos que cada uno persigue. Así, mientras el estatismo económico pone acento en el desarrollo de las fuerzas productivas, el estatismo político apunta hacia la consolidación de una casta política en el poder sacrificando, si es necesario, el propio desarrollo de las fuerzas productivas. No extraña así que los estatismos políticos sean erigidos sobre la base de economías (y ecologías) en ruinas, como ocurrió ayer con el comunismo soviético, cuya muestra de museo es esa desintegración material (y moral) que representa la Cuba de hoy. En otras palabras, el objetivo que persigue el estatismo político es el ascenso, consolidación y perpetuación en el poder de una clase en el, y de, Estado.
Una de las particularidades del estatismo político latinoamericano, representado fundamentalmente en algunos países que forman parte del ALBA, es que en la mayoría de los casos su configuración ha sido antecedida por movimientos de masas que rebalsan a los partidos políticos tradicionales.
Una segunda fase, que es la gobiernista, se caracteriza por la autonomización de la conducción política (camarilla o pandilla) con respecto al movimiento de masas que le dio origen. La tercera fase -la vivió ya Cuba y ahora la está viviendo Venezuela- se caracteriza por el ascenso paulatino al poder de una casta militar que asume la representación del Estado. Esto es, en nombre de la doctrina de la “dictadura del proletariado”, será erigida una “dictadura del militariado”. A partir de ese momento tendrá lugar la fusión entre el ejército, el gobierno, y el partido de gobierno, en un “Estado integral” (o total), representado por un “orwelliano” caudillo. Las masas, anteriormente populistas, serán organizadas en torno al Estado de acuerdo a un corporatismo extremadamente vertical y rígido al que los estatistas denominan “democracia participativa” en oposición a la democracia representativa, basada en el sistema de partidos y en la independencia de los poderes públicos.
Ahora bien, la “dictadura del militariado”, latente en cada gobierno estatista, se torna manifiesta cuando el estatismo, convertido en minoría, ya no puede conservar el poder mediante el expediente electoral, que es lo que está ocurriendo en la Venezuela de Chávez. Llegado ese momento, el gobernante estatista se despojará de sus guantes democráticos, apareciendo las horribles garras –tan latinoamericanas- del gorilismo más tradicional. De este modo, así como el estatismo es la fase superior del populismo, el (neo) gorilismo podría llegar a ser –bajo determinadas condiciones- la fase final del estatismo.
Como es posible comprobar, el origen, desarrollo y consolidación de los estatismos políticos latinoamericanos contiene muchas similitudes con el periodo de ascenso del fascismo europeo, observación con la que no están de acuerdo quienes se concentran exclusivamente en los símbolos ideológicos de tales representaciones. Efectivamente, en lugar de recurrir a ideologías fascistas tradicionales, los estatismos latinoamericanos recurren a un marxismo–leninismo “ad hoc”, muy difuso y primitivo, pero que cumple perfectamente con la función de servir de ideología de legitimación al bloque de poder estatal.
Hay pues una potencial contradicción política antagónica en América Latina. Esa contradicción potencial ya no es entre izquierdas y derechas, como ocurrió en el pasado. Esa contradicción potencial es la que se da entre Estados democráticos y Estados que cada vez lo son menos. Que los últimos estén representados por gobiernos que se dicen de izquierda, es un problema de denominación que en términos reales ya no tiene mucha importancia. Importante sí, es consignar que los gobiernos menos democráticos de la región han sido erigidos en países de bajo desarrollo político y precarias instituciones republicanas. No es ese el caso de Venezuela cuyo gobierno aparece como exponente de una casi increíble paradoja. Por un lado, es hegemónico en el ALBA. Por otro –debido a una oposición democrática que ya es mayoría nacional- es el eslabón más débil de toda la cadena estatista del continente.
No obstante, la forma y el sentido como deberá resolverse la contradicción señalada –si es que se resuelve- no puede ser prevista. En gran medida, eso depende de la oposición y de la disidencia democrática en los diversos países estatistas. Pero también depende de la capacidad de los Estados más democráticos del continente para detener la agresividad internacional del bloque antidemocrático, que hoy estamos viendo -como un ejemplo entre otros- en las arbitrariedades que comete Ortega, ese fraudulento sucesor de Somoza, en contra de la democracia costarricense.
En fin, el gran déficit de las emergentes democracias latinoamericanas reside en su incapacidad de asumir el riesgo histórico de oponerse a las demasías de los gobiernos antidemocráticos de la región, incapacidad que se expresa en la casi total ausencia de solidaridad con los sectores políticos perseguidos en las naciones estatistas.
Hay momentos en que es imposible no pensar que las naciones democráticas tienen miedo a su propia libertad, de ahí que, aún siendo democráticas, no parecen dispuestas a defender con consecuencia y rigor las libertades que tanto esfuerzo, tiempo, cárceles y sangre, ha costado obtener.
¿Habrá entonces llegado la hora de reactualizar esa alternativa que nos presentara una vez el escritor colombiano Germán Arciniegas? ¿“Entre la libertad y el miedo”? ¿Asumirán esa alternativa los nuevos nombres de la política? ¿O capitularán otra vez frente a la amenaza gorila sólo porque ahora se presenta como “revolucionaria”?

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