viernes, 28 de enero de 2011

EL DICTADOR



23-01-2011
Fernando Mires es un hombre de izquierda, ex exiliado chileno que se quedó trabajando en una universidad alemana aunque sigue  teniendo como objeto de investigación y de preocupación a América Latina. Es un conocedor de la realidad venezolana porque ha vivido y publicado en este país   que  visita, invitado por la UCV, para ponerse al día.
  
EL DICTADOR
Fernando Mires (*)
 
“Pero, ¡oh! ¡Dios mío! ¿Qué ocurre? Cómo llamar ese vicio tan horrible? ¿Acaso no es vergonzoso ver a tantas personas, no tan sólo obedecer sino arrastrarse? No son gobernados sino tiranizados (....) Soportar saqueos, asaltos y crueldades, no de un ejército, no de una horda descontrolada de bárbaros (....) sino únicamente de uno solo. No de un Hércules o de un Sansón sino de un único hombrecillo que ni siquiera ha husmeado una sola vez los campos de batalla” (Étienne de la Boétie “Sobre la Servidumbre Voluntaria”. 1553)
1.
La ausencia de democracia no siempre es una dictadura. Podemos decir por ejemplo, que hay naciones que son más democráticas que otras sin que las que son menos democráticas dejen de serlo. La ausencia de democracia puede ser también el desgobierno o la anarquía. La dictadura en cambio, a diferencias de la anarquía, es una forma de gobierno que por definición niega a la democracia.
 Si la dictadura es una forma de gobierno que niega a la democracia, podemos afirmar que en toda democracia, aún en la más perfecta, existe la posibilidad de su negación. Conclusión pesimista que lleva necesariamente a una optimista, a saber: que en toda dictadura existe también la posibilidad de su negación: la posibilidad democrática.
 Sin embargo, no todas las dictaduras han surgido como negación de la democracia. En ese sentido hay que diferenciar entre las llamadas dictaduras de origen -que son las que emergen de situaciones no democráticas- y las dictaduras de ocasión -que son las que han surgido del quiebre de una democracia-. Los gobiernos que siguieron al hecho independista latinoamericano fueron, por ejemplo, dictaduras de origen. En cierto modo se acercaban a la noción romana original de “dictatura” que definía a la institución o persona encargada de dictar leyes donde no las había. Las dictaduras de ocasión –independientemente a cuanto dure esa ocasión- son las que imperan en nuestros tiempos, tiempos caracterizados por la hegemonía de la idea de la democracia por sobre la de la dictadura. En ese punto no hay duda: la “invención democrática” (Claude Lefort) ha sido hecha suya -ya sea como realidad, ya sea como ideal- por la mayoría de las naciones de la tierra.
La democracia avanza sobre el planeta, pero de modo zigzagueante, hecho que ha creado un consenso internacional que más o menos dice así: las dictaduras pueden ser transitoriamente soportadas pero no aceptadas. Razón que explica por qué ningún dictador contemporáneo se designa a sí mismo como dictador. Todas las dictaduras de la tierra, en una tierra cada vez más democrática, quieren aparecer vestidas con ropa democrática. Más aún: quieren ser reconocidas como democráticas e, incluso, como una forma superior de democracia.  
2.
Las dictaduras emergen allí donde no hay, o dónde se quiebran las democracias. Las democracias, a su vez, pueden ser caracterizadas como formas de gobierno que resultan de elecciones libres y secretas a las que concurren partidos políticos, formas erigidas sobre la base del respeto a la constitución, a los derechos humanos y a la independencia de los poderes públicos. La democracia es, por lo tanto, una forma política y no social de organización.
La dictadura como forma de gobierno opuesta a la democracia supone la negación de las elecciones libres y secretas, la interdicción de los partidos políticos, la subordinación de la constitución a la voluntad del dictador, la violación sistemática de los derechos humanos, y la negación radical de la división de los poderes públicos. A esas características hay que agregar otras dos: su estructura militar y militarista y el ejercicio personal y personalista del poder: no hay dictadura sin un dictador.
Naturalmente, no todas esas condiciones se dan en cada dictadura. Cuando se dan todas, hablamos de dictaduras totales. Pero en la mayoría de los casos las dictaduras de nuestro tiempo no son totales (como sí son las de Corea del Norte, Cuba o Sudán), sino parciales. Si fueran totales, la lucha nacional en contra de las dictaduras sería casi imposible y ellas sólo podrán ser derribadas, como ocurrió con la dictadura nazi, por medio de la acción de fuerzas externas. Sin embargo, el ideal supremo de todo dictador es alcanzar el estadio de la dictadura total. El avance de las fuerzas democráticas a nivel mundial, la estandarización de los modos republicanos de comunicación política y la llamada globalización, que no sólo es económica sino también política y cultural, son razones que inciden en la formación de dictaduras parciales. De más está decir que uno de los objetivos más elementales de toda oposición antidictatorial es impedir que una dictadura parcial se convierta en total. Ese es, por lo demás, el punto de partida de toda lucha antidictatorial.
 Las dictaduras, y no sólo las de nuestros días, se sirven de algunas formas democráticas, hecho que utilizan los dictadores para legitimar su poder, sobre todo hacia el exterior. En algunos casos toleran la emergencia de sectores opositores a los que, cuando ya no pueden eliminar, los acosan para encerrarlos en cercos que no deben traspasar. Es el caso, por ejemplo de la dictadura de Zimbawe, o también, de la iraní y de la bielorusa. En otros casos, toleran ciertos espacios de prensa libre a la que someten a constantes presiones, extorsiones y amenazas.
Hay, por supuesto, distintos tipos de dictadura y los textos de teoría política son muy pródigos en clasificaciones. Dichos textos nos hablan de dictaduras cesaristas, bonapartistas, populistas, sultanistas, fascistas, comunistas, etc. No obstante, más allá de tipologías académicas, interesa constatar aquí que toda dictadura está caracterizada por tres rasgos fundamentales: la existencia de un dictador, la concentración de los poderes públicos en la persona del dictador, y la militarización del poder político. Eso lleva a concluir que toda dictadura, más allá de las formas que las caracterizan y de los hechos que las originaron, no puede prescindir de esos tres rasgos fundamentales.
 
3.
Llamará quizás la atención que entre los rasgos fundamentales de cada dictadura no aparezca el tema de la supresión de las elecciones. No se trata, sin embargo, de una omisión. Hay en efecto, dictaduras electorales, y en nuestro tiempo, las hay de modo creciente.
Las dictaduras antielectorales resultan casi siempre de golpes de estados o de tomas violentas del poder estatal. Fue el caso de Franco, de Sadam Hussein, de los Castro, entre otras. Hay sin embargo dictaduras que provienen de elecciones. El caso más conocido fue el de la dictadura de Hitler. Fue el mismo Hitler quien inició una costumbre dictatorial que ha hecho escuela: la de legitimar su poder mediante plebiscitos. En nuestros días, tanto Lucasenko como Mugabe recurren al mismo expediente. Milosovic en Serbia también hacía elecciones. En Irán hay elecciones regulares, aunque el poder central lo ocupan las castas sacerdotales. Pinochet y los dictadores militares uruguayos intentaban consolidar su poder mediante plebiscitos.
Muchos dictadores no sólo recurren a las elecciones. Además, abusan de ellas. Hay incluso regímenes dictatoriales donde hay más elecciones que en regímenes democráticos. En este sentido puede decirse que algunos dictadores han comprendido que mediante la perversión del sistema electoral pueden tener lugar avances más expeditos hacia el poder que mediante su supresión. Ello implica por cierto, correr el riesgo de perder alguna vez. Hay por supuesto dictadores que no quieren arriesgar nada. Fue, por ejemplo, muy conocida la receta de Francisco Franco para mantenerse largo tiempo en el poder: “no hay que meterse en política”- dijo. La receta la siguió a pies juntillas ese hijo de gallego que fue Fidel Castro. Ambos suprimieron radicalmente a la política, incluyendo a las elecciones.
En nuestro tiempo, en cambio, ha aumentado el número de dictadores que no suprimen algunas prácticas políticas, incluyendo a la más política de todas, que son las elecciones. Pero sí convierten, o intentan convertir a las elecciones en un medio de acumulación de poder. Lo que ellos llevan a cabo, y sistemáticamente, es un envilecimiento de los procesos electorales.
El envilecimiento de las elecciones no resulta siempre de la falsificación de los escrutinios, aunque hay que contar que bajo gobiernos militares lo más probable es que existan esas falsificaciones. El envilecimiento electoral opera, además, por otros métodos. Uno, el más preferido de nuestro tiempo, deviene de la monopolización de los medios de comunicación, sobre todo de la televisión.
Suele suceder en el caso de las dictaduras electoralistas, que el dictador se apropie de los canales televisivos estatales y extorsione a los privados para llevar a cabo verdaderos bombardeos publicitarios. De este modo, el dictador, como ocurría en la novela de Orwell, se convierte en el Gran Hermano que invade las esferas más íntimas de la vida de cada familia. Así como Mussolini y Hitler eran dictadores radiales, los dictadores del siglo veintiuno son dictadores televisivos. Hay algunos que pasan más tiempo en la pantalla que en su oficina de trabajo. Desde la televisión gobiernan, suponiendo que gobiernen, pues a la mayoría de los dictadores no les interesa gobernar sino sólo aumentar sus cuotas de poder.
Pero el abuso electoralista no se limita a los medios de comunicación. Si se trata de ganar elecciones o plebiscitos, los dictadores electoralistas ponen todos los servicios y dependencias del Estado, más los dineros recaudados, al servicio de la elección. De este modo los ministerios, las oficinas públicas y gubernamentales, se convierten en locales de agitación y propaganda electoral. De más está decir que los empleados públicos son sometidos a una intensa presión. Si no votan por el dictador, se les dice, perderán sus puestos de trabajo. Efectivamente, hay que ponerse en el lugar de un empleado público de quien depende la alimentación de una familia, antes de juzgarlo. Por más secreto que sea el voto, siempre pensará él que el dictador, tarde o temprano, se enterará por quién él votó. Al fin, más vale la pena acatar y no correr ningún riesgo. Algunos, a fin de aliviar sus conciencias, terminarán engañándose a sí mismos, afirmando que votan por convicción.
Por lo demás, el dictador es muy generoso con quienes lo apoyan. Tal generosidad se extiende en periodos electorales hacia los sectores más pobres de la población. En esos momentos el dictador se vuelve extremadamente dadivoso. Entonces aparecen los obsequios, los aumentos de sueldo, las donaciones, las neveras, los aparatos televisores, los aguinaldos, etc. Por cierto, hay gobiernos democráticos que suelen usar métodos parecidos, pero jamás con la descarada amplitud que ostentan los dictadores electoralistas de nuestro tiempo.
Por último, si todo eso no bastara, todavía queda la alternativa de la intimidación.
En periodos electorales los dictadores se vuelven extremadamente agresivos con quienes osan adversarlos. Las amenazas, los insultos, las extorsiones, se convierten en el pan de cada día. Durante esos periodos, aparecen por todos lados supuestas conspiraciones (todas ficticias, por supuesto), intentos de magnicidios (cuyos gestores nunca aparecen por ningún lado), amenazas de invasiones de países extranjeros, peligros de guerra con naciones vecinas. Las calles se llenan de comandos y piquetes pro-dictatoriales. En fin, el dictador logra crear un clima de miedo, incluso de terror, hecho que obliga a muchos de sus potenciales adversarios a no concurrir a las urnas, y si lo hacen, van tan atemorizados, que terminan votando a favor del dictador. Por si fuera poco, el dictador ordena a sus esbirros judiciales proscribir las candidaturas de los adversarios que estén en condiciones de lograr altas votaciones. Esa es una de las muchas razones que explican por qué no hay profesión más inmoral y degradante que la de un juez de una dictadura. El método de las “inhabilitaciones” judiciales inventado por Mussolini y reinventado por la teocracia persa, ha hecho escuela en Bielorusia y en Rusia. Y en otras lugares también.
 
No hay que olvidar que casi todos los dictadores son militares, y cuando realizan elecciones las ven como campos de batalla en donde es necesario vencer recurriendo a todos los medios posibles. Así se explica como los dictadores más audaces logran revertir encuestas y resultados. Muchas veces ni siquiera requieren falsificar escrutinios. Las elecciones mismas son, bajo esas circunstancias, una falsificación. La democracia, que vive de las elecciones, se convierte así en un simulacro de sí misma. Tiene lugar, mediante el forzamiento de elecciones, muchas veces innecesarias, una degradación paulatina de la vida ciudadana. Algunos opositores terminan dudando de la vía electoral, sin tener otra que recorrer. Un sentimiento de apatía y frustración se apodera de las conciencias políticas. Si eso ocurre, el dictador ha logrado un objetivo adicional: destruir por medios políticos los cimientos morales de una nación. La democracia se convierte, bajo esas condiciones, en el escenario de una serie de rituales destinados a cementar la autoridad del dictador. Los opositores esclarecidos, sin embargo, se esforzarán en mantener vivo el ideal democrático pues saben que toda dictadura tiene plazos históricos. Y, además saben que más temprano que tarde, los medios políticos de los que usa y abusa la dictadura, se volverán en contra del propio dictador. Así ha ocurrido en muchos países. Importante en este caso es no caer en la trampa del dictador. En efecto: el dictador intenta convencer a todo el mundo que la suya no es dictadura ya que realiza elecciones. Pero la democracia –eso lo sabemos todos- es algo mucho más profundo que la realización periódica y ritual de elecciones.
La democracia, además de una forma de gobierno, es un modo de vida, y como tal, hay que realizarlo día a día, resistiendo a todo aquello que atenta en contra de la libertad humana. Sólo a partir de esa resistencia cotidiana será alguna vez posible vencer al tirano en su propio terreno: el electoral. Así ha ocurrido al menos en algunos países sudamericanos. Un ciudadano político no debe renunciar jamás a las elecciones, por más prostituidas que ellas se encuentren. Pero tampoco debe seguir el ejemplo del dictador e imaginar que la única actividad política posible es votar cada vez que al dictador se le ocurra. No obstante, tampoco hay que olvidar que independientemente a los medios que utilizan para vencer en las elecciones y plebiscitos, la mayoría de los dictadores han sido gobernantes populares. En verdad, no hay ninguna razón que lleve a pensar que el ser humano es por naturaleza democrático. Mucho menos debemos pensar que siempre la libertad es el bien más preciado por las grandes mayorías. No hay dictador, en efecto, que no haya contado alguna vez con grandes bases de apoyo, incluyendo el de los sectores más empobrecidos. Eso significa que si bien no hay dictaduras que no sean militares, ninguna se sustenta sólo sobre bayonetas. Particularmente en América Latina, la combinación entre militarismo y populismo ha sido muy productiva para las dictaduras. Incluso muchos dictadores han sido grandes tribunos de masas.
4.
La condición política no es natural sino adquirida. Llegar a ser ciudadano autónomo implica someterse a un largo proceso de aprendizaje. Vivir en una democracia no es por lo tanto fácil ya que implica aceptar posiciones contrarias y convivir con ellas; nos gusten o no. Conocer los límites que separan el mundo privado del político, tampoco es fácil. A muchos resulta más cómodo delegar su responsabilidad ciudadana que asumirla. Hay incluso quienes no soportan la posibilidad de ser libres, y la política se convierte para ellos en un espacio de regresión a las etapas más infantiles, cuando había siempre alguien que decidía por nosotros. Los dictadores, no sé cómo y por qué, tienen ese sexto sentido que les permite captar las debilidades humanas y, lo que es peor: abusar de ellas.
Existe, como escribió en 1553 Étienne de la Boétie (“Sobre la Servidumbre Voluntaria”) una tendencia casi natural a la “servidumbre”. La idea fue retomada por Hegel, quien descubrió que los impulsos que llevan al siervo a subordinarse a su amo no están basados en la pura violencia. Freud, a su vez, descubrió que en cada ser humano existen tendencias que lo llevan, en un sentido individual, a regresar a la infancia perdida, y en un sentido colectivo, a la barbarie, al salvajismo y a la horda, o como diría Elías Canetti: hacia el “magma originario” Asumir la condición política presupone, en todo caso, haber dejado atrás la etapa de la barbarie. Noción profundamente helénica que retomó en el siglo XlX Domingo Faustino Sarmiento en su siempre incomprendido libro “Civilización y Barbarie”. En esa obra Sarmiento no identificaba a la barbarie con “los pobres”, como dicen sus malos críticos, sino a las masas apolíticas que seguían a caudillos militares, como al sangriento dictador Juan Manuel de Rosas. En ese contexto, Sarmiento recurría a la noción griega de barbarie. Eso significa que la barbarie aludía, según los griegos, a aquellos sectores que, viviendo en un mundo político, no habían alcanzado la condición política. En ese sentido es posible ser millonario y bárbaro a la vez, pues la condición política no tiene nada que ver con la condición social. Dicho a la inversa: se puede ser muy pobre y asumir derechos y obligaciones ciudadanas con integridad y decencia. Luego, la barbarie no está en el pueblo dado que el pueblo es una noción política. La barbarie aparece cuando el pueblo es convertido en populacho, el populacho es convertido en masa y la masa es convertida en tropa. No sin razón, el primer presidente populista chileno, Arturo Alessandri, se dirigía a sus seguidores con el calificativo de “mi querida chusma”. La “chusma” es a su vez el término que usó Hannah Arednt (Mob) para referirse a aquellos sectores sociales que se convirtieron en masa electoral del totalitarismo fascista.
Ahora bien, dentro de las múltiples contradicciones que asolan a América Latina, la de “civilización y barbarie” no es una de las menos importantes. En condición bárbara viven por ejemplo amplios sectores que si bien pueden estar integrados social y económicamente en la modernidad, no lo están políticamente. Para la gran mayoría de ellos, incluyendo a ciertos intelectuales, la política se reduce a una pura “cuestión” social. La lucha por las libertades les es completamente ajena, e incluso, les resulta superflua. En algunos países islámicos, que no son por cierto los más democráticos de la tierra, el concepto de “libertad” ni siquiera existe en el vocabulario político. Ese concepto es - como captó muy bien Bernard Lewis - reemplazado por el de “justicia”. Lo mismo ocurre en diversas zonas latinoamericanas. No fue casualidad que en el país de Sarmiento, el partido peronista no se hubiera llamado “partido demócrata”, o “socialista”, o “nacionalista”, sino que “partido justicialista”. Como es fácil deducir, la “justicia” alude a un tema social, pero no político. La política, en cambio, pone su centro en la lucha por la libertad. Más aún: desde el punto de vista político, no puede haber justicia sin libertad. El ideal de la barbarie política en cambio, no es la democracia sino la justicia social. El presidente, para los bárbaros sociales, no es un mandatario sino un “mandamás”, un caudillo, un “hombre fuerte”, en fin: “un justiciero”. Y casi siempre: un militar.
La barbarie dictatorial presupone la desarticulación de las asociaciones horizontales que marcan el espacio social de una nación incluyendo en ellas, las de “clase”. No deja de ser sintomático que todas las dictaduras, tanto las que se dicen de derecha, como de izquierda, atacan con saña a las organizaciones obreras, sobre todo a los sindicatos independientes. Las que se dicen de derecha proscriben a los sindicatos. Las que se dicen de izquierda los suprimen, estatizándolos, y por si fuera poco, en nombre del socialismo.
En muchas ocasiones, el dilema civilización-barbarie asume la forma de contradicción entre las ciudades y el campo. Pero –cuidado- no es lo mismo. Hay países en donde el mundo agrario se ha incorporado de lleno a los procesos modernizadores, y los campesinos se organizan en sindicatos independientes. Hay otros países en cambio, en donde prevalecen condiciones decimonónicas. En tales países, los dictadores, y quienes quieren serlo -como es el caso de Ollanta Humala en Perú- obtienen gran parte de su apoyo social en las regiones rurales culturalmente más atrasadas, regiones en donde todavía imperan relaciones patronales y caudillescas. Para las masas agrarias de muchos países, el Presidente es la reencarnación de “Buen Patrón” o, como llamaron a Trujillo: un gran “Benefactor”. No obstante, hay que consignar que la condición ciudadana no es demográfica. Hay muchos habitantes de las ciudades que tampoco asumen una condición ciudadana. Son los bárbaros urbanos. Si no existieran, ni en el campo ni en la ciudad habría dictadores. Porque, a fin de cuentas, la dictadura es la barbarie hecha poder: el fin de la polis: el lugar donde desaparece la polí-tica y aparece la poli-cía.
Así como según Hannah Arendt el totalitarismo europeo, en sus dos formas principales, la comunista y la fascista, surgió de la, por ella llamada, alianza entre “la chusma” y determinadas elites, las dictaduras latinoamericanas han emergido de la alianza entre masas culturalmente desintegradas y fracciones militares. A la cabeza de esa alianza se encuentra el dictador. Eso significa que el dictador latinoamericano casi nunca ha sido un personaje socialmente aislado. Por el contrario: bajo determinadas condiciones, la barbarie puede llegar a ser mayoría nacional.
5.
El dictador suele dominar muy bien el idioma de la barbarie puesto que tanto por su condición cultural como por su condición militar es, el mismo, un bárbaro. Así se explica que el proyecto de cada dictador es destruir las relaciones políticas que reglan la vida de cada nación, imponiendo su cultura, que no es otra que la militar. El ideal de cada dictador no es la vida política sino la vida cuartelera. La sociedad es para él un gran cuartel y el dictador imagina ser su Gran Comandante. Así se explica que su lenguaje sea siempre militarista. Su proyecto final, que es el de militarizar a la nación, comienza con la militarización de sus propias huestes, y eso pasa por la conversión de las masas en tropas. La tropa más que la masa corresponde con el ideal del cuartelero convertido en dictador.
Del mismo modo como la tropa militar, la tropa social de los dictadores no debe ser deliberativa. Por el contrario: las llamadas masas son integradas de modo vertical al Estado. No hay dictadura que no haya estatizado a los movimientos sociales que las apoyan. Dichas masas no deben pensar: sólo actuar. Las órdenes les vienen siempre de las más altas cúpulas, y en la más alta se encuentra el dictador rodeado de familiares y amigos íntimos. Es por eso que la mayoría de los dictadores intentan organizar a las masas en un partido único, permitiéndose en algunos casos la existencia de pequeños satélites que giran en torno a la maquina partidaria estatal.
Pero el partido único no es un partido en el sentido político del término. Partido viene de “parte”, y el partido único del dictador no es parte de nada puesto que su destino es representar al todo. El todo es, por supuesto, el dictador. A diferencia de los partidos políticos democráticos que giran en torno al Estado, el partido dictatorial es organizado desde el Estado. En su primera fase es un partido constituido por empleados públicos y militares. En una segunda fase, el partido integra y succiona a las organizaciones de masas, dándoles un carácter para-estatal. En una tercera fase, el partido dictatorial organiza a las masas como si fueran tropas, y en un sentido estrictamente militar. Esa es la razón por la cual el dictador tiene especial cuidado de que los cuadros dirigentes no sean políticos sino militares, o personas de extracción militar. Comandos, batallones, pelotones, son los nombres que designan a las diferentes unidades partidarias de masas.
La masa, el partido y el dictador, se confunden así en una nada de santísima, pero sí, diabólica trinidad. El Partido es el espíritu maligno que une a la masa con el dictador quien a la vez habla en nombre de la masa, del partido, y por supuesto, de sí mismo. A la vez ese “sí mismo” es el Estado: el Estado del dictador, quien a la vez se encuentra por sobre el Estado, y por cierto, por sobre la Constitución. Si por alguna razón la Constitución no concuerda con la voz del dictador, la Constitución, aunque haya sido procreada por el propio dictador, será modificada, y si no, violada. No hay dictador que no haya establecido una relación incestuosa con su propia Constitución. Al fin y al cabo, durante el periodo de un estado excepción, la Constitución es suspendida. ¿Y qué es una dictadura si no un estado de excepción permanente? (valga la paradoja). Más aún: es la nación en estado de sitio: la nación sitiada por su propio Estado.
6.
No es hecho casual que si bien los dictadores fundan un partido para realizar sus deseos personales, mantengan un discurso en contra de los partidos. En realidad, no hay nada más fácil y cómodo que criticar a los partidos políticos. Por una parte, al ser públicos, sus militantes y dirigentes están expuestos a la observación cotidiana. Por otra parte, por el sólo hecho de existir, los partidos se convierten en el blanco preferido de las críticas públicas. En periodos de crisis, asoma muy fuerte la crítica a la corrupción, la que, por cierto, es más visible en los partidos políticos que en otras instituciones públicas.
Desde luego, hay profesionales políticos corruptos. Pero no hay más ni menos que en otras profesiones, incluyendo la militar. Ahora, sobre la base de la crítica a los partidos, han surgido todas las dictaduras desde que hay partidos. El antipartidismo es la ideología originaria de cada dictadura.
Tanto Castro como Pinochet -los dictadores latinoamericanos más emblemáticos del siglo XX- intentaron legitimar, y con éxito, sus presencias ilegítimas en el poder, sobre la base de la crítica a los partidos. Aquello que resulta inexplicable es que en diversas ocasiones la crítica a los partidos es compartida por sectores antidictatoriales, olvidando sus representantes que fue esa crítica la que ayudó a llevar a los dictadores al poder. Más allá del hecho de que no hay democracia sin partidos políticos, los partidos políticos están llamados a cumplir funciones insustituibles, aún bajo una dictadura.
Aunque no sean los partidos las organizaciones que lleven al derribamiento de las dictaduras (generalmente no lo son), sí serán las organizaciones que se encargarán de negociar con las disidencias internas de la dictadura, las que tarde o temprano aparecerán. Además, los partidos son las organizaciones más adecuadas para hacerse cargo de los complejos periodos que llevan al tránsito de la dictadura a la democracia. Por último, son los partidos las instituciones que deben abrir un flanco para que en la política post-dictatorial, el partido que representó a la dictadura pueda seguir existiendo, no ya como partido-estado, sino como un simple partido parlamentario; uno más entre otros. Porque la otra alternativa es perseguirlos y prohibirlos. Pero estamos hablando de una democracia; no de otra dictadura. Y la democracia es para todos: incluyendo a sus enemigos. Por eso el dictador impugna a los partidos o, como decía Pinochet: “a los señores políticos”. La explicación es obvia: los partidos representan la posibilidad de una transición: un mañana democrático. Ese “mañana” es lo que más teme el dictador. Y tiene razón: ese “mañana” será el día de su muerte política.
Así se entiende el odio que sienten todos los dictadores frente a la política. Por eso intentan destruirla. Y a veces –ay- lo logran.
7.
La destrucción de la política comienza donde aparece su militarización. La militarización a su vez emerge cuando aparece un enemigo que supuestamente amenaza la integridad de la nación. Ese es el momento en que la política retrocede y da lugar al estado de guerra que es, casi por definición, excepcional. Luego la dictadura no es sólo militar sino, por lo mismo, es bélica. En cierto modo toda dictadura es una declaración de guerra del Estado a la nación políticamente constituida. No obstante, eso no lo puede decir públicamente ningún dictador. De ahí que el dictador legitime su dictadura como el resultado de una misión histórica que sólo él y nadie más que él puede cumplir.
La misión a cumplir es la lucha en contra de un gran enemigo “histórico”. Más, no se trata de cualquier enemigo. El enemigo del dictador ha de ser un enemigo omnipresente que mientras más omnipresente sea, más necesaria será la dictadura.
 Por cierto, en la lucha política también hay enemigos. Pero los enemigos políticos, a diferencia de los enemigos del dictador, son enemigos reales, visibles, tangibles. El enemigo de la dictadura, en cambio, debe ser un enemigo meta-real y meta-histórico y por cierto, imposible de ser vencido en cortos plazos. El enemigo debe existir ojalá para siempre. Así, la dictadura se perpetuará en el cumplimiento de su histórica misión. Para Pinochet, por ejemplo, el enemigo meta-histórico era el socialismo. La misión que debía cumplir sobre la tierra era la erradicación del socialismo y por cierto, de sus ideólogos, los llamados marxistas. Pero los marxistas para Pinochet no sólo eran los marxistas. Además eran todos los que alguna vez se pronunciaban en contra de su dictadura. En un momento dado, marxistas eran para Pinochet las monjas y el Papa, los partidos de centro y el propio presidente Carter. Lo mismo sucedió con Fidel Castro, aunque en un sentido inverso. La misión histórica de Castro fue definida por el mismo: luchar en contra del capitalismo y sus máximos representantes: los EE UU. Como obviamente nunca Cuba logrará derrotar al capitalismo mundial, a pesar de la gran cantidad de vidas cubanas inmoladas en tan absurda misión, la necesidad histórica de la dictadura puede proyectarse hasta el infinito.
Hoy han aparecido nuevas dictaduras militares en el planeta. Todas quieren cumplir una gran misión. La misión histórica que se han autoasignado muchas de ellas es la de derrotar al “imperio”, construcción ideológica muy adecuada para legitimar la existencia de la dictadura y que, además, sirve para todo. Sobre todo sirve para liquidar a sus enemigos internos, los que son presentados como agentes del exterior, vendepatrias, lacayos del imperio y otras exquisiteces parecidas.
Es importante, por lo tanto, no confundir a las dictaduras con sus ideologías. En ese sentido hay que tener en cuenta que lo que más interesa a cada dictador es conservar y aumentar su poder y en el cumplimiento de ese objetivo, cualquiera ideología, hasta la más estrambótica, puede ser utilizada. Por cierto, la lucha política es y será siempre lucha por el poder. En ese punto todos los filósofos políticos -desde Hobbes y Maquiavelo, hasta Weber, Schmitt y Arendt- están de acuerdo. Pero, a diferencias de la lucha política en donde el poder es un medio para la realización de un objetivo, bajo una dictadura el poder es un objetivo ante el cual han de ser subordinados todos los medios. Las ideologías de las dictaduras son también medios subordinados a aquel objetivo casi animal que se trazan todos los dictadores de la tierra: el poder por el poder y nada más que por el poder.
Luego es ocioso tratar de polemizar ideológicamente con una dictadura y sus representantes, trampa en la que tienden a caer con frecuencia los intelectuales democráticos. Por lo demás, quienes menos toman en serio sus ideologías son los propios dictadores. Los dictadores sólo se sirven de las ideologías cuando son funcionales al poder y jamás pondrán el poder al servicio de una ideología. Las dictaduras comunistas se designaban por ejemplo, como marxistas, y las anticomunistas, como cristianas. Pero el marxismo de las dictaduras comunistas tenía tanto que ver con Marx como el cristianismo de Franco y Pinochet con Cristo. El marxismo, las religiones, las ideas en general, han sido convertidas por las dictaduras en ideologías ocasionales al servicio de sus objetivos de poder. En gran medida los dictadores son grandes ladrones de ideologías. Sobre todo las dictaduras fascistas y fascistoides han sido expertas en prácticas ideológicas latrocinias. Hitler, por ejemplo, robaba de todas partes: del socialismo, del nacionalismo, de la filosofía clásica alemana, de la biología darwinista, etc. Los dictadores latinoamericanos, desde Perón hacia adelante, han seguido el mismo ejemplo. Ha habido algunos que son capaces de citar a Gramsci, Trotsky y Jesús en una sola frase.
Tampoco hay, por lo tanto –y éste es un punto que conviene dejar muy en claro- dictaduras de derecha o de izquierda. Denominar como de izquierda o de derecha a una dictadura es de por sí un absurdo, sobre todo si consideramos que tanto izquierda como derecha son nociones que sólo adquieren lógica y sentido en el marco de una práctica parlamentaria y democrática, donde izquierda, centro y derecha disputan entre sí, pero a la vez comparten el mismo espacio político. Hay sí, dictadores que roban ideas de izquierda e ideas de derecha, pero quien confunde el sentido de una dictadura con lo que una dictadura piensa de sí misma, no entiende nada de dictaduras.
Izquierda y derecha son conceptos democráticos y sobre todo políticos. Una dictadura, en cambio, se erige sobre la destrucción de la política.
8.
Como la política es simbólica, la destrucción de la política debe ser realizada mediante la destrucción de sus símbolos. Y el símbolo de todo símbolo es el lenguaje. Así se explica por qué todos los dictadores sin excepción, se esfuerzan en destruir el lenguaje político. No es cosa de azar que la mayoría de los dictadores utilicen un lenguaje soez, cargado de odios y agravios, en fin, de barbarismos. Tarea que no les cuesta mucho esfuerzo pues en la gran mayoría de los casos son los dictadores personas sin mucha educación. Además, se muestran orgullosos de no tenerla. En general los dictadores son personajes groseros e ignorantes. De los dictadores latinoamericanos Fidel Castro es quizás el único que ha pasado por una universidad. Si de ahí algo aprendió, aparte de disparar, no estoy muy seguro.
A través del empleo de un lenguaje antipolítico, el dictador imagina que él habla como habla el pueblo, lo que no es tan cierto. La mayoría de los miembros de los sectores populares, sobre todo los obreros, tienen un buen uso del lenguaje pues saben que sólo a través del lenguaje pueden articular sus intereses sociales. El lenguaje violento del dictador corresponde más bien con el que utiliza el hampa, las mafias y los delincuentes. No es la suya palabra de los pobres, sino que la de sectores socialmente desintegrados entre quienes se impone la ley del más fuerte. Y el más fuerte en esos submundos es siempre el más astuto y el más brutal.
No obstante, la destrucción de la política por medio de la destrucción del lenguaje político, cumple una función objetiva que el dictador –animal de poder- capta muy bien. Mediante el insulto y el agravio, se borran los límites entre los enemigos y los adversarios, distinción que es consustancial a toda práctica política.
El arte de la política consiste en convertir a los enemigos en adversarios. El arte del dictador consiste en convertir a los adversarios en enemigos.
Ya que la dictadura es una institución bélica, no hay lugar para los adversarios políticos. De este modo el dictador traza una línea horizontal a lo largo de la nación: “quienes no están conmigo, son mis enemigos”. Así se explica por qué el dictador trata a todos sus adversarios como enemigos de guerra a los que hay que enjuiciar y si los medios se tienen: ajusticiar. Suele ocurrir que amenacen, persigan, torturen y hasta asesinen a los políticos más democráticos, y no a los más radicales, lo que no debe extrañar porque la democracia y no el radicalismo político es la realidad que más amenaza a las dictaduras. Muchas veces, en su locura antidemocrática, los dictadores terminan convirtiendo a los líderes perseguidos, encarcelados y asesinados, en símbolos de la resistencia política nacional. Así ocurrió con el asesinado Padre Jerzy Popiluschko en la Polonia comunista. Así ocurrió con el asesinato de Benigno Aquino durante la dictadura de Ferdinand Marcos en Filipinas. Así ocurrió con el encarcelamiento de Hubert Matos en la Cuba de los Castro. Así ocurrió con el asesinato de Monseñor Oscar Arnulfo Romero en El Salvador. Así ocurrió con el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro en la Nicaragua somozista. Y así ocurre hoy con Ernesto Cardenal, perseguido y acosado en la Nicaragua orteguista.
Imponiendo la lógica de la guerra interna el dictador, además, concita el apoyo irrestricto de los estamentos militares quienes ocupan gran parte de las instituciones sociales y públicas. La militarización del Estado es el paso previo a la militarización de la nación.
La lógica de la guerra es la que también impera en el partido único dictatorial. Mientras que en una sociedad política manifestar una opinión contraria al jefe de gobierno que uno apoya es lo más normal del mundo, en un orden dictatorial el hecho de disentir se convierte en causa de alta traición, así como la formación de fracciones o el seguimiento de corrientes de opinión, en un crimen. Y es obvio: en un estado de guerra, deliberar está prohibido y disentir es traicionar. Por esa razón el dictador suele ser más cruel con sus propios disidentes que con los enemigos que él intenta “pulverizar”. No extraña entonces que los sujetos más cercanos al dictador, sobre todo los llamados ministros, dan la impresión de ser verdaderos zombis, personajes sin ideas propias cuya única tarea es repetir incansablemente la última ocurrencia del dictador. Con ese tipo de gentes es imposible polemizar ya que además, viven muertos de miedo, miedo que intentan disimular con descargas de odio en contra de quienes amenazan la continuidad dictatorial. Han vendido su alma al diablo, y saben que sin el diablo sólo les espera el infierno. O la cárcel.
Destruido el lenguaje político, el dictador, conocedor instintivo del valor de los símbolos, pasará a la fase más militar de su gobierno: la de la militarización de las masas a las que convertirá, simbólicamente, en tropas de combate, las que por ser tropas, no deben pensar. Y como el dictador odia a la democracia, odia a la diversidad, pues sin diversidad no hay democracia, ni tampoco pensamiento. La masa dictatorial no puede ser, por lo tanto, masa multiforme. La masa, como toda masa, deberá ser uni-forme. Esa es la razón que explica por qué la mayoría de los dictadores uni-forman a las masas, disfrazándolas bajo un sólo color, color que puede ser verde-oliva, negro, pardo, rojo. Y, dato curioso: los dictadores de tendencias fascistas tienen una extraña predilección por las camisas.
Desde Hitler, pasando por Perón (los descamisados), hasta llegar a nuestros días, la camisa ha sido uno de los símbolos preferidos de la uniformidad. El color único es evidentemente el símbolo del pensamiento único, que a la vez es la representación del “pensamiento” del dictador. Y la uniformidad es el símbolo de la pérdida de la individualidad y de la diferencia. Encamisada la masa uniforme, la camisa, como en los manicomios, se convierte en una camisa de fuerza. Desde ese momento, la individualidad -uno de los bienes más preciados de la condición humana- es adsorbida por un colectivo puesto al servicio de la voluntad del dictador.
En la masa, sus miembros ya no se pertenecen a sí mismos. Pasan, definitivamente, a ser propiedad del dictador quien posee a la masa sin compasión ni tregua.
Vestidas las multitudes con un mismo color, creen quienes las forman que todos son iguales entre sí: ricos y pobres; negros y blancos; mujeres y hombres; flacos y gordos, todos unidos en un sólo color, que es el color de la dictadura. En el delirio que invade a las muchedumbres cuando aúllan frente al macho furioso que las domina y violenta, imaginan ser guerreros prestos a inmolarse: carne de cañón de la historia patria. En la falsa igualdad de las camisas –obsceno simulacro de una igualdad social que no existe en ninguna parte- asistimos a la capitulación del ciudadano frente a la barbarie; al de la razón frente a la locura: el triunfo glorioso del principio de la muerte por sobre el de la vida: la muerte del Eros y el triunfo de Thanatos.
De ahí que las llamadas concentraciones políticas a las que convoca el dictador, son todo, menos políticas. Habiendo sido cerrado el espacio de la política mediante la prohibición real y simbólica de la diversidad, las concentraciones de masas devienen en verdaderas ceremonias seudo-religiosas destinadas a aclamar la presencia omnímoda del dictador. El dictador aparece entonces frente a “sus” masas como si aquello que tuviera lugar fuera la llegada del Mesías en gloria y majestad.
La masa delirante se realiza frente a la presencia del dictador vociferante, al mismo tiempo que el dictador hunde su –casi siempre- gordo cuerpo en el océano uniforme de la masa. En ese momento apoteósico y delirante, la muchedumbre grita cada vez que el dictador grita. La manada regresa a su momento originario; toda palabra pierde sentido; sólo los sonidos son significantes. Y en medio del estruendo infernal de la catarsis colectiva, suele suceder que el dictador, sobre todo si se trata de un dictador electoralista, caiga en un estado de espasmódico orgasmo retórico. Ya sin límites, comienza a gritar que él es el pueblo; que el pueblo está en él, y todo se confunde en un sólo caos; la locura se apodera de las camisas uniformadas, mientras el dictador, el único, ya no habla con su voz. A través de la estridencia de su boca coprófaga, hablan los antepasados, los “padres de la patria” de quienes el dictador quiere aparecer como un enviado de ultratumba El climax del orgasmo colectivo es alcanzado cuando el dictador, ya fuera de sí, ofrece su vida a las masas que aúllan sin ton ni son frente a ese carnaval orgiástico y pre-histórico, simulacro de inmolaciones y sacrificios colectivos, de sangres imaginariamente derramadas, y de batallas que nunca existieron ni jamás existirán.
9.
Quiénes, ajenos a la locura miran el ominoso espectáculo, son los mismos que saben que la farsa deberá alguna vez –quizás muy pronto- terminar. Y, como humanos que son, sólo desean que, Dios mediante, eso no termine tan mal como todo indica que así ha de suceder
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El discurso del mal, triste verdad...?

En la década de los 60 Pablo VI en Puebla y Medellin en alocuciones al publico que le escuchaba repite: "Quitaos los anillos de los dedos,antes de que os arranquen las manos". La miseria de América Latina en aquella época y la actual poco han cambiado . Cierto es que ahora nos comunicamos con celulares de ultima generación ,pero muchas  personas no alcanzan a ingerir una sola comida en todo el día.
En esta entrevista que muchos creyeron real,pero es falsa se incide-de nuevo - en el tema,desde una perspectiva mas dramática aun. Para algunos parecerá un relato de ciencia ficción,para otros una obra de tipo "macondiano",pero para las personas con conciencia social lo que se narra- y la forma de hacerlo tiene mucho de dolorosa  realidad. La pregunta que cabe es : Y cual es la solución...? .  Si me contesto ubicado en el contexto de Costa Rica no veo ninguna,salvo que los partiditos electorales que tenemos cada cuatro años y los tradicionales que arrastran mucha cola no precisamente pefumada,logren hacer un pacto transideologico,transpartidista para poner orden en un país que blasonaba de mucho y hoy comienza a cojear seriamente...J.P.

El “erudito” discurso del mal, la falsa entrevista a Marcola

04/11/2010
By Hunnapuh

marcola
Circula por internet una supuesta entrevista realizada por el periódico O’Globo de Brasil a Marcos Willians Herbas Camacho, conocido en el hampa brasileña como “Marcola”,  líder de la organización criminal Primeiro Comando da Capital. (PCC) que se actualmente, se encuentra preso en una cárcel en el estado de São Paulo.
Titulada como "Pierdan todas las esperanzas. Estamos todos en el infierno" o «Escalofriante entrevista de la cadena televisiva brasileña O Globo al conocido capo "Marcola"», la supuesta entrevista hace un viaje socio-económico-politico por toda la problemática de pobreza, exclusión y crimen que azota a Brasil y a Latinoamérica, presentando al susodicho Marcola como el catalizador del terror e impotencias ciudadanas ante el embate del crimen organizado, el narcotráfico, etc, esta entrevista fué negada por el propio “Marcola” según se puede leer en la noticia relacionada.
Sin embargo el mensaje que deja es universal para nuestro caso y muchas de las “realidades” que Marcola expone son válidas y están vigentes incluso aquí en El Salvador, la “tierra del cambio”, que viaja a lomos de caracol.
Rodolfo_Terragno Rodolfo H. Terragno, político y empresario de medios argentino, publica un interesante artículo que titula “Lasciate ogni speranza” en alusión a la famosa frase que adorna la entrada al infierno de Dante, en el que analiza el montaje que se hizo del “discurso” de Marcola a la sociedad en algo parecido a lo que vivieron nuestros abuelos con la emisión radial de “La Guerra de los Mundos” de H.G. Well, montada por el actor Orson Welles a principios del siglo pasado o similar a lo que vimos en la película V de Venganza basada en el famoso Comic de Alan Moore, que utilizan un inteligente pero cruel discurso para exponer la realidad de la incapacidad del gobierno ante el crimen y resaltar el miedo que esto causa en la población.

Lasciate ogni speranza (Extracto). Rodolfo H. Terragno

worls_war Eran grandes como osos, y sus babeantes tentáculos no dejaban de moverse.  Habían llegado en un enorme objeto flamígero, que quedó estacionado en Grover´s Mill, New Jersey. Desde allí, los conquistadores emprendieron un raid fatal: a su paso, fueron destruyendo puentes, volando ferrocarriles y esparciendo gases venenosos.
La población siguió las alternativas de aquella invasión extraterrena mediante la radio. Pocos advirtieron que se trataba de una adaptación de La Guerra de los Mundos. Capcioso, Orson Welles había convertido la novela de H.G.Wells en  flashes “informativos”, con los cuales interrumpía las transmisiones de la CBS. 
            Ocurrió 68 años atrás, en vísperas de Halloween. Los medios de comunicación –se probó entonces— pueden esfumar los límites entre ficción y realidad.
arnaldo_jabor Un cineasta y periodista brasileño, Arnaldo Jabor, acaba de hacer su propia demostración.(de la efectividad del mensaje de Orson Welles En este caso, la radio fue substituida por Internet.
            Autor de libros como Sandwiches de Realidade o Invasão das Salchichas Gigantes, Jabor  hizo una entrevista apócrifa pero verosímil a Marcos Williams Herbas Camacho, Marcola: el jefe máximo de una temible banda (Primeiro Comando da Capital, PCC), que dirige el narcotráfico y el crimen organizado desde la cárcel de San Pablo.
            Aprovechando una leyenda, según la cual Marcola lleva leídos 3.000 libros, Jabot lo hizo elaborar un discurso erudito.  Su propósito era mostrar que los poderes públicos, en manos de una dirigencia incompetente o corrupta, han destruido (en Brasil como en otras partes) las bases de la convivencia social.
           El supuesto discurso de Marcola es éste:
•            “Ustedes nunca se ocuparon de la pobreza cuando era fácil resolverla”.
•            “Nosotros éramos noticia, solamente, cuando había derrumbes en los morros”.
•          “Ahora nosotros somos ricos gracias a la droga, y ustedes están muertos de miedo”.
•          “Con 40 millones de dólares, en la cárcel se manda. Con ese dinero, la prisión es un hotel. ¿Qué policía va a destruir esta mina de oro?”.
•            “Ustedes no pueden venir a matarme en la cárcel. En cambio, yo puedo mandar a matarlos allí afuera”.
•          “En las favelas hay cien mil hombres-bombas”.
•          “Ya no existen los proletarios explotados. Ahora hay una masa cultivada en el barro, que se ha educado en el más absoluto analfabetismo y está diplomándose en las cárceles”.
•          “Es la post-miseria, que genera una cultura asesina, asistida por la nueva tecnología: satélites, celulares, Internet, armas modernas”.
•          “Es ahora cuando ustedes empiezan a tener conciencia social. Pero ya es tarde”.
•          “¿No vieron el tamaño de las 560 favelas de Río?  ¿No sobrevolaron nunca en helicóptero la periferia de San Pablo?”.
•          “No tienen solución. Necesitarían muchos miles de millones de dólares, y ni eso alcanzaría, sin un profundo cambio psico-social en la estructura del país. Es imposible”.

Desafiante y apocalíptica, la marioneta de Jabor detallas las diferencias entre el establishment y el narcotráfico:  
“Nosotros somos una empresa moderna. Si un miembro flaquea, es despedido y   puesto en el microondas. Ustedes tienen un Estado en quiebra, dominado por incompetentes.
“Nosotros tenemos métodos ágiles de gestión. Ustedes son lentos y burocráticos.
“Nosotros luchamos en terreno propio. Ustedes, en territorio ajeno.
“Nosotros no le tememos a la muerte. Ustedes están en pánico.
“Nosotros vamos al ataque. Ustedes están  a la defensiva.
“Nosotros somos no tenemos reparos en ser crueles. Ustedes tienen la manía del humanismo.
“Ustedes nos transformaron en super stars del crimen. Nosotros los tenemos a ustedes de payasos.
“A ustedes la gente los odia. A nosotros, sea por miedo o por amor,  nos ayuda”.

            
El falso Marcola evoca La Divina Comedia  y, recordando la frase inscripta en el portal del Infierno dantesco ("Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate") alerta a los dueños del poder político: “Pierdan todas las esperanzas. Estamos todos en el infierno".
            La entrevista apócrifa –en portugués y en una magra traducción al castellano—trepó a diversos blogs, fue reproducida a través de incontables cadenas de e-mail y  alimentó diversos foros electrónicos.
            Muchos se sintieron amenazados por esa “cultura asesina” contra la cual –al parecer–  ya nada puede hacerse. Como Orson Wells con sus “noticias” sobre los aliens, Jabor estremeció con su “entrevista” a Marcola.
           Hay, sin embargo, diferencias.
           Los narcotraficantes son seres reales, no  imaginarios.
           Al poner ciertas verdades en la boca del capomafia  Jabor ayuda a comprender que la marginalidad es un subproducto de la desigualdad social.
           Llama la atención, por lo demás, sobre un hecho que a menudo se olvida: algunos problemas que pueden resolverse con relativa facilidad, se tornan insolubles con la acción prolongada.
          El diagnóstico del falso Marcola es correcto y su predicción –aunque dramatizada—sirve de alerta.
          Es lastimoso que, después de haber hecho tal servicio, Jabor no extraiga las conclusiones acertadas.  
          El periodista omite toda referencia a las causas últimas de la pobreza.
          No sospecha que el orden económico mundial tenga algo que ver.
          No advierte que el credo neoliberal –al cual adhirió años ha–  alejó las soluciones posibles.
          No distingue entre políticas que reducen la inequidad social y otras que la agravan.
          Tampoco entre aquellas que favorecen el desarrollo económico y otras que pueden frenarlo.

Prefiere proclamar la existencia de una “crisis institucional”, provocada por la “incompetência evidente” de los políticos; y hace que Marcola sugiera –como único modo de aliviar la situación—una  “tiranía esclarecida”.
Es una manifestación de racismo antipolítico. El mensaje es claro: si la sociedad sigue en manos de esa “raza”, lasciate ogne speranza.

Dante, por cierto, coloca a los violentos y a los corruptos en el Infierno; pero también reserva un castigo para los “oportunistas”: aquellos que en vida no hicieron nada, ni para bien ni para mal.  Los confina a las riveras del Acheron –río situado en el conurbano infernal–  y nos informa que serán eternamente atacados por avispas y gusanos.

Si el averno es aquel que –guiado por Virgilio— Dante exploró el Viernes Santo de 1300, conviene no aceptar el convite a la resignación.
Tampoco es útil, para la vida mundanal, aceptar que ya estamos todos (junto a Marcola) en el infierno.
(Rodolfo H. Terragno)


Aclarados los puntos respecto a la supuesta entrevista a Marcola ahora pueden leerla a continuación sin el velo de la mitificación.

“Escalofriante «entrevista» de la cadena televisiva brasileña O Globo al conocido capo "Marcola"

marcola2 El 23 de mayo del año 2008, el diario O Globo de Brasil en su Editorial Segundo Cuaderno, publicó una entrevista a Marcola del PCC. Él es Marcos Camacho, jefe de la banda carcelaria de San Pablo denominada Primer Comando de la Capital (PCC), que durante este año ha provocado numerosos actos de vandalismo en esa ciudad y alrededores.

La siguiente es la traducción textual del reportaje.

¿Usted es del PCC?


-Más que eso, yo soy una señal de estos tiempos. Yo era pobre e invisible. Ustedes nunca me miraron durante décadas y antiguamente era fácil resolver el problema de la miseria. El diagnóstico era obvio: migración rural, desnivel de renta, pocas villas miseria, discretas periferias; la solución nunca aparecía.
¿Qué hicieron? Nada. ¿El Gobierno Federal alguna vez reservó algún presupuesto para nosotros? Nosotros sólo éramos noticia en los derrumbes de las villas en las montañas o en la música romántica sobre "la belleza de esas montañas al amanecer", esas cosas. Ahora estamos ricos con la multinacional de la droga.
Y ustedes se están muriendo de miedo. Nosotros somos el inicio tardío de vuestra conciencia social ¿Vio? Yo soy culto. Leo al Dante en la prisión.

Pero la solución sería…


-¿Solución? No hay solución, hermano. La propia idea de "solución" ya es un error. ¿Ya vio el tamaño de las 560 villas miseria de Río?
favela ¿Ya anduvo en helicóptero por sobre la periferia de San Pablo? ¿Solución, cómo? Sólo la habría con muchos millones de dólares gastados organizadamente, con un gobernante de alto nivel, una inmensa voluntad política, crecimiento económico, revolución en la educación, urbanización general y todo tendría que ser bajo la batuta casi de una "tiranía esclarecida" que saltase por sobre la parálisis burocrática secular, que pasase por encima del Legislativo cómplice.
¿O usted cree que los chupasangres (sanguessugas) no van a actuar? Si se descuida van a robar hasta al PCC. Y del Judicial que impide puniciones. Tendría que haber una reforma radical del proceso penal del país, tendría que haber comunicaciones e inteligencia entre policías municipales, provinciales y federales (nosotros hacemos hasta "conference calls" entre presidiarios.) Y todo eso costaría billones de dólares e implicaría una mudanza psicosocial profunda en la estructura política del país.
O sea: es imposible. No hay solución.

¿Usted no tiene miedo de morir?


-Ustedes son los que tienen miedo de morir, yo no. Mejor dicho, aquí en la cárcel ustedes no pueden entrar y matarme, pero yo puedo mandar matarlos a ustedes allí afuera. Nosotros somos hombres-bombas. En las villas miseria hay cien mil hombres-bombas. Estamos en el centro de lo insoluble mismo. Ustedes en el bien y el mal y, en medio, la frontera de la muerte, la única frontera. Ya somos una nueva "especie", ya somos otros bichos, diferentes a ustedes.
favela2 La muerte para ustedes es un drama cristiano en una cama, por un ataque al corazón. La muerte para nosotros es la comida diaria, tirados en una fosa común. ¿Ustedes intelectuales no hablan de lucha de clases, de ser marginal, ser héroe? Entonces ¡llegamos nosotros! ¡Ja, ja, ja.!
Yo leo mucho leí 3000 libros y leo al Dante, pero mis soldados son extrañas anomalías del desarrollo torcido de este país. No hay más proletarios, o infelices, o explotados. Hay una tercera cosa creciendo allí afuera, cultivada en el barro, educándose en el más absoluto analfabetismo, diplomándose en las cárceles, como un monstruo Alien escondido en los rincones de la ciudad. Ya surgió un nuevo lenguaje.
¿Ustedes no escuchan las grabaciones hechas "con autorización" de la justicia? Es eso. Es otra lengua. Está delante de una especie de post miseria. Eso. La post miseria genera una nueva cultura asesina, ayudada por la tecnología, satélites, celulares, Internet, armas modernas. Es la mierda con chips, con megabytes. Mis comandados son una mutación de la especie social. Son hongos de un gran error sucio.

¿Qué cambió en las periferias?


-Mangos. Nosotros ahora tenemos. ¿Usted cree que quien tiene 40 millones de dólares como Beira Mar no manda? Con 40 millones de dólares la prisión es un hotel, un escritorio. ¿Cuál es la policía que va a quemar esa mina de oro, entiende? Nosotros somos una empresa moderna, rica. Si el funcionario vacila es despedido y "colocado en el microondas". Ustedes son el estado quebrado, dominado por incompetentes. Nosotros tenemos métodos ágiles de gestión. Ustedes son lentos, burocráticos.
favela0 Nosotros luchamos en terreno propio. Ustedes, en tierra extraña. Nosotros no tememos a la muerte. Ustedes mueren de miedo. Nosotros estamos bien armados. Ustedes tienen calibre 38. Nosotros estamos en el ataque. Ustedes en la defensa. Ustedes tienen la manía del humanismo. Nosotros somos crueles, sin piedad. Ustedes nos transformaron en super stars" del crimen. Nosotros los tenemos de payasos. Nosotros somos ayudados por la población de las villas miseria, por miedo o por amor. Ustedes son odiados. Ustedes son regionales, provincianos. Nuestras armas y productos vienen de afuera, somos "globales". Nosotros no nos olvidamos de ustedes, son nuestros "clientes". Ustedes nos olvidan cuando pasa el susto de la violencia que provocamos.

¿Pero, qué debemos hacer?


-Les voy a dar una idea, aunque sea en contra de mí. ¡Agarren a "los barones del polvo" (cocaína)! Hay diputados, senadores, hay generales, hay hasta ex presidentes del Paraguay en el medio de la cocaína y de las armas. Pero, ¿quién va a hacer eso? ¿El ejército? ¿Con qué plata? No tienen dinero ni para comida de los reclutas. El país está quebrado, sustentando un estado muerto con intereses del 20 % al año, y Lula todavía aumenta los gastos públicos, empleando 40 mil sinvergüenzas.

¿El ejército irá a luchar contra el PCC?

Estoy leyendo Klausewitz Sobre la Guerra. No hay perspectiva de éxito. Nosotros somos hormigas devoradoras, escondidas en los rincones. Tenemos hasta misiles anti-tanque. Si embroman, van a salir unos Stingers [1]. Para acabar con nosotros, solamente con una bomba atómica en las villas miseria. ¿Ya pensó? ¿Ipanema radiactiva?

Pero. ¿No habrá una solución?


-Ustedes sólo pueden llegar a algún suceso si desisten de defender la "normalidad". No hay más normalidad alguna. Ustedes precisan hacer una autocrítica de su propia incompetencia. Pero a ser franco, en serio, en la moral.
Estamos todos en el centro de lo insoluble. Sólo que nosotros vivimos de él y ustedes no tienen salida. Sólo la mierda. Y nosotros ya trabajamos dentro de ella. Entiéndame, hermano, no hay solución. ¿Saben por qué? Porque ustedes no entienden ni la extensión del problema. Como escribió el divino Dante: "Pierdan todas las esperanzas. Estamos todos en el infierno".

singers [1] El FIM-92 Stinger es un misil perseguidor infrarrojo tierra-aire diseñado en los Estados Unidos de América, en servicio desde 1981, que derriba naves. Puede ser lanzado desde el hombro de un soldado, que ataca objetivos a unos cuatro o cinco kilómetros de distancia. El arma lanza misiles mediante un motor de eyección.


Fuente: http://hunna.org/el-erudito-discurso-del-mal-la-falsa-entrevista-a-marcola/
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domingo, 23 de enero de 2011

LA HISTORIA DE DON ALEJO GARZA Y EL DESTINO DE COSTA RICA

En Costa Rica la historia de don Alejo Garza que con harto desenfado cuenta Perez Reverte ya no es posible. Dia a día asistimos al triste y denigrante espectáculo de que en todos los círculos sociales la narcoactividad penetra hasta en los huesos. Y comenzó con los políticos y  siguió con los comerciantes y empresarios o con ambos-al fin y al cabo han resultado una unidad en la que no e dable discernir donde acaba y por donde comienza.  Es ya una realidad triste,tanto que cala el alma -lo ultimo puro que queda- y habrá de acabar hasta con el ultimo de los de a a pie,salvo un milagro ,que debe comenzar por la clase política misma. Aunque  jamas he oído hablar de auto-milagros.


Patente de corso, por Arturo Pérez-Reverte,                        Fuente : http://xlsemanal.finanzas.com/web/firma.php?id_edicion=6007&id_firma=12754

 
  La historia de don Alejo Garza
 
 


Hay un episodio reciente que ha pasado inadvertido para la mayor parte de los medios de comunicación españoles. Quizá porque no es modelo de mansedumbre y buen rollito, y resulta socialmente incorrecto al haber pistolas, escopetas y toda clase de armas de por medio. Y en este país imbécil que habitamos y que nos habita, de ahí a llamarle ultraviolento y facha -etiqueta adhesiva polivalente- a su protagonista, incluso a quien se refiera a él, hay menos que el canto de un euro. Pero me importa un carajo. Como decía mi abuelo, hay cosas que alientan la virtud, o al menos cierta clase de ella, aunque no se trate de la que anda al uso. Así que, bueno. Quien sepa ver virtudes en esta historia, que las aproveche. Y el que no, pues oigan. Que le vayan dando.

Se llamaba Alejo Garza Támez, tenía 77 años y era empresario maderero con rancho en Tamaulipas, México. Nadie le había regalado nada: llevaba toda la vida trabajando, y cuanto tenía lo ganó con sudor y trabajo. Aficionado a la caza y la charla con los amigos, era respetado por sus vecinos; de esos hombres cuyo apretón de manos y palabra valen más que un contrato firmado. Su desgracia fue que, en los últimos tiempos, Tamaulipas, como buena parte de México, se ha convertido en territorio comanche: narcos hasta en la sopa. Y hace dos meses, el sábado 13 de noviembre, con precisión de corrido de los Tigres del Norte, los sicarios del cártel de allí fueron a decirle muy gallitos que ahuecara. Que su propiedad les interesaba, y que debía arreglarse con ellos. Veinticuatro horas para pensarlo, dijeron. Luego aténgase a las consecuencias. Que, tal como andan las cosas en esa tierra, se resumían en una: velatorio con cuatro cirios encendidos en las esquinas y ataúd en medio. El suyo.

Don Alejo se lo pensó, en efecto. Con casi ochenta tacos de almanaque, concluyó, lo mío anda más que amortizado. Se le hacía cuesta arriba cambiar de rancho, a su edad. Así que, parafraseando a Cervantes, se dijo aquello de balas tengo, lo demás Dios lo remedie. Hasta aquí hemos llegado. Reunió a los trabajadores del rancho, les pagó lo que les debía, y ordenó que al día siguiente no fuese ninguno a trabajar. Quiero estar solo, dijo. Luego hizo recuento de armas y municiones -ya he dicho que era cazador- y pasó el resto del día en preparar la casa para su defensa, poniendo barricadas en las puertas y disponiendo escopetas y cartuchos para disparar en cada ventana. La noche fue larga, de poco sueño y mucha alerta, atento a cualquier ruido exterior. Supongo que se quitaría el frío con una botella de tequila y mataría las horas con cigarrillos. Tal vez había dejado el tabaco años atrás, por la salud, y volvió a fumar esa noche. Es así como imagino a don Alejo: sentado en la oscuridad con un rifle semiautomático entre las piernas, los bolsillos llenos de cartuchos, un tequila en una mano y la brasa roja de un cigarrillo en los labios, entornados los ojos para escudriñar la noche, atento a los sonidos del exterior. Recordando a ratos su vida. Esperando.

A las cuatro de la madrugada sonaron motores. Bajando de varias camionetas, armados hasta los dientes con fusiles de asalto y muy seguros de sí, como suelen, una veintena de sicarios se encaminó a la casa, gritando que tomaban posesión del rancho. Que todo el mundo saliese afuera, con las manos en alto. Entonces, en el interior, don Alejo apuró el tequila, apagó el último pitillo con el tacón de sus botas de piel de iguana y empezó a pegar tiros.

Fue un verdadero combate, largo e intenso. Hasta granadas usaron. Desde los ranchos cercanos se oyó mucho rato el crepitar de las balas y el retumbar de las explosiones. Don Alejo vendía cara su veterana piel. Y cuando a la mañana siguiente tropas de la Marina mejicana llegaron al lugar, aquello parecía un campo de batalla. La casa todavía olía a pólvora, acribillada por centenares de disparos e impactos de granadas. El interior, destrozado a tiros, se veía alfombrado de casquillos de bala disparados por don Alejo; que yacía muerto junto a una ventana, con el rifle todavía cerca. Se había llevado por delante a cuatro gatilleros, cuyos cadáveres estaban tirados delante de la casa. Dos sicarios más, gravemente heridos, a los que sus compañeros habían dejado atrás por creerlos muertos como los otros, vivieron lo suficiente para contar la historia. El viejo peleó como una fiera, dijo uno. Hasta el último cartucho.

Colorín, colorado. Ésta es la vida y la muerte, real como la vida y como México mismo, de don Alejo Garza Támez. Si el ejemplo es edificante o no, allá cada cual con lo que entienda. Yo me limito a contar la historia de un abuelete de Tamaulipas a quien los poderosos -los narcos, en su caso- dijeron que se hincara de rodillas, y no quiso. Le daba pereza.
   

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LA CIVILIZACION DEL ESPECTACULO ..QUE SIGUE LUEGO...????

Si debo definirme digo que soy Realista. Los que me conocen dicen que soy Pesimista.  Dios que me conoce mejor que yo no opina nada. Y de frente a mi familia debo aparentar que soy Optimista. Pero a decir verdad conforme envejezco,conozco mejor este mundo, trato a mas personas, indago en las interioridades de manejo de todo lo que han pergeñado las relaciones humanas,  me convenzo de que hemos perdido el paso,si es que alguna vez habia alguno.

Y quien mejor para escribir por lo que siento que el ultimo premio Nobel de Literatura.
Dice así Vargas Llosa citado por  Juan Dolio :

............................................................................................................
Espíritu, ideales, placer, amor, solidaridad, alma. El Nobel Mario Vargas Llosa se pregunta si estas palabras significan algo todavía. Con este texto inédito para nuestro número 1.000 -el prólogo de su próximo libro- responde al papel de la cultura hoy, define lo que ha bautizado como la "civilización del espectáculo" y desarrolla su Alegato de defensa de los valores eternos
Lima / Madrid 2010
En el pasado, la cultura fue a menudo una conciencia que impedía a las personas cultas dar la espalda a la realidad
"Las horas han perdido su reloj"
Vicente Huidobro
Este ensayo fue naciendo en los últimos años sin que yo me diera cuenta, a raíz de la incómoda sensación que solía asaltarme a veces visitando exposiciones, asistiendo a algunos espectáculos, viendo ciertas películas, obras de teatro o programas de televisión, o leyendo ciertos libros, revistas y periódicos, de que me estaban tomando el pelo y que no tenía cómo defenderme ante una arrolladora y sutil conspiración para hacerme sentir un inculto o un estúpido.
Este libro es mi alegato de defensa. Cuando comencé a escribirlo descubrí que llevaba tiempo tocando algunos de sus temas de manera fragmentaria en artículos y polémicas, y eso explica que cada capítulo tenga como colofón unos "antecedentes" que reproducen aquellos textos tal como fueron publicados (con la ocasional corrección de una errata o una falta de puntuación). Pero he utilizado también, en algunos capítulos, partes, a veces muy amplias, de ensayos y charlas, introduciendo en estos textos, allí sí, enmiendas importantes. Pese a todos esos collages creo que el libro es un ensayo orgánico que fui elaborando a lo largo de años aguijoneado por un tema inquietante y fascinante: cómo la cultura dentro de la que nos movemos se ha ido frivolizando y banalizando hasta convertirse en algunos casos en un pálido remedo de lo que nuestros padres y abuelos entendían por esa palabra. Me parece que tal transformación significa un deterioro que nos sume en una creciente confusión de la que podría resultar, a la corta o a la larga, un mundo sin valores estéticos, en el que las artes y las letras -las humanidades- habrían pasado a ser poco más que formas secundarias del entretenimiento, a la zaga del que proveen al gran público los grandes medios audiovisuales, y sin mayor influencia en la vida social. Ésta, resueltamente orientada por consideraciones pragmáticas, transcurriría entonces bajo la dirección absoluta de los especialistas y los técnicos, abocada esencialmente a la satisfacción de las necesidades materiales y animada por el espíritu de lucro, motor de la economía, valor supremo de la sociedad, medida exclusiva del fracaso y del éxito, y, por lo mismo, razón de ser de los destinos individuales.
Ésta no es una pesadilla orwelliana sino una realidad perfectamente posible a la que, insensiblemente, se han ido acercando las naciones más avanzadas y libres del planeta, las del Occidente democrático y liberal, a medida que los fundamentos de la cultura tradicional entraban en bancarrota, se iban desintegrando, y los iban sustituyendo unos embelecos que han ido alejando cada vez más del gran público las creaciones artísticas y literarias, las ideas filosóficas, los ideales cívicos, los valores y, en suma, toda aquella dimensión espiritual llamada antiguamente la cultura, que, aunque confinada principalmente en una elite, desbordaba en el pasado hacia el conjunto de la sociedad e influía en ella dándole un sentido a la vida y una razón de ser a la existencia que trascendía el mero bienestar material del ciudadano. Nunca hemos vivido como ahora en una época tan rica en conocimientos científicos y hallazgos tecnológicos ni mejor equipada para derrotar la enfermedad, la ignorancia y la pobreza y, sin embargo, acaso nunca hayamos estado tan desconcertados y extraviados respecto a ciertas cuestiones básicas como qué hacemos aquí en este astro sin luz propia que nos tocó, si la mera supervivencia es el único norte que justifica la vida, si palabras como espíritu, ideales, placer, amor, solidaridad, arte, creación, alma, trascendencia, significan algo todavía, y, si la respuesta es positiva, qué es exactamente lo que hay en ellas y qué no. Antes, la razón de ser de la cultura era dar una respuesta a este género de preguntas, pero lo que hoy entendemos por cultura está exonerada por completo de semejante responsabilidad, ya que hemos ido haciendo de ella algo mucho más superficial y voluble, o una forma de diversión ligera para el gran público o un juego retórico, esotérico y oscurantista para grupúsculos vanidosos y de espaldas al conjunto de la sociedad.
La idea de progreso es engañosa. Quién, que no fuera un ciego o un fanático, podría negar que una época en la que los seres humanos pueden viajar a las estrellas, comunicarse al instante salvando todas las distancias gracias al Internet, clonar a los animales y a los humanos, fabricar armas capaces de volatilizar el planeta e ir destruyendo con nuestras prodigiosas invenciones industriales el aire que respiramos, el agua que bebemos y la tierra que nos alimenta, ha alcanzado un desarrollo sin precedentes en la historia de la humanidad. Al mismo tiempo, nunca ha estado menos segura la supervivencia de la especie por los riesgos de una confrontación atómica, la locura sanguinaria de los fanatismos religiosos y la erosión del medio ambiente, y acaso nunca haya habido, junto a las extraordinarias oportunidades y condiciones de vida de que gozan los privilegiados, el contraste de la pavorosa miseria y las atroces condiciones de vida que todavía padecen, en este mundo tan próspero, centenares de millones de seres humanos, y no sólo en el llamado Tercer Mundo, también en enclaves de horror y vergüenza en el seno mismo de las ciudades más opulentas del planeta.
En el pasado, la cultura tuvo siempre que ver con esos temas y fue a menudo el mejor llamado de atención ante semejantes problemas, una conciencia que impedía a las personas cultas dar la espalda a la realidad cruda y ruda de su tiempo. Ahora, más bien, lo que llamamos cultura es un mecanismo que permite ignorar los asuntos problemáticos, distraernos de lo que es serio, sumergirnos en un momentáneo "paraíso artificial", poco menos que el sucedáneo de una calada de marihuana o un jalón de coca, es decir, una pequeña vacación de irrealidad.
Todos estos son temas profundos y complejos que no caben en las pretensiones, mucho más limitadas, de este libro. Éste sólo quiere ser un testimonio personal, en el que aquellas cuestiones se refractan en la experiencia de alguien que, desde que descubrió, a través de los libros, la aventura espiritual, tuvo siempre por un modelo a aquellas personas cultas, que se movían con desenvoltura en el mundo de las ideas y que tenían más o menos claros unos valores estéticos que les permitían opinar con seguridad sobre lo que era bueno y malo, original o epígono, revolucionario o rutinario, en la literatura, las artes plásticas, la filosofía, la música. Muy consciente de las deficiencias de mi formación escolar y universitaria, durante toda mi vida he procurado suplir esos vacíos, estudiando, leyendo, visitando museos y galerías, yendo a bibliotecas, conferencias y conciertos. No había en ello sacrificio alguno. Más bien, el inmenso placer de ir, poco a poco, descubriendo que se ensanchaba mi horizonte intelectual, que entender a Nietzsche o a Popper, leer a Homero, descifrar el Ulises de Joyce, gustar la poesía de Góngora, de Baudelaire, de T. S. Eliot, explorar el universo de Goya, de Rembrandt, de Picasso, de Mozart, de Mahler, de Bartók, de Chéjov, de O'Neil, de Ibsen, de Brecht, enriquecía extraordinariamente mi fantasía, mis apetitos y mi sensibilidad.
Hasta que, de pronto, empecé a sentir que muchos artistas, pensadores y escritores contemporáneos me estaban tomando el pelo. Y que no era un hecho aislado, casual y transitivo, sino un verdadero proceso del que parecían cómplices, además de ciertos creadores, sus críticos, editores, galeristas, productores, y un público de papanatas inconscientes a los que aquellos manipulaban a su gusto, haciéndoles tragar gato por liebre, por razones crematísticas a veces y a veces por pura frivolidad.
Quiero dejar sentada mi protesta, por lo que pueda valer, que, lo sé, no será mucho. Hay demasiados intereses de por medio, helás. Probablemente, el fenómeno que este ensayo describe en unos cuantos apuntes no tenga remedio, porque forma ya parte de una manera de ser, de vivir, de fantasear y de creer de nuestra época, y que lo que este libro añora sea polvo y ceniza sin resurrección posible. Pero podría ser, también, ya que nada se está quieto en el mundo en que vivimos, que ese fenómeno, la civilización del espectáculo, perezca sin pena ni gloria, por obra de su propia inanidad y nadería, y que otro lo reemplace, acaso mejor, acaso peor, en la sociedad del porvenir. Confieso que tengo poca curiosidad por el futuro, en el que, tal como van las cosas, tiendo a descreer. En cambio, me interesa mucho el pasado, y muchísimo el presente, que sería incomprensible sin aquél. En este presente hay innumerables cosas mejores que las que vieron nuestros ancestros, desde luego: menos dictaduras, más democracias, una libertad que alcanza a más países y personas que nunca antes, una prosperidad y una educación que llegan a muchas más gentes que antaño y unas oportunidades para un gran número de seres humanos que jamás existieron antes, salvo para ínfimas minorías.
Pero, en un campo específico, aunque de fronteras volátiles, el de la cultura, creo que hemos retrocedido, sin advertirlo ni quererlo, por culpa fundamentalmente de los países más cultos, los de la vanguardia del desarrollo, los que marcan las pautas y las metas que poco a poco van contagiando a los que vienen detrás. Y asimismo creo que una de las consecuencias que podría tener la corrupción de la vida cultural por obra de la frivolidad, podría ser que aquellos gigantes, a la larga, revelaran tener unos pies de barro y perdieran su protagonismo y poder, por haber derrochado con tanta ligereza el arma secreta que hizo de ellos lo que han llegado a ser, esa delicada materia que da sentido, contenido y un orden a lo que llamamos civilización.
Juan Dolio, diciembre de 2010.
Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936, premio Nobel de Literatura 2010) ha publicado El sueño del celta (Alfaguara) y prepara La civilización del espectáculo. www.mvargasllosa.com

Fuente: http://www.elpais.com/articulo/portada/civilizacion/espectaculo/elpepuculbab/20110122elpbabpor_1/Tes 
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sábado, 15 de enero de 2011

Relaciones Internacionales sostenibles

FUENTE: EL PAIS.COM TRIBUNA: PHILIP PETTIT / ANTONIO ESTELLA



"Un periodista le preguntó hace mucho tiempo a Mahatma Gandhi qué pensaba sobre la civilización occidental: "Que sería una muy buena idea", contestó Gandhi. Su respuesta contenía en realidad dos mensajes diferentes, uno valorativo y el otro fáctico. La perspectiva de la existencia de una civilización occidental era algo atractivo e inspirador; pero la materialización de algo parecido a un "estado de civilización" en Occidente estaba muy lejos todavía de poder alcanzarse, según Gandhi.

Apostamos por un ideal que ponga el acento en la no dominación más que en la no interferencia
Si a cualquiera de nosotros nos preguntaran qué pensamos no sobre la civilización occidental, sino sobre el mundo de relaciones internacionales que hoy día se abre ante nuestros ojos, seguro que podríamos estar tentados de responder de forma muy parecida a como lo hizo Gandhi: estaría bien tenerlo, pero estamos muy lejos de conseguirlo. ¿En qué debería consistir por tanto ese mundo, esa comunidad global de ciudadanos, a la que tendríamos que aspirar? ¿Cómo podríamos conceptualizarla si, por ejemplo, quisiéramos otorgarla un papel de "guía ideal" que orientara el despliegue de nuestra acción política en el mundo? Ahora que Trinidad Jiménez ha sido nombrada ministra de Asuntos Exteriores y Cooperación del Gobierno de España, creemos que es un buen momento para volver a plantear este tipo de cuestiones. Y más que asignar "tareas" para la nueva ministra, lo que pensamos que falta es una idea, o ideal, que sirva de guía y de leitmotiv de la acción exterior de nuestro país.
Al menos desde los Tratados de Westfalia y el final de las guerras religiosas en Europa, la imagen más habitual del orden internacional ha sido más bien algo lúgubre, en la que cada Estado miraba por sus propios intereses y en la que, en la medida en que las fronteras estatales eran respetadas, no se producían interferencias entre unos y otros Estados. Este ideal de independencia como no interferencia ha permanecido bastante inalterado hasta la actualidad, a pesar de la emergencia de nuevas pautas de organización internacional, de resistencia ante el abuso de los derechos humanos y, sobre todo, del despliegue de la ayuda al desarrollo. Sobre la base de la emergencia de estas nuevas pautas, algunos han intentado reemplazar este ideal de independencia como no interferencia por una aspiración moral en pro de una justicia global. Pero hay que reconocer que aunque esta idea ha prosperado entre filósofos, ha tenido bastante menos suerte entre los políticos.
Nosotros pensamos, sin embargo, que es fundamental rellenar esta laguna que existe en el ámbito de las relaciones internacionales, apostando por un ideal que ponga el acento en la no do
-minación de los ciudadanos del mundo, y no simplemente en la no interferencia. La gente, los ciudadanos, serán dominados por otros si estos tienen el poder de entorpecer el desarrollo de su libertad, presionándolos para que se dobleguen ante su voluntad. Y esa dominación puede materializarse incluso -y este punto es fundamental- cuando en la práctica no se produzca ningún tipo de interferencia: bastará para que haya dominación con que los ciudadanos, preventivamente, acomoden sus propios deseos a los de aquellos que podrían ejercer interferencia.
En este sentido, venimos trabajando durante algún tiempo en la cuestión de cómo conceptualizar un ideal en el ámbito de las relaciones internacionales que gire en torno a la idea de que nadie debería ser dominado por otro. En lo que sigue ofrecemos simplemente un primer esbozo de este nuevo concepto, que hemos denominado relaciones internacionales sostenibles, y que gira en torno a las siguientes 10 reflexiones:
1. Estados cooperativos: el ideal internacional de independencia como no dominación solamente puede desplegarse por Estados cooperativos que tengan la voluntad de plantear sus relaciones con los demás Estados en términos de igualdad. A esos Estados se les requiere que, como primer paso a la hora de alcanzar dicho ideal, adopten un papel efectivo de mantenedores de la paz y limiten a los Estados que rechacen esta constricción.
2. Estados eficaces: más específicamente, dicho ideal solamente puede ser avanzado por aquellos países que sean eficaces a la hora de proveer paz y prosperidad a sus propios ciudadanos. Se debería requerir, como segundo paso, que esos países establezcan un sistema de ayuda al desarrollo. Dicha ayuda debería estar destinada, en particular, a conseguir que los receptores se convirtieran también en países eficaces, en el sentido en el que describimos ese concepto aquí.
3. Estados representativos: en tercer lugar, la tarea de alcanzar un ideal de no dominación, solamente debería recaer en aquellos Estados que representen a todos sus miembros: como mínimo, Estados que no violen los derechos humanos de sus ciudadanos. A estos países se les exigiría, como tercer paso, que adopten medidas razonables para que aquellos Estados que no respetan esta condición cambien sus prácticas de no respeto de los derechos humanos.
4. Estos Estados cooperativos, eficaces y representativos deberían adoptar medidas que les permitieran disfrutar de independencia como no dominación entre ellos y en relación con otros actores internacionales: es decir, también frente a corporaciones multinacionales, bancos, confesiones religiosas, etcétera. Esa independencia les permitiría disfrutar de un poder de resistencia frente a la dominación militar, económica, financiera o cultural que se pudiera ejercer desde fuera
5. Concretamente, deberían adoptar medidas que permitieran el establecimiento de un orden internacional formado por Estados no dominados, pero que a la vez no dominaran. Dicho orden debería ser sostenible a través de las generaciones. Cuanto más sostenible fuera dicho orden, más perfecto sería ese orden internacional basado en la no-dominación.
6. En dicho orden internacional, cada Estado debería desarrollar medidas autodefensivas, concretamente, medidas por las cuales los Estados más débiles hicieran causa común frente a los actores más fuertes.
7. Para el establecimiento de un orden internacional sostenible basado en la independencia como no-dominación también son necesarios la promoción y el desarrollo de instituciones internacionales que puedan establecer y ejecutar acuerdos en áreas como el control de los armamentos, el comercio, las finanzas, áreas todas ellas en las que la independencia de los Estados siempre está en juego.
8. La necesidad de dichas instituciones se refuerza por el hecho de que existen varios "bienes públicos comunes" que no pueden ser promovidos por Estados de manera individual; nos referimos a la lucha contra el cambio climático, la transformación de nuestro modelo económico, la salud pública, el crimen internacional, etcétera.
9. El problema reside en que dichas agencias internacionales podrían ser, a su vez, el origen de dominación, ya que, a menudo, el abandono de dichas instituciones por parte de sus miembros no constituye una alternativa realista. Por tanto, otra medida que habría que adoptar es que dichas instituciones internacionales fueran democráticas y estuvieran sujetas a control político.
10. Debería ser posible evaluar hasta qué punto el mundo en su conjunto, y los Estados que lo componen, se encaminan hacia este ideal de independencia sostenible que hemos trazado aquí. Proponemos, en este sentido, la creación de un Índice de Relaciones Internacionales Sostenibles, que se publicaría anualmente y en el que se daría cuenta de los progresos realizados".

Autor: Philip Pettit : profesor de la Universidad de Princeton y Antonio Estella es responsable del Departamento Internacional de la Fundación Ideas. El informe al que hace referencia el texto será publicado por la Fundación Ideas en el primer semestre de 2011.
Fuente: 
http://www.elpais.com/articulo/opinion/Relaciones/internacionales/sostenibles/elpepuopi/20110114elpepiopi_4/Tes 
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lunes, 3 de enero de 2011

La maldad totalitaria

La maldad totalitaria

Fernando Mires

Lunes, 3 de enero de 2011

La masa y el líder no constituyen de por sí una religión, como repitió muchas veces H. A. Son su simple simulacro, o si se quiere, una visión degradada de lo divino en lo más banalmente humano



El libro The Origin oft Totalitarism (1951) ocupa un lugar importante en la obra de H. A., lugar que ella probablemente no buscó sino que fue impuesto por el devenir histórico. Esa suerte de selección que, en última instancia es política, ocurre por lo demás con muchos otros autores quienes permanecn en el recuerdo no por los temas a quienes ellos dedicaron mayor atención sino por otros que, debido a circunstancias difíciles de predecir, obtuvieron una mayor publicidad. La publicidad de un texto – quiero afirmar- la determina el tiempo en que vive un autor, no el autor.
En el caso de H. A. es fácil constatar que la centralidad obtenida por sus trabajos acerca del fenómeno totalitario obedece a dos razones históricas: la primera, derivada de los imperativos de la Guerra Fría, surgió de la necesidad política de caracterizar al “enemigo” internacional de la democracia occidental: en ese tiempo el estalinismo.
Como es sabido, gran mérito de H. A. fue estudiar el totalitarismo en sus dos formas principales de expresión, la nazi y la comunista, pero no como “sistemas sociales” conceptualmente petrificados sino como revueltas “hacia” y luego “desde” el Estado, revueltas dirigidas no sólo en contra de la democracia occidental sino sobre todo en contra de ese legado que recibimos desde la Atenas filosófica: la política como forma de vida destinada a reglar conflictos ciudadanos.
Si quisiéramos definir en clave arendtiana el sentido del totalitarismo, habría que decir que el totalitarismo es la anulación de la política mediante el Estado, anulación que lleva a la sustitución de la política por el terror del Estado que sin sustento político se convierte en un Estado total. El Estado total es a la vez el terror total. Y como trataré de demostrar es, desde una perspectiva política, la maldad total o la maldad radical. Con ello ya estoy adelantando que el tema del mal (o de la maldad) y el tema del totalitarismo no constituyen en el pensamiento de H. A. dos “teorías” diferentes sino dos ángulos destinados a abordar la misma realidad: la negación del pensamiento, y en este caso, la negación del pensamiento en la política: el pensamiento político.
La segunda razón que explica la centralidad del tema del totalitarismo en la obra de H.A. viene del periodo “post- guerra fría” surgido a partir del derribamiento del muro de Berlín en 1980, símbolo gráfico y real de las diferentes revoluciones democráticas que tuvieron lugar en la Europa del “Este político”.
De más está decir que a partir de la caída del nefasto muro, el mundo político vivió una suerte de fiesta democrática. Muchos intelectuales liderados por las visiones de Fukujama y otros, imaginaron que la historia de la anti-democracia quedaba atrás, y en ese ambiente festivo los análisis del fenómeno totalitario realizados por H. A. alcanzaron una ardiente actualidad. El tema del totalitarismo pasó, a su vez, a formar parte del currículum en diversos institutos socio y polito-lógicos y, en ese marco, el texto de H. A. Los Orígenes del Totalitarismo llegó a ser un objeto de imprescindible consulta.
Quizás habría que agregar una tercera razón para explicar el relieve político acanzado por el libro de H. A. acerca del totalitarismo, y ella tiene que ver con el hecho ya comprobado de que las visiones ultraoptimistas acerca de una rápida democratización del orbe no tuvieron ninguna justificación. En efecto, después del derrumbe del comunismo no sólo no tuvo lugar la ansiada democratización planetaria sino, además, han sido consolidados nuevos proyectos cuyos objetivos pueden ser calificados, en algunos casos, como para-totalitarios. En breve: los estudios acerca del fenómeno totalitario no han perdido actualidad.
Todavía nadie está muy seguro, por ejemplo, si el término totalitarismo, de neta raigambre europea, puede ser aplicado a las teocracias islamistas consolidadas en los últimos tiempos como reacción a la cruzada emprendida por el presidente Bush después del 11.09. Tampoco son avances democráticos los proyectos de poder total que se anidan en las jefaturas ideológicas en algunos países sudamericanos cuyos representantes sostienen ya abiertamente la tesis (de origen fascista) de que el pueblo, la nación, el partido, el gobierno y el Estado deben ser entendidos como una unidad absoluta (por ejemplo, García Linera 2010) En fin, ni el peligro dictatorial, ni las visiones totalitarias han desaparecido del todo. Del mismo modo es imposible afirmar que las democracias de tipo occidental están protegidas para siempre del peligro totalitario. No hay que olvidar que tanto el fascismo como el nazismo emergieron desde el interior de formaciones democráticas. Incluso puede ser posible que en nombre de la propia democracia emerjan proyectos antidemocráticos, ideológicos, fundamentalistas y misionales. Por ejemplo, John Gray, en su ya popular obra Apocalyptic Religion and the Death of Utopía” (2007) ha demostrado con lógica y hechos irrebatibles como al interior del gobierno Bush yacían concepciones totalizantes cuyo objetivo era realizar la utopía democrática mundial no importando los medios que se utilizaran, incluyendo violaciones a los derechos humanos, guerras “preventivas” y -como sabemos por Guantánamo- campos de concentración y torturas.
En fin, el ser humano no es democrático por naturaleza –lo que siempre destacaba H. A.- de modo que la tentación totalitaria asoma en tiempos y lugares menos esperados. Incluso en nombre de la democracia. Es en ese sentido que, siguiendo a Kant, H. A. manifestó en diversas ocasiones que la capacidad de pensar va siempre anudada con la capacidad de mentir. O dicho así: casi siempre olvidamos que la razón porta consigo no sólo la posibilidad de razonar sino también la de racionalizar. De este modo somos siempre proclives a justificar los peores actos en nombre de ideales superiores y cósmicas ideologías.

2.
De acuerdo a un tratamiento sociologista del tema del totalitarismo, H. A. es considerada como la teórica de los sistemas totalitarios por excelencia. Craso error. Los estudios de H. A. con respecto al tema están muy lejos de ser un análisis de determinadas estructuras sociales, sociológicas  o sociologistas de “tipo” totalitario. Del mismo modo será necesario destacar algo que gran parte de quienes se han ocupado de la obra de Arendt han pasado por alto: jamás H. A. desarrolló una teoría del totalitarismo como sistema social. Y no lo hizo porque jamás pretendió ser una teórica social.
H. A fue, antes que nada, una pensadora  filosófica – y teológica- de la condición humana, sobre todo cuando esta condición se hace presente bajo la luz radiante de la política. Eso quiere decir que ella estaba muy lejos de ocuparse de determinadas teorías sistémicas. Su preocupación central fue siempre el ser humano en relación consigo y con los demás. Ésa, la humana, no es para H. A. una condición antropológica o social, sino – siguiendo la ruta trazada por Husserl y Heidegger pero elevada hacia “lo público”- la de aquel ser humano que “existe siendo” pero sin acceder nunca hacia la totalidad del Ser que es, de acuerdo a la teología arendtiana, Dios. Dios: palabra que no se atrevió a pronunciar Heidegger, pero que sobredetermina toda su concepción del Ser, como ha demostrado, desde su perspectiva judía, Marléne Zarader (1990) en su hermoso estudio sobre la filosofía heideggeriana. Es por eso que afirmo aquí que para alguien como H. A. el totalitarismo no es “un tipo de sistema social”, sino el resultado institucional de la degradación del espíritu, tanto colectivo como individual.. En fin, lo que quiero decir es que H. A. no era Max Weber, ni nada parecido.
El totalitarismo (o Estado total) para escribirlo de modo simple, surge, o puede surgir, sobre las ruinas del pensamiento político que es a su vez la condición de vida de esa construcción imaginaria que los sociólogos denominan “la sociedad”. O dicho en exacto sentido arendtiano: allí donde desaparece la diferencia entre el mundo del pensar y el del actuar desaparece la política y así el Estado ya no será de todos sino todos seremos del Estado.
Habiendo perdido la condición política, dejamos objetivamente de ser ciudadanos y con ello nos convertimos en seres banales. Y si somos banales, todos nuestros actos, incluyendo nuestras maldades, serán banales. Ese es el sentido original de la “banalidad del mal”. No puede pensarse entonces en la banalidad del mal sin pensar en la banalidad de los malvados, lo que no quiere decir, por supuesto, que el mal será siempre banal. El mal es banal cuando es cometido por seres banales y, sobre todo, banalizados. Los ideólogos, los hechores, los grandes fundadores del Estado totalitario estaban, por el contrario, muy lejos de ser seres banales. Eran, sí se quiere, no demonios, pero sí, seres demoníacos. Pero las innombrables maldades de los seres “demoníacos” no habrían podido jamás cometerse si no hubiesen contado con la colaboración de multitudes de seres banales.
Anticipo entonces una tesis: la banalidad del mal es para H. A. una de las condiciones imprescindibles de la radicalidad del mal. O mejor dicho: hay una relación de estrecha colaboración entre la maldad radical y la maldad banal hasta el punto que la primera sólo puede hacerse presente sobre la base de la primera.
Al escribir las últimas frases resulta más que evidente que estoy tratando de hacer una relación entre dos textos “clásicos” de H. A. El ya mencionado sobre los orígenes del totalitarismo, y el controvertido estudio sobre el caso Adolf  Eichmann: Eichmann en Jerusalén (1964). Dos textos que jamás deberían ser leídos separados el uno del otro. Dos textos que no encierran dos “teorías” diferentes. Dos textos que son tentativas respuestas surgidas frente a esa pregunta que perseguía a H. A. ¿Cómo fue posible tanta, pero tanta maldad en un país supuestamente culto como era la Alemania pre-hitleriana? En el primer texto nos son presentados algunos escenarios y descripciones del horrendo crimen. En el segundo, los banales individuos que hicieron posible el crimen de los cuales Eichmann fue para H. A. sólo un representante entre varios.
El libro sobre los orígenes del totalitarismo es, visto de un modo formal, un tomo que contiene tres libros que podrían haber sido publicados perfectamente de modo separado. El primer libro es “El Antisemitismo”, el segundo, “El Imperialismo”. Recién el tercero está dedicado al tema de la dominación totalitaria. Como señala Karl Jaspers en su prólogo a la edición alemana (1955), se trataría de un libro de historia. Pero no es, en estricto sentido, un libro de historia. Analizando la estructura general del libro se observa que los dos primeros textos son de verdad, de historia, pero ellos están puestos al servicio del tercero, que no es de historia. Ese tercer texto titulado “la dominación totalitaria” pese a estar al final de libro es, a su vez, y paradójicamente, el centro del libro. Y si hubiera que definirlo, habría que decir que se trata de un texto político que contiene profundas connotaciones filosóficas, mas no de un texto histórico.
H. A. comienza estableciendo una premisa aparentemente sociológica, a saber, que los orígenes del totalitarismo hay que encontrarlos en el derrumbe (desintegración) de las estructuras que conforman la llamada sociedad de clases. Con esa formulación, H. A. se sitúa en polémica abierta con la tesis marxista que confiere un rol progresivo al derrumbe de las estructuras sociales de clase. No así para Arendt. Para ella las clases constituyen el andamiaje arquitectónico que da sentido y forma a la sociedad. Efectivamente: sin clases no hay alianzas de clases ni asociaciones de clase. Cada clase comporta la existencia de asociaciones, las que son inter y extraclasistas. Sin clases no puede hablarse de asociaciones y sin asociaciones no hay, por supuesto, “sociedad”.
De acuerdo a Arendt el derrumbe de las estructuras clasistas –que no es lo mismo que la desaparición de las clases- no proviene ni da origen a una sociedad igualitaria sino a una sociedad de masas la que a su vez origina la desigualdad más radical posible que es la que se da entre un pueblo masificado y un Estado que reclama para sí el monopolio absoluto de la política. Mas todavía, según H. A. todo régimen totalitario es precedido por movimientos sociales de masa que se articulan simbólicamente en torno a la figura de un Führer (conductor). De este modo, las clases, aún existiendo, asumen la forma de masa y la masa la forma de populacho (Mob). Este, al que podríamos llamar “momento populista del totalitarismo”, es una condición ineludible a toda formación totalitaria. Por lo demás, H. A. no está muy sola con esa opinión. De una u otra manera es muy similar a la de autores que han visto en la “masificación de lo social” un signo de desintegración no sólo social, sino sobre todo político y espiritual. Entre varios podemos mencionar a Gustavo le Bonn (1951), Sigmund Freud (1993), Elías Canetti (1980) y Ortega y Gasset (1971)
“Movimientos totalitarios son movimientos de masa y ellos son hasta ahora la única forma de organización que han encontrado las masas modernas y que parece ser adecuada para ellas”, escribió H. A. (1955:499). Formulando la misma tesis en términos actuales, podemos decir que todo régimen totalitario tiene un origen populista aunque no todo movimiento populista culmina necesariamente en un régimen totalitario. Ese es, por cierto, uno de los postulados principales de quienes han dedicado esfuerzos para estudiar el populismo moderno, entre otros, Ernesto Laclau (2005). El movimiento totalitario sería, en ese sentido, una forma de re- articulación que surge de la desarticulación clasista la que a su vez lleva a la “sociedad de masas”. La desarticulación clasista tiene entonces dos posibilidades: o no es sucedida por ninguna re-articulación y deriva en aquella situación de “anomia” o desintegración general descrita por Durkheim (1967) o encuentra nuevas formas de rearticulación dentro de las cuales las más conocidas son las populistas las que, bajo determinadas condiciones dan origen a sistemas de dominación totalitaria.
Ahora, el segundo momento que lleva a la consolidación de un sistema de dominación totalitaria ocurre cuando tiene lugar aquello que H. A. llama alianza entre el populacho (Mob) y la elite. En este punto será necesario precisar que ni el concepto masa (populacho) ni el concepto de elite son usados por H. A. de acuerdo a su significado sociológico tradicional. Según ese significado, la masa estaría formada por los sectores más pobres de la sociedad y las elites, por grupos selectos de profesionales. Para H. A. en cambio, la masa no son “los más pobres” sino todos aquellos que, independientemente a sus pertenencias sociales se ponen bajo la disposición de un líder y de un Estado totalitario. A su vez, las elites no son para ella los grupos más selectos sino articulaciones que se desligan de las relaciones sociales con el objetivo de convertirse, de acuerdo a una expresión de Poulantzas (1968), como “clase en el poder” .
Las elites en el sentido arendtiano pueden estar constituidas por una banda de demagogos (caso del nazismo) o por un partido leninista. Hoy podríamos agregar, de acuerdo a casos  latinoamericanos (pinochetistas y castristas) por una jefatura militar o, en el caso islamista, por una teocracia impenetrable (ejemplo: Irán). En síntesis, el concepto de elite tiene para H. A. una connotación política y no social, y mucho menos sociológica. Las elites de Arendt no tienen nada que ver con las de un Gaetano Mosca o las de un Wilfredo Paretto.
Hechas estas precisiones podemos entonces mencionar el tercer momento que lleva, según H. A., a la construcción del edificio totalitario. Dicha construcción está condicionada por aquello que la filósofa llama la propaganda totalitaria.
La propaganda totalitaria precisa, de acuerdo a A. H., de una ideología totalitaria y de un líder totalitario. De ahí que el objetivo de esas propaganda está destinado a minar las reservas espirituales de cada ser humano, su capacidad de reflexión y juicio, es decir, a sustituir las ideas por ideologías. Eso pasa, evidentemente, por la destrucción de las instituciones destinadas a producir ideas, sobre todo las Universidades, las que en un regimen totalitario son convertidas en museos ideológicos. Las ideologías son, en este caso, el sustituto de las ideas o, como formulé en otra ocasión: son sistemas de ideas petrificadas (Mires 2002)Y efectivamente; quien es poseído por una ideología no piensa, es pensado por la ideología. Pero a la vez, las ideologías están representadas por encarnaciones terrenales, y si las ideologías son infalibles, sus representantes también lo serán. La creencia en la infabilidad de líder es, según H.A., uno de los atributos inherentes a todo régimen totalitario.

3.
Para muchos autores, la fusión entre ideología, masas y líder contiene en sí los elementos que llevan, tanto desde una perspectiva dogmática como ritual, a la formación de un nuevo tipo de religión. Pero la ideología, la masa y el líder no constituyen de por sí una religión, como repitió muchas veces H. A. Son su simple simulacro, o si se quiere, una visión degradada de lo divino en lo más banalmente humano.
Así se explica porque todos los regímenes totalitarios, o con pretensiones de serlo, han entrado siempre en conflicto con las religiones y las confesiones, y uno de sus objetivos principales ha sido y será, si no destruirlas, reducirlas a un status marginal. En fin, de lo que se trata mediante la aplicación sistemática de la propaganda totalitaria es de reducir la capacidad espiritual de cada individuo. Pero como la espiritualidad no puede ser separada de la capacidad de pensar –no olvidemos: el pensamiento es el medio que lleva al espíritu- la reducción de la espiritualidad no puede significar otra cosa que la banalización de cada ser humano a fin de que sea sometido al arbitrio ideológico y policial del líder total, representante del pueblo, de la nación, del partido y del Estado, a la vez.
La banalización del ser humano precisa, en consecuencias, de su des-moralización radical, la que no ocurre, por cierto, de un día a otro; se trata más bien de un proceso, y en Alemania, como en otras naciones, ese proceso comenzó aún antes de que Hitler se hiciera del poder. Los estudios de Max Weber acerca de la racionalización de las empresas y del Estado son bastante útiles para todos aquellos a quienes interese analizar los orígenes del totalitarismo moderno, sobre todo si se tiene en cuenta que Hitler y su banda llevaron la lógica de la racionalización al espacio de la política y luego la pusieron al servicio de su objetivo final: el genocidio. De este modo, los campos de concentración eran vistos por sus técnicos y administradores como simples fábricas. Y efectivamente: eran fábricas destinadas a la producción en masa de la muerte.
Ahora, des-moralización, desde el punto de vista filosófico significa la supresión de esa segunda voz que potencialmente todos portamos en aquel órgano virtual que llamamos “conciencia”, voz que nos indica, a través de ese dialogo dinámico que es el pensamiento, cuales son las diferencias entre lo bueno y lo malo, entre lo justo y lo injusto, entre lo verdadero y lo falso. Sólo cuando esa voz interior calla, o es enmudecida, seremos definitivamente banales, esto es, seres en condición de dejarse llevar por la voz altisonante del líder supremo que todo lo sabe, que todo lo piensa y en quien sólo necesitamos creer para alcanzar la redención sobre la tierra. Es por esa razón que la des-moralización desde el punto de vista teológico recibe otro nombre: demonización.
Para que exista demonización se requieren, como en el Fausto de Goethe, dos entidades. El demonio que nos posee, y el personaje faústico; es decir, el demonio y el demonizado. ¿Y qué es el demonio desde el punto de vista teológico? En primer lugar, un vacío producido por la ausencia de Dios en el alma. Eso significa que si Dios se presenta en lo bueno que hay en cada uno, el demonio no se presenta como presencia sino como ausencia, es decir: como ausencia de bien. Luego, el ser banalizado es el ser vaciado de bien. Sólo a través de ese vacío (o vaciamiento) de las nociones del bien puede penetrar en plenitud la presencia del mal, presencia que sólo emerge frente a la radical ausencia del bien. Pero a la vez, y aquí reside la perversión final de cada proceso de banalización colectiva, la presencia del mal no se presenta en nosotros como mal, sino como bien supremo. O en otros términos: cuando perdemos la noción del mal, perdemos a su vez la noción del bien. Y al no poder o saber diferenciar entre la maldad y la bondad, caemos en la banalidad total, condición a su vez -ésta es la idea de H. A.- de la maldad radical representada en los campos de exterminio: el triunfo del principio de muerte (el mal) por sobre el principio de vida; el asesinato masivo configurado como un simple proceso de producción técnica del cual, en definitiva, nadie aparece como ejecutor total. Es en ese sentido que H. A. vio en los campos de concentración y de exterminio, o en la visión inerranable del Holocausto, aquello que Emmanuel Kant ni siquiera imaginó al acuñar el término del “mal radical” (1995).
El mal total, o mal radical puede, a su vez, ser entendido desde la perspectiva de una teología negativa, que eso es al fin la demonología, como la demonización del humano entendiendo por demonización el proceso sistemático que lleva a la anulación pensante del ser (espiritualidad). Esa es, a la vez, una tesis de Hannah Arendt, tesis que fue desarrollada en profundidad en su libro Zwischen Vergangenheit und Zukunft (Entre el Pasado y el Presente)
De acuerdo con H. A. es imposible establecer una relación de equivalencia entre ideología y religión (2000: 324) La razón es que mientras la ideología bloquea el desarrollo del pensamiento (espíritu) la religión, para que sea tal, requiere, más allá de sus rituales, de altas cuotas de espiritualidad.
Creer en Dios es pensar en Dios, luego no podemos acceder a Dios fuera del pensamiento que es precisamente la instancia que anula cada ideología, sobre todo cuando esta ideología es impuesta desde un Estado total. Ahora, según H. A., una de las propiedades de las ideologías modernas (marxismo, fascismo, liberalismo) es haber eliminado el temor al demonio, o lo que es igual: la creencia en el infierno. El demonio y el infierno no son, por lo tanto, dos entidades materiales –y en ese punto Arendt está de acuerdo con la teología moderna- sino la negación del bien, negación que llegó en Alemania a radicalizarse hasta el punto que lo hechores de los crímenes más horrorosos no se reconocían ni ante sí mismos ni antes los demás como culpables. Con su ironía acostumbrada, dijo una vez H. A. al visitar Alemania, después de la guerra. “Ahora resulta que en Alemania nunca hubo un solo nazi”.
“Si el demonio no existe, todo está permitido”, podemos decir invirtiendo la frase del Fedor Karamazov de Dostoyevski. Eso significa que sin la presencia amenazante del mal no reconocemos la posibilidad del bien, y al no poder diferenciar el mal del bien nos convertimos en seres no pensantes (banales). Como escribiera H. A. en su libro Ich will verstehen (Yo quiero entender): “Yo estoy segura que toda la catástrofe totalitaria no habría sobrevenido si la gente hubiera creído más en Dios, o por lo menos en el infierno” (1998: 85). Eso quiere decir que los hombres que llevaron a cabo el Holocausto no sólo eran seres que no conocían la noción del mal. Tampoco –y por lo mismo- eran capaces de sentir culpa. Y, por cierto, como ocurrió con Eichmann, no sabían pedir perdón.
El Holocausto es la presencia real de la consumación del mal total, aquella que se expresa en el proyecto de convertir a los humanos en cosas superfluas que pueden y deben ser eliminados por un designio ideológico concebido por seres demoníacos. Ahora, que ese proyecto hubiese sido implementado no sólo por los más radicales malvados de la historia universal sino por seres humanos banales, no sólo no disminuye la radicalidad del mal. Por el contrario: la sobre-dimensionaliza hasta llegar a un punto donde, aún después del horrendo crimen cometido al pueblo judío, ni siquiera el pensamiento puede alcanzar la presencia del mal. Y no lo puede alcanzar porque la banalidad del mal presupone, en primera línea, la eliminación del pensamiento. O dicho así: el pensamiento no puede pensar lo que está afuera del pensamiento: la total, la absoluta, la radical banalidad del mal. La banalidad del mal no es, luego, un atenuante de la radicalidad del mal. Es, si se quiere, su complemento, su condición necesaria. Sin extrema banalidad la maldad radical no podría ser posible.

4.
En crónicas después compiladas bajo la forma de un libro, H. A. creyó encontrar en Eichmann el prototipo representativo de la banalidad del mal.
Que con su seriedad de gran historiador Hans Mommsen (1964: l- XXXll) hubiese descubierto después de la publicación del libro de H. A. que Adolf Eichmann no era el representante más adecuado de la banalidad del mal sino un gran actor que ante el juicio simuló ser banal con la esperanza de salvar su miserable vida, no devalúa en nada la idea de H. A. en el sentido de que su descripción de Eichmann corresponde, si no con Eichmann, con la biografía de miles de ciudadanos alemanes cuya conciencia fue minada desde el poder y cuya noción del bien fue sepultada bajo el peso de una ideología del mal. Miles de seres vaciados de sí mismos, individuos atomizados que dejaron de ser personas para convertirse en hordas, piezas de una maquinaria infernal puesta al servicio de la muerte colectiva.
Los Eichmann, descubrió Hannah Arendt, pueden ser incluso muy inteligentes, prolijos y responsables en sus trabajos. Pueden cultivar incluso, y con gran dedicación, todas las llamadas virtudes secundarias (puntualidad, limpieza, orden, disciplina, etc.) Pueden ser, además, excelentes “jefes” de familia. Pero no saben o no quieren pensar. Y pensar, para H. A. - en ese punto sigue a Kant quien siempre hacía la diferencia entre el pensar y el entender- viene de una actividad, no de una pasividad del espíritu. Sólo a través del pensamiento activo –hay que repetirlo- podemos reconocer la diferencia entre el bien y el mal.
H. A. vio en Eichmann lo que fueron muchos cómplices y actores del nazismo: un ser incapacitado para pensar y por lo mismo alguien que al no saber distinguir la diferencia entre el bien y el mal sólo podía funcionar, pero no vivir. Un funcionario, es decir, alguien que funcionaba y nada más. Sin esos seres funcionales ninguna dictadura totalitaria puede ser  posible. Sin la horrible banalidad del mal –“frente a la cual la palabra falla y el pensamiento fracasa” (Arendt 1964:300) - el mal, en su expresión total y radical, nunca habría podido existir.



Referencias:

Arendt, Hanna Ich will verstehen Piper, München 1996
Arendt, Hanna Über das Böse, Piper,  München 2007
Arendt, Hanna Zwischen Vergangenheit und Zukunft, Piper, München 2000
Arendt, Hannah Eichmann in Jerusalem, Piper, München 1964
Arendt, Hannah The Origin oft Totalitarism Harcout Brace Jovanovich, New York 1951. La edición alemana lleva como título Elemente und Ursprünge totaler Herrschaft, Piper, München 1955
Canetti, Elias Masse und Macht, Fischer, Frankfurt 1980
Durkheim, Emile Les regles de la méthode sociologique, París 1967
Freud, Sigmund Massen Psychologie und Ichanalyse, Fischer, Frankfurt 1993
Gray, John Apocalyptic Religion and the Death of Utopía” Farrar, Straus, and Giroux, New York 2007
Kant, Immanuel Methaphysik der Sitten, Werke 5, Könemann, Köln 1995
Laclau, Ernesto La razón Populista,  FCE, Buenos Aires 2005
Le Bon, Gustave Psychologie der Massen, Kroner, Stuttgart 1951
Linera García, Alvaro  Del Estado aparente al Estado integral. Revista Nueva Crónica, La Paz (26 de febrero hasta el 11 de marzo de 2010) Núm. 51, pp 10-12
Mires, Fernando Crítica de la Razón  Científica, Nueva Sociedad, Caracas 2002
Mommsen, Hans Hanna Arendt und der Prozeß gegen Adolf Eichmann en Arendt 1964
Ortega y Gasset La Rebelión de las Masas, Alianza, Madrid 1971
Poulantzas, Nicos Pouvoir Politique et classes sociales de lé état capitaliste, Maspero, Paris 1968
Zarader, Marléne La dette impensée, Heidegger et l’héritage hébraique, Du Seuil, París 1990
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